Semblanza de Salvador Moncada



Una vida útil

Científico y centroamericano son dos palabras que no se llevan bien. Tanto es así que a Salvador Moncada, una de las pocas personas que encajan en la doble descripción, en Inglaterra lo llaman suramericano o le repreguntan que si de Misuri cuando responde que es de “Central America”. Nacido en Honduras y educado en El Salvador, este investigador —de quien se afirma que su trabajo sirvió para que otros ganaran el Premio Nobel— es lo más ilustre que ha salido de una región estéril en el ámbito de la ciencia.


Por Roberto Valencia

Lo cuenta con resignación, como si no pudiera ser de otra manera.
Dice que, hace unos meses, le dedicaron una caricatura en un diario hondureño. Dice que él aparecía bajando de un avión en Tegucigalpa, y que dos personas lo esperaban para recibirlo. Dice que uno comentaba que iban a recoger a Salvador Moncada, y que el otro le respondía: “Y ese, ¿en qué equipo juega?”. Así era la caricatura.
Moncada es, con diferencia, el investigador centroamericano más prolífico, reconocido y galardonado. Nació en Honduras, y se crió y educó en El Salvador. Sus descubrimientos se presentan con las palabrejas poco accesibles del argot científico, pero sus aportes tienen beneficiarios con nombre y apellidos. Que a uno le receten la famosa aspirinita para aminorar el riesgo de infarto cardíaco es consecuencia directa del trabajo de este centroamericano, del trabajo de Moncada.

Por esa y otras investigaciones es uno de los científicos más citados en el mundo, y no hay explicación lógica para que su nombre no esté entre los ganadores del Premio Nobel de Medicina, que es algo así como ganar el Balón de Oro para un futbolista.
Si Moncada diera patadas a un balón en vez de pasar el día en un laboratorio, se lo estarían disputando el Barcelona, el Chelsea o el Inter de Milán. Pero no es futbolista. Es científico. Por eso la caricatura en el diario hondureño. Por eso no hay calles ni estadios con su nombre en El Salvador. Y por eso el desconocimiento generalizado sobre quién es y qué ha hecho desde, por y para Centroamérica, una región —su región— a la que llama “la periferia de la periferia” de un mundo cada vez más globalizado.
Lo cuenta con resignación, como si no pudiera ser de otra manera.




*****

Ya es 17 de diciembre, y el calor del trópico es más llevadero. La cita para la entrevista es a las 5 de la tarde. La casa donde vacacionan Moncada y su familia es una más de la colonia San Benito, en la capital de El Salvador.
Por fuera es una vivienda sin excesivo glamour. El visitante solo ve un muro de piedra y un portón metálico. Al otro lado está el entrevistado. Moncada —alto, ojos azules, pelo y barba canosas— aparece en polo azul Ralph Lauren, jeans y yinas. Está de vacaciones.
-Pase —ofrece su mano—.
-¿Qué tal? ¿Cómo está? Casi aterrizando lo agarro, ¿verdad?
-Sí.
Moncada vino un día antes desde Londres, la capital del Reino Unido. Allí reside desde hace más de tres décadas. En la actualidad es el director del Instituto Wolfson para la Investigación Biomédica, un proyecto ligado a la University College de Londres, centro en el que se graduaron personas como Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono; y Mahatma Gandhi, el mayor exponente de la resistencia pasiva y la desobediencia civil.
En el Instituto Wolfson unos 200 investigadores trabajan bajo su supervisión, y maneja unos $20 millones anuales, más del doble del presupuesto que El Salvador destinará en 2008 al Ministerio de Medio Ambiente. Por unos días se desconectará de todo eso, y para ello ha elegido la ciudad que lo vio llegar cuando era apenas un niño.





La infancia de Moncada
Salvador Enrique Moncada Seidner nació el 3 de diciembre de 1944 en el Hospital Viera, en Tegucigalpa. Primogénito, sus primeros años los pasó en La Hoya, un barrio de clase media situado junto al río Choluteca. Es hijo de Salvador Moncada —95 años, de izquierdas, médico— y de Jenny Seidner —judía, fallecida hace dos décadas—, y es hermano de su hermana: Lillian.
De aquella etapa hondureña, a pesar de ser el período más largo que ha pasado en aquel país, apenas hay recuerdos propios. Cuando tenía cinco años, la familia se desplazó a la colonia América de San Salvador, cerca de la antigua Casa Presidencial, la del barrio San Jacinto. Por cuestión de cercanía, al niño Moncada lo inscribieron en el Colegio Bautista.
-¿Por qué se llama Salvador usted? —La pregunta es para explorar si existe alguna relación entre la elección del nombre y el país en el que se instalaron—.
-Yo me llamo Salvador —tira por tierra la hipótesis— porque mi bisabuelo se llamaba Salvador, mi abuelo se llamaba Salvador, y mi padre se llama Salvador.
-Pero usted es hondureño, y elegir en Honduras el nombre de Salvador...
-Es que no tiene nada que ver con el país. Salvador es un nombre latino, y en mi familia tiene que ver con el hecho de que, desde mi bisabuelo, todos se llamaron Salvador.
Fiel a esa tradición familiar, Moncada bautizó con el nombre de Salvador Ernesto a su primer hijo varón, nacido en mayo de 1972. Pero, a los 10 años de edad, un accidente acabó con su vida, y trastocó la lógica de su árbol genealógico.
Durante su infancia tuvo suerte. Al menos así lo cree él. Dice que los recuerdos son excelentes, que tuvo muchos amigos. Dice que a mediados del siglo pasado no se intuía aún que una guerra —2,000 vidas— enfrentaría a Honduras y El Salvador en 1969. Dice que en la colonia América había unas siete viviendas de un lado de la calle, y otras siete del otro. Y que los niños jugaban y comían un día en una casa, y otro día en la otra. Dice que era un ambiente muy agradable.
La secundaria la hizo en el Instituto Nacional Francisco Menéndez (INFRAMEN), que aún era de lo más prestigioso de la ciudad. Pero no fue necesario llegar allí para hallar su vocación. Ya había decidido.
-¿Por qué la medicina?
-Porque me gustó desde muy niño. Yo a los cinco o seis años de edad lo tenía absolutamente claro, y nunca me gustó otra cosa para estudiar. Al punto que entrar en la universidad era muy difícil, especialmente a la Facultad de Medicina. Nos examinábamos alrededor de 500 cada año, y aceptaban a 45. Entonces, la mayor parte de la gente que aplicaba a Medicina lo hacía también a otras facultades.
-Por si acaso...
-Pero yo no apliqué más que a Medicina. Y dije: “Si no entro, hago también medicina”.
Gracias a esa precoz claridad de ideas, años después el mundo entero sabría de sus descubrimientos.

El legado de Moncada
Prostaciclina, ácido acetilsalicílico y óxido nítrico. Son esos tres los campos en los que más frutos ha cosechado Moncada en su larga carrera profesional. Tiene ya unos bien llevados 63 años. Para el profano, esos nombres resultan casi un trabalenguas, pero basta interesarse un poco para averiguar el calado y la utilidad de sus aportes. El óxido nítrico, por ejemplo, es un elemento tóxico al que se le relaciona con la lluvia ácida. Pero saber que el cuerpo humano lo produce sirvió para explicar, entre otras cosas, los efectos de una medicina como el viagra.
-Resultó difícil que fuera aceptado. Cuando se hizo la primera publicación sobre el óxido nítrico como una sustancia producida por células de mamífero, la reacción internacional fue de incredulidad. Fue de preguntarse cómo el cuerpo humano iba a estar formándolo. Tengo muchas cartas de gente que me escribió diciéndome: “Mire, muy bonito el artículo, pero usted está loco”. Lo que fue impresionante —y quiebra con una sonrisa su rostro serio— es que yo haya recibido todas esas cartas, y después se haya adjudicado a otra gente el descubrimiento.
-Pero, a ver, se puede afirmar que, hasta que usted lo dijo, nadie en este mundo sabía que los mamíferos producían óxido nítrico.
-Exacto.
Mientras habla, Moncada sostiene sus lentes entre sus manos, con las que gesticula de manera ostensible. En otra ocasión será un lapicero o una hoja de papel doblada. Parece como si se sintiera incómodo sin algo que manosear.
-Además del óxido nítrico, usted antes había trabajado con la prostaciclina y con la aspirina (ácido acetilsalicílico).
-Así es.
-Para esta entrevista, hablé con un compañero que toma la famosa aspirinita. Que se esté recetando en todo el mundo...
-... es parte del trabajo nuestro. En 1976 descubrimos que una dosis pequeña de aspirina afecta a las plaquetas, que son las que producen los infartos, y que una dosis grande afecta a las plaquetas y a la pared vascular, de tal manera que protege más una dosis pequeña, y eso llevó a la idea de que había que recetar dosis pequeñas. Al principio tampoco nadie lo creyó, y ahora es aceptado que si se toma una aspirina pequeña todos los días, se gana protección cardiovascular.
-Digamos que su trabajo está salvando vidas.
-Bueno, la prostaciclina se usa en este momento para mujeres que necesitan un trasplante de pulmón, y que no pueden vivir si no tienen una infusión de prostaciclina.
-¿Y cuál es la relación de sus investigaciones con el viagra?
-Pues el óxido nítrico es el determinante fundamental de la erección del pene en el hombre. Y el viagra lo que hace es aumentar el efecto del óxido nítrico.
-Pero ese medicamento es de otro laboratorio.
-El viagra es de Pfizer, que estaba haciendo una investigación sobre un medicamento vasodilatador. Encontró en sus estudios clínicos que los pacientes, incluso los viejos, las enfermeras los encontraban con erecciones, y reportaron eso. Y empezaron a ver que la dilatación en la erección estaba relacionada con el hecho de que estaban aumentando el efecto del óxido nítrico, que nosotros acabábamos de descubrir. Es decir —a Moncada le gustan estas dos palabras y las usa con asiduidad—, nosotros no hicimos el trabajo del viagra.
-Pero sin las publicaciones de ustedes...
-Pues no hubiera habido explicación, porque fuimos los que descubrimos que en todo el cuerpo hay nervios que liberan óxido nítrico.
-Entonces, hoy en el mundo le tienen qué agradecer muchas personas mayores...
-...y menores, porque ahora se usa con fines recreativos.
Durante su carrera profesional ha tenido suerte. Al menos así lo cree él. Dice que el trabajo que hizo tiene valor. En el campo del óxido nítrico, y en el de ciencia en general, es uno de los científicos más citados del mundo. Y dice que está completamente satisfecho por eso. Lo dice a pesar de no haber sido incluido entre los ganadores del Premio Nobel cuando en 1982 se reconocieron los estudios sobre prostaciclina y ácido acetilsalicílico; ni en 1998, cuando se premiaron los descubrimientos sobre óxido nítrico.
Esa exclusión no es, asegura, algo que le quite el sueño. Le preocupa más comprobar que los recursos aumentan en el mundo, pero no baja la injusticia: “La relación entre el que tiene y el que no tiene es mucho mayor ahora que antes, y eso hace la evidencia más dolorosa”.
Desde su juventud, tiene una de esas evidencias de la pobreza grabada en su mente.
-Cuando era médico de emergencias en el Hospital Bloom, llegaban los niños y había tan pocos recursos que los poníamos en tres filas: los que tienen fiebre, los que tienen diarrea y los otros. Y a los médicos nos tomaba dos minutos examinar y recetar algo, sabiendo que se cometían errores, y que a uno se le podía escapar cualquier cosa, pero no había más. De hecho, hubo niños que fueron atendidos, a los que se les dio medicina, pero regresaron a morir al día siguiente.
Esto ocurrió en los sesenta, durante sus años en la Universidad de El Salvador (UES). Su etapa de universitario.

La juventud de Moncada
Ni el hecho de estudiar para doctor evitó que Moncada fuera fumador. Fumó durante toda su juventud y bastante más allá. Dejó este vicio a los 39 años. Pero fue durante su ajetreada etapa como alumno de la Facultad de Medicina de la UES cuando seguramente más necesitó los supuestos efectos relajantes que se atribuyen a la nicotina. Sobre todo porque Moncada optó por participar de forma activa en la convulsión política que se acrecentaba a medida que avanzaba la década de los años sesenta.
Como estudiante, fue brillante. También brilló como líder del movimiento estudiantil, y se convirtió en unos de los referentes de la Asociación General de Estudiantes Universitarios (AGEUS). En el plano más personal no faltaron los sucesos significativos. Con apenas 21 años, el estudiante Moncada se casó en abril de 1966 con la salvadoreña Dorys Lemus. Con ella tuvo dos hijos: Claudia Regina, quien en la actualidad tiene 41 años, también trabaja en Londres y también es médico; y el infortunado Salvador Ernesto.
Su activismo político dentro de la izquierda salvadoreña lo hizo merecedor de representar a la politizada AGEUS en el IV Congreso Latinoamericano de Estudiantes, cita que se desarrolló del 29 de julio al 11 de agosto de 1966 en La Habana, Cuba. Junto a él fueron históricos de la izquierda salvadoreña como Héctor Oquelí Colindres y Domingo Santacruz.
-Tuve —admite con gesto serio— alguna actividad política, por supuesto.
-Viajó a Cuba en calidad de...
-De representante de la AGEUS.
-En la oposición había tendencias. ¿En cuál se ubicaba usted?
-No, yo tuve una participación muy general. Estuve mucho más metido en la organización de los estudiantes de medicina, de educación y de formación.
-Pero entiendo que a ese congreso fueron pocos.
-Sí, no podían ir muchos. Era muy difícil viajar a Cuba...
-Y que fuera usted el elegido...
-La AGEUS nombró a su representante, y yo era visible porque trabajaba con la sociedad de estudiantes de medicina, que en ese momento tenía mucho prestigio dentro del estudiantado.
Llegar desde San Salvador a La Habana, algo que tomaría unas dos horas en un vuelo directo, tomó varias semanas. De El Salvador a Suramérica; de Suramérica a Madrid; de Madrid a París; de París a Praga —donde tuvieron como anfitrión a Roque Dalton—; y de la capital de la actual República Checa a La Habana, con escala en Canadá. El vuelo trasatlántico lo hicieron en un avión de turbohélices, uno de los cuatro Bristol Britannia 318 que había adquirido Cubana de Aviación.
Pero este es un tema sobre el que a Moncada no le gusta hablar mucho. Tampoco se le ve cómodo cuando se le pregunta por la vez en la que fue torturado. Finalizada la guerra entre Honduras y El Salvador, él era un hondureño en tierras salvadoreñas, y un activista de izquierdas.
-Usted fue torturado...
-Pero eso fue hace tanto tiempo que no tiene sentido recordar... Yo salí de El Salvador en julio de 1970.
-Tengo entendido que lo recogió la Organización de Estados Americanos (OEA) en la frontera.
-Sí, así fue.
-¿Por qué la OEA?
-Porque un año antes había habido la guerra, y la OEA estaba en la frontera del río Goascorán para separar a los dos ejércitos.
-En ese punto de la frontera lo dejaron.
-Me dejaron en medio del puente, y caminé hacia Honduras, porque ya no podía caminar de regreso a El Salvador.
-¿Y quién intercedió por usted para que lo dejaran vivo?
-La Facultad de Medicina se movilizó de inmediato. Tuve suerte de que, cuando me capturaron, iba con un ordenanza de la facultad, que inmediatamente dio aviso.
-Perdona mi necedad, pero ¿cómo lo torturaron?
-Me golpearon, me dieron una golpiza.
-¿Y dónde ocurrió esa golpiza?
-En la oficina de Migración, la que estaba una cuadra abajo de la Corte de Cuentas.
Pese a episodios como este, durante su etapa como estudiante tuvo suerte. Al menos así lo cree él. Dice que conoció los años de oro de la Facultad de Medicina, y que el ambiente era excepcional en todos los sentidos.
Dice que a los estudiantes les quedaba cerca la cervecería Aloha. Dice que en su vida ha conocido muchas universidades, pero ninguna como la UES de entonces. Dice que allí tuvo docentes de nivel mundial. Dice que ese ambiente creó las condiciones para hacer todo lo que hizo después. Dice que el piropo más grande que recibió de su profesor de postgrado en Londres, el británico John Robert Vane, fue que, con sus conocimientos, Moncada podría haber salido adelante en cualquier lado. Unos conocimientos adquiridos en una facultad salvadoreña.

Moncada y El Salvador
La familia paterna —los Moncada— es de origen catalán. Moncada algo ha investigado sobre su apellido, y sitúa el origen de sus ancestros en el área de Tarragona, una provincia que está unos kilómetros al sur de Barcelona. De allá, de Europa, alguien emigró a Honduras hace ya varios siglos. El caso de la familia materna —los Seidner— es aún más complejo. Son judíos de Europa oriental que salieron de allá en 1937. Su abuelo era austríaco, su abuela era de Polonia, y su madre nació en una ciudad que entonces pertenecía a Rumania y hoy pertenece a Ucrania. Moncada se autodefine como ateo, pero le gusta mencionar el hecho de tener ascendencia judía.
De este collage étnico y religioso surge una persona que nace en Tegucigalpa, y que logra echar raíces en San Salvador y en Londres.
-Usted llega a El Salvador con cinco años de edad, y hoy, seis décadas después, esta entrevista me la está concediendo en El Salvador. ¿Qué lo une a este país?
-El Salvador es el segundo lugar en el que más he vivido en mi vida. El primero es ahora Inglaterra, donde llevo ya casi 37 años.
-¿Tiene nacionalidad allá?
-Sí, tengo la británica.
-¿Y conserva la hondureña?
-La conservo, pero en El Salvador estuve desde los cinco años hasta 1970, alrededor de 21 años.
-Hondureño de nacimiento, media vida en El Salvador y la otra media en Europa. ¿Se considera un ciudadano del mundo o hay algún país al que considere su patria?
-Para mí es difícil definirme. No puedo decir que siento una sensación de nacionalidad muy fuerte.
-¿Ciudadano del mundo?
-Judío, por tradición genealógica, soy judío.
Pero ni el hecho de haber salido del país como salió —torturado, expulsado— hizo que Moncada rompiera con El Salvador. Quedan aún lazos fuertes: un puñado de buenos recuerdos, un grupo de conocidos, su primera esposa y su hija mayor son salvadoreñas, la tranquilidad que da el anonimato, el sol que tanto gusta a sus hijos y una relación de amistad como la que lo une a la ex rectora de la UES, María Isabel Rodríguez. Quizá por eso regresó. Tardó, pero regresó. Lo hizo en 1997, 27 años después de que la OEA lo recogiera en el puente sobre el río Goascorán.
-Yo estuve 27 años sin venir a San Salvador y, cuando iba a venir, me dijeron que no iba a conocer la ciudad. Pero vine, agarré un auto, y fui a donde quise en San Salvador sin perderme ni una sola vez.
Desde entonces, viene con asiduidad, sobre todo en los últimos años. Y sí, ha visto cambios, pero no los que él quisiera haber encontrado. Dice que ahora hay centros comerciales y que se maneja dinero. Dice que hay una medicina privada excelente. Cambios, pero no los que él quisiera haber encontrado.

Moncada y el Reino Unido
Uno de los responsables de que Moncada decidiera irse a Londres fue el británico Bertrand Russell. Nunca lo conoció en persona —“Murió un año antes de que yo llegara”—, pero las obras de este filósofo, matemático, historiador, pacifista y ganador del Premio Nobel en Literatura lo marcaron tanto que el deseo de conocerlo hizo que Gran Bretaña brillara más en el mapamundi.
Tras ser expulsado de El Salvador, Moncada trabajó unos meses en Honduras. Pronto, gracias a un profesor guatemalteco que había conocido en la UES, surgió la posibilidad de ir a estudiar al Real Colegio de Cirujanos, en Londres, la capital del país donde nació y murió Russell. En tres años obtuvo su doctorado en Farmacología, tres años en los que tuvo como profesor al citado John Robert Vane, premio Nobel de Medicina en 1982.
En 1974, el romanticismo lo llevó a querer labrarse una carrera como investigador en Centroamérica, y regresó a Honduras.
-¿Y qué es lo que encuentra?
-Nada. No había nada. Cuando yo iba a salir de Inglaterra pedí una ayuda financiera para investigación, y cuando fui a la entrevista, el personaje que me entrevistó me dijo: “Usted ha pedido 8,000 libras esterlinas, que en ese tiempo era mucho dinero, para investigación en Honduras, yo he visto lo que ha hecho, así que, si se queda en Inglaterra, le doy el doble de ese dinero”. Pero le dije que quería regresar, que nunca me perdonaría si no lo intentaba. Entonces, fui a Honduras y, 11 meses y 28 días después, regresé a Londres.
Y en Londres comenzó a trabajar para Wellcome Research Laboratories, que entonces era una multinacional farmacéutica un tanto atípica, ya que los beneficios que obtenían iban a parar a una fundación de caridad. Ingresó como un investigador más, y sus méritos le permitieron escalar en la jerarquía hasta que en 1986 lo nombraron director de investigaciones, con 480 investigadores bajo su supervisión. Los 20 años que entregó a Wellcome son en los que hizo la mayoría de los descubrimientos que le han permitido ser un referente en el panorama científico mundial.
-¿Y el trabajo de sus investigaciones en Wellcome no se traducía en patentes?
-Sí, las investigaciones se registraban y se comportaba todo como cualquier otra compañía farmacéutica, excepto que las ganancias no iban a parar a inversionistas privados sino para una fundación estructurada para ayudar a la investigación, llamada Wellcome Trust.
-Pero, si el funcionamiento era igual al de cualquier otra multinacional farmacéutica, ¿los beneficios no se ofrecían solo a quienes podían pagarlos?
-Eso era de alguna manera suavizado por el hecho de que Wellcome Trust, por ejemplo, fundó laboratorios en países subdesarrollados para investigar enfermedades tropicales, y ponía parte del dinero de las ganancias en el mantenimiento de estos laboratorios. Hay en África, en Brasil, en el Lejano Oriente.
-Y usted, visto su pasado izquierdista, ¿no llegó a tener problemas éticos?
-No, al contrario. La gente que trabajaba en Wellcome lo hacía precisamente porque tenía problemas éticos en la industria farmacéutica convencional, pero aún quería hacer medicina.
Moncada dejó Wellcome en 1995, cuando esta fue absorbida por GlaxoSmithKline, la empresa líder del sector en Reino Unido. Casi de inmediato se incorporó al Instituto Wolfson, el proyecto en que maneja un presupuesto que duplica lo que destinará El Salvador a su Ministerio de Medio Ambiente. Paralelo a este proyecto, y siempre desde Londres, Moncada se embarcó en 2001 en la creación del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares de España, iniciativa que se abortó en 2004 por diferencias con el Gobierno español, el principal patrocinador.
Pero no todo en Inglaterra ha sido trabajar y trabajar. En su etapa en Londres también está teniendo suerte. Al menos así lo cree él. Dice que en ese país se casó por segunda vez. Eso ocurrió el 5 de abril de 1998, en Marlow, la pequeña ciudad donde la escritora Mary Shelley reescribió su novela “Frankenstein”. Dice que su esposa se llama María Esmeralda Adelaida Liliana Ana Leopoldina, y que es princesa de Bélgica y hermanastra del actual rey, Alberto II. Dice que tienen dos hijos: Alexandra Leopoldina, de nueve años, y Leopoldo Daniel, de seis años. Ambos —obvio— hablan inglés, pero dice que ya están aprendiendo español y francés. Y a ambos les gusta reventar piñatas.
Con familia y pasaporte europeos, de donde salieron sus antepasados, Moncada sigue pendiente de Centroamérica, una región que poco —¿nada?— cuenta en el panorama científico internacional.
-En muchas de las notas escritas sobre usted lo presentan como suramericano.
-Sí, lo he visto.
-¿No cree que es significativo ese detalle?
-Es significativo desde el punto de vista de que Centroamérica no pinta nada. Cuando al principio decía en Londres que venía de “Central America”, creían que venía del centro de los Estados Unidos.
“El problema de nuestros países —dirá otro día sin referirse a sí mismo, aunque aplica a la perfección— es que ocasionalmente producen gente excepcional, con ideas de nivel mundial.” Y con esas ideas vienen los premios.

Los Nobel y Moncada
El apartado de reconocimientos de la hoja de vida de Moncada parece no tener fin. Tiene tantos doctorados honoris causa que ni recuerda cuántos son. Y los ha recibido de prestigiosas universidades de Francia, Bélgica, Estados Unidos, España, Italia, Reino Unido... “El 7 de abril —agrega— me darán otro doctorado en la Universidad de Praga”, la capital checa, la misma ciudad donde hace casi cuatro décadas Roque Dalton fungió como anfitrión.
Las publicaciones en las que ha plasmado sus investigaciones superan las 700, muchas de ellas en la revista británica Nature. Esta cabecera y la estadounidense Science son los dos referentes mundiales en el ámbito científico. Tanto, que este año que expira fueron reconocidas en España con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Moncada también tiene su propio Premio Príncipe de Asturias, pero en la rama de Investigación Científica y Técnica. Se lo dieron en 1990. Además, Holanda le ha otorgado el máximo galardón en medicina de la Real Academia de las Artes y las Ciencias, en el Reino Unido es miembro de Colegio Real de Físicos, en Estados Unidos forma parte de la Academia Nacional de Ciencias, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero no tiene, y no es algo que le importe mucho, Premio Nobel alguno. Y no lo tiene a pesar de que en los últimos 25 años la academia sueca premió en dos ocasiones —en 1982 y 1998— descubrimientos relacionados con la prostaciclina, los nuevos usos del ácido acetilsalicílico en cardiología y las revolucionarias teorías sobre la producción de óxido nítrico por mamíferos.
-Es decir, la academia sueca —responde de manera casi automática la pregunta que le ha tocado responder decenas, cientos de veces— decide a quién le quiere dar el premio, y se lo dan a quien quieren.
-Sobre todo en 1998 hubo protestas formales de parte de la comunidad científica por no haber sido usted incluido, pero usted, en las declaraciones que dio sobre ese asunto, siempre se ha mostrado muy prudente.
-Y quiero que siga siendo así.
-¿Por qué?
-Porque es mucho más fuerte. Es que se confunde la gritería con la fuerza. Mi posición es que el trabajo que hice está hecho, que el trabajo que hice tiene el valor que tiene. Y estoy completamente satisfecho por eso, y que me den el Premio Nobel o no es una decisión de la academia sueca respecto a la que no tengo nada que hacer yo.
En 1982 el Nobel se lo llevaron el británico John Robert Vane —su profesor de postgrado— y otros dos investigadores suecos. En 1998 se lo dieron a tres estadounidenses. Desde que se comenzaron a entregar en el año 1901, más de 200 personas han recibido el Nobel de Medicina, y solo tres son africanos, asiáticos o latinoamericanos. “Los países desarrollados —reflexiona Moncada— siguen pensando que ellos son los únicos capaces de generar ideas.”





*****

Que lo reconozcan 1 ó 100,000 personas, o que haya o no calles, plazas o estadios bautizados con su nombre son cuestiones que no le quitan el sueño a Moncada. Está convencido de que lo realizado por él hasta la fecha tiene valor, mucho valor: “Yo estoy satisfecho con mi producción científica”.
Lo cierto es que cualquier enciclopedia que sea medianamente seria lo incluye entre sus entradas. Salvat, por citar una, se refiere a él como “licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de El Salvador (1970)” y, sobre la polémica suscitada, dice que fue “candidato al Premio Nobel de Medicina por los trabajos acerca del óxido nítrico”.
Esta trascendencia de su obra, sin embargo, no se corresponde con la escasa proyección pública de su persona. El pasado 22 de diciembre, por ejemplo, dio en UES —su universidad— una improvisada conferencia a la que asistieron no más de 70 personas. Allí, casi en familia, se habló sobre impulsar la investigación como proyecto nacional, sobre la necesidad de invertir en ciencia y arte, y sobre el papel de meros consumidores en el que el Primer Mundo quiere encasillar a países como El Salvador.
Pero todo esto se dijo sin bombo y platillo, sin deseos de figurar. Y a que esto sea así contribuye la opción personal de Moncada por el anonimato, por diluirse entre la multitud, por la prudencia. Aunque lo han entrevistado medios como CNN, Le Monde, El País, BBC o Nature, no se puede decir que le entusiasme la idea de conceder entrevistas, sobre todo aquellas que trascienden lo estrictamente profesional. Su activismo político en la juventud y su matrimonio con la princesa han acentuado su natural vocación por la discreción.
-¿Formar parte de una familia real europea lo obliga a medir sus palabras?
-No, de ninguna manera. Es decir, mi posición es mesurada, y pretende ser clara y objetiva. Yo pienso que la mejor forma de decir las cosas es decirlas así como las digo yo.
-¿La prudencia es siempre una buena consejera?
-Seguro que sí.
“Yo tenía mucho interés —afirma sin dejar de mover sus manos, afectadas por la enfermedad de Dupuytren— en vivir una vida en la que yo fuera útil e hiciera cosas útiles, y lo de los reconocimientos es una cuestión realmente secundaria.” En el caso de Moncada, no se trata de falsa modestia.


Este artículo se publicó en la edición del 30 de diciembre de 2007 de la revista Enfoques de La Prensa Gráfica.

Semblanza de María Isabel Rodríguez


Estudió, educó, batalló, naufragó, rio

Enemiga irreconciliable de la mediocridad y amiga íntima del salón de belleza, María Isabel Rodríguez dejó el viernes la rectoría de la Universidad de El Salvador (UES). La suceden quienes le imputaron ser imperialista y privatizadora. A ella, estudiante universitaria que traficó municiones en la huelga de 1944 contra Maximiliano Hernández Martínez. A ella, médica convencida de haber persuadido a Fidel Castro para que dejara el cigarro. A ella, representante de la OPS que durante la guerra en El Salvador viajaba con un pasaporte diplomático que le evitaba registros... “Schafik sabía quién era yo”, sentencia, con ese aspecto tan frágil que no delata su robusta estatura académica. Tres universidades le han otorgado doctorados honoríficos. La UES —su universidad—, prácticamente dos expulsiones.

Por Roberto Valencia.


Fidel puso su mano izquierda sobre el hombro de María Isabel, y ella se acercó cuanto pudo al impecable traje militar. Él sostenía con sus dedos el purito habano que acababa de encender, pero tuvo cuidado de alejarlo lo suficiente del vestido. Sonrisa abierta ella y más disimulada la de él. Así les tomaron la fotografía.

—Yo tengo la imagen -cuenta satisfecha- del último cigarro de Fidel.
Está convencida de que a partir de esa noche nunca más volvió a fumar, y lo cree porque se comprometió públicamente en aquella conferencia internacional sobre educación médica. Solo él sabe si cumplió su palabra, pero lo que María Isabel sí pudo comprobar con sus propios ojos es que Fidel ya no fumaba en las otras ocasiones en las estuvo con él después de aquel julio de 1986, cuando les tomaron la fotografía.
—Él entonces nos decía que iba a durar 120 años, pero parece que no le va a salir.
Fidel Castro era el jefe de Estado cubano, y 21 años después, sigue siendo el jefe de Estado cubano. Y María Isabel Rodríguez era consultora de la
Organización Panamericana de la Salud (OPS), y hoy es rectora saliente de la Universidad de El Salvador (UES).




A María Isabel le tocó derribar puertas desde que nació, y ya tiene 84 años. En 1937 fue la primera en su familia que estudió en un instituto mixto; en 1942, la única mujer inscrita ese año en la carrera de Medicina; en 1967 se convirtió en la primera salvadoreña que tomó las riendas de esa facultad; en 1980 fue la primera mujer que la OPS nombró como máxima representante en un país latinoamericano; y en 1999, la primera rectora en 158 años de historia que acumulaba para entonces la universidad.
Detrás de esa imagen de abuela que todos los nietos quieren tener hay amontonados decenas de reconocimientos -llegados sobre todo de países extranjeros-, una rigurosa fidelidad al método científico plasmada en 103 publicaciones, respeto y admiración en toda América Latina y también una amargura mal disimulada por la actual transición de autoridades en la UES.
“Schafik y mucha gente del Frente ya sabían quién era yo -responde María Isabel en uno de los pocos momentos en que parece perder el control de la conversación-, pero hay una cantidad de animales de esos que están llegando ahora a la universidad que todavía me siguen considerando como una reaccionaria o como una imperialista, aunque a mí eso no me importa.”
Tras varias horas de conversación, la pregunta había sido: “¿Cuándo se animará a hacer público lo que me ha contado bajo condición de ‘pero eso no lo vaya a poner’?”
En la campaña de desprestigio en su contra, los calificativos de reaccionaria e imperialista fueron tan solo una pequeña parte. También la presentaron como la persona designada por el partido ARENA para privatizar -privatizar- la única universidad pública del país. Y esos mensajes calaron en buena parte de una comunidad universitaria que en las elecciones acaba de despreciar a los candidatos que se mostraron como la continuidad a la gestión de María Isabel.
De alguna manera se ha repetido lo que ya le tocó vivir en 1972, cuando aquellos que se consideraban los más progresistas la expulsaron de la universidad -su universidad-, acusándola de cientificista en tono despectivo. Ayer cientificista y hoy privatizadora. Es, está convencida, el peaje por tener como norte estimular el desarrollo científico y la investigación en un país como El Salvador.
Y sorprende, eso sí, que estos sinsabores los cuente entre risas, una risa particular que ha aprendido a fusionar con las palabras que en ese momento pronuncia. No se intuye rencor ni odio. Ni por lo que está ocurriendo ahora en su universidad ni por todo lo anterior.

Joaquín Vanegas -celular colgado en el cincho, tres veces decano de Ingeniería y barba y pelo canos- está entre los detractores confesos de María Isabel. Personas que opinan como él y lo declaran abiertamente son difíciles de encontrar fuera de la universidad, pero no tanto en su interior.
—Yo creo -dice en un despacho de la facultad donde ha enseñado por tres décadas- que no le ha ido muy bien en la rectoría.
—¿Cree que en las elecciones la comunidad universitaria está rechazando su gestión?
Eso es obvio. La está rechazando porque el grupo que la rodea y la asesora se equivoca, y el problema de ella es que, aunque pasó tanto tiempo como rectora, quizá no conoció la idiosincrasia de la universidad. Para dirigir hay que conocer en qué mundo está. Uno no puede plantear una cosa que ha visto en otros países, pero que no cuadra con la forma de vida de la universidad, y no me refiero a mantener un statu quo, tampoco. 
Además de detractor, Vanegas es la persona que se quedó con las ganas de ser rector en 1999, cuando María Isabel sorprendió a casi todos, y agarró las riendas de la institución con el apoyo de estudiantes y profesionales no docentes. Ante la Asamblea General Universitaria (AGU), el candidato de los docentes fue Vanegas, y llevaba como vicerrector a Rufino Quezada, ahora sucesor de María Isabel.

Honoris Causa es una expresión que las universidades han monopolizado para reconocer la trayectoria de personas que, a juicio de sus autoridades, merecen el elogio. La UES, por supuesto, también concede este tipo de reconocimientos. En los últimos años, por citar solo a los salvadoreños, los otorgó a Félix Antonio Ulloa, a Camilo Minero y a Schafik Jorge Hándal.
Doctorados Honoris Causa, María Isabel posee dos, que mañana lunes serán tres, y viene un cuarto en camino. Ninguno es de la UES. El primero se lo otorgaron a 1,700 kilómetros de San Salvador. Ocurrió en mayo de 2005 en la Universidad de Guadalajara, en México. El segundo se lo dieron mucho más cerca, a apenas seis kilómetros en línea recta desde su despacho. La Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) se lo entregó en noviembre de 2006. El tercer doctorado lo recibirá en la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, mañana. Será un homenaje a 5,691 kilómetros de distancia.
Viernes, 7 de septiembre de 2007. 10:45 a. m.
Los órganos de gobierno de la UES se reúnen en el segundo nivel del edificio que también alberga -44 escalones arriba- el despacho de María Isabel. La reunión es en una sala circular, bien iluminada y amplia. Hay mesas alineadas, unas 70 personas, sillas para casi todos, 15 micrófonos inalámbricos y una cafetera metálica llena de café ralo.
Le toca el turno, como cada viernes, a la AGU, el máximo organismo normativo y elector. Ellos -docentes, estudiantes y profesionales no docentes- discuten hoy si María Isabel es merecedora de un doctorado honoris causa en la UES. El punto se pretende introducir en la agenda, pero no parece generar interés: asambleístas ensimismados que leen cualquier cosa, asambleístas que van y asambleístas que vienen, asientos desocupados por una llamada o por un café -ralo-, y una voz que desde la junta directiva llama a votar.
Tras dos intentos a tarjeta alzada, la AGU sentencia: “No hay votación suficiente en este punto para incluirlo”. Son 25 asambleístas a favor, cuando la AGU la componen 72. La universidad en la que se doctoró, en la que fue decana, y de la que durante ocho años fue su rectora, prefiere el no. Alguien ya dijo alguna vez que nadie es profeta en su tierra.
Tras la negativa, y cuando no hay nada que hacer -al menos este día-, 2 de los 25 alzan su voz para cuestionar la democrática falta de interés. Se oye un “Hace ocho años daba penar entrar” y un “No desistiremos”, pero María Isabel no logra hoy ser causa de honor en su universidad. En la segunda planta de este edificio, y en pleno proceso electoral interno, son más quienes creen que no lo merece, como es el caso de Vanegas, o simplemente callan. Callan y no otorgan.
“Antes que a mí yo propondría que se lo dieran -se sincerará María Isabel 37 días después- al doctor Fabio Castillo. No me gustaría que me lo dieran antes que a él.” Mentor, colega y ex amigo, Castillo fue el rector en dos períodos complicados: 1963-67 y 1991-95.

El 5 de noviembre de 1922 fue domingo. Ese día se proyectó la película “Jilmy” en el salón Orozco de Santa Tecla. Filomena Peña de Brown puso en venta su casa de San Martín, situada a una cuadra de la estación del ferrocarril, y la pierna de Modesto Valdés se fracturó tras ser atropellado por uno de los pocos automóviles que recorrían el barrio Santa Lucía. Ese día no fue uno más en la vida de María Isabel. Ella nació ese día en la casa familiar del barrio Concepción, en San Salvador. Apenas cuatro años antes había finalizado la Primera Guerra Mundial.
Cuando ella llegó al mundo, Quezaltepeque era el interior del país. Por eso venirse a San Salvador, “a la civilización”, fue toda una aventura para Concepción Rodríguez -su madre-, Isabel Rodríguez y Elena Rodríguez. Esas tres mujeres -tres hermanas- marcaron los primeros años de vida de María Isabel. De la persona que embarazó a Concepción sabe que era “un señor abogado muy distinguido” casado con una tía de las tres. De él ni siquiera heredó el apellido. Fue hija de una madre soltera en el San Salvador de 1922.
“Yo fui la única hija de mi madre quien, una vez que yo nací, por esa sensación de vergüenza que uno tiene, se aisló para cuidar de mí, muy sometida por sus hermanas”, recuerda. Le gusta decir que es hija de tres mamás, aunque en ese ambiente familiar, Concepción tenía un papel muy dócil, ante las fuertes personalidades de Isabel y Elena. Si Chabelita -así la llamaban de niña- recibía algún premio en la escuela, no era su madre la que iba, sino cualquiera de las hermanas: “Mi mamá aprendió a manejar la situación de ser yo su hija para ella, pero no para el público”.
Con una tienda en el barrio La Vega como principal sostén económico de esta atípica y matriarcal familia, a los ocho años María Isabel inició sus estudios en una escuela pública. Terminó la primaria y tuvo que afrontar su primera gran batalla por hacer prevalecer su pensamiento. Fue en 1936, cuando decidió estudiar secundaria en el Instituto Nacional General Francisco Menéndez (el INFRAMEN).
—Solicité la admisión a escondidas de mi familia, y entonces, un día de tantos, el primer telegrama en mi vida que recibo fue para decirme que me habían aceptado.
—¿Ese instituto es el mismo INFRAMEN que ahora?
—El mismo, pero en aquella época era un instituto -matiza- de una calidad académica altísima. Era un colegio militarizado, con las muchachas vestidas de militares y todo eso.
El instituto lo dirigía entonces un coronel francés que años atrás había participado en la colonización africana, y que mantenía como obligatoria una asignatura de tiro al blanco. Además de disciplina y de saber disparar, dice haber encontrado en los cuatro años que estuvo allí a los mejores profesores del país.
Lograr el ingreso supuso primero superar los prejuicios existentes en la estructura familiar: “Hubo consejo de familia, y mi tía mayor hizo una conclusión muy rápida: ‘Si dejan ir a esta muchacha es por ser la más feíta del grupo y porque quieren perderla; es un lugar donde hay mujeres y hombres juntos’. Fue una discusión terrible, pero triunfé”.
Gracias a ese triunfo, además de garantizarse un futuro, supo cuál era su nombre. Hasta 1937 creyó que se llamaba Isabel a secas, como su tía. Pero al llegar al INFRAMEN, donde tuvo que llevar la partida de nacimiento, vio que cuando la nombraban al pasar lista se referían a ella como María Isabel Rodríguez.
“En ese tiempo -mueve sus manos con uñas pintadas de un rojo muy vivo- me dolió horrores que me cambiaran el nombre en el instituto, porque yo era Chabelita. En mi casa aún me llaman Chabelita, aunque para toda la chiquitinada soy la Tía Lita.”

Desde que regresó del exilio en 1994, reside en la ciudad que la vio nacer. Vive cerca de su universidad y más cerca aún, a apenas unos pasos, del cuartel San Carlos. Frente a su casa hay dos mensajes muy necesarios en El Salvador. Uno, pintado en letras grandes junto a una cancha de baloncesto, dice “Yo avanzo hacia lo limpio”; y el otro, escrito en una señal publicitaria, también apela al civismo: “Apague su celular al conducir”. Seguro que son más necesarios en cualquier otro lugar que ahí.
Para entrar en la vivienda -blanca con partes anaranjadas, sin portón, de dos niveles y con mucha vegetación- solo hay que mover hacia adentro una verja de hierro que llega por debajo de la cintura, hay que subir ocho escalones y hay que llamar a un timbre. Detrás de la puerta, ella abre el candado, gira el pomo hacia la derecha y tiende la mano: “Pase, pase”.
María Isabel mide 157 centímetros, pero parece más baja. Es delgada, extremadamente delgada, y se peina de tal manera que deja al descubierto una parte de su frente. En su rostro destacan sus marcados pómulos, y los grandes lentes que, aunque cueste imaginarlo, no necesitó durante la primera mitad de su vida. Los ojos que están detrás son marrones, y uno de ellos casi no sirve. Está así por dejadez.
Su casa está a la par de la de Blanca de Suárez -casada con el doctor Suárez, cuatro hijos, ocho nietos-, su hermana del alma. Los dos hogares están comunicados. Se puede ir de uno al otro sin tener que salir a la calle. En realidad, Blanca es su prima, y ambas, como buenas hermanas, comparten la descendencia. Esa es la “chiquitinada” que llama Tía Lita a María Isabel.
En las paredes de su casa no está colgada la fotografía que congeló el último cigarro de Fidel, ni ninguna de las que tiene con las personalidades que ha conocido a lo largo de su vida. Tampoco hay enmarcado ninguno de sus títulos ni reconocimientos. Huyó también de ese tipo de adornos -fotos y diplomas para que otros los lean- para decorar su despacho en la universidad. Prefiere la pintura; prefiere un tipo concreto de pintura. De 11 cuadros en la sala, los 11 hacen referencia a la pobreza, al campesinado, a la ruralidad. Son imágenes de Venezuela, El Salvador, México, Haití, Nicaragua... “Estos están elegidos desde lo más profundo de mí”, se sincera. Y entre esos 11 cuadros está su favorito, el que hace más de medio siglo un buen amigo le regaló en México.

Con 19 años y un mundo desangrándose, María Isabel recibió por primera vez clases de medicina, y cursaba ya tercer año cuando en 1944 se produjo el levantamiento cívico-militar que a la postre terminaría con los 13 años de dictadura de Maximiliano Hernández Martínez. Vivió en primera persona uno de esos acontecimientos que uno cree que no encontrará fuera de un libro de historia: la huelga de los brazos caídos.
—Era revoltosa, pero de los pellejines, como decimos acá. Íbamos a distribuir “Opinión estudiantil” en la clandestinidad, traíamos la caja de las municiones y se la llevábamos a los compañeros que estaban guardados en la embajada de Guatemala.
En octubre de ese año una revolución había puesto fin a la dictadura de Jorge Ubico, y el vecino país conoció un gobierno de corte progresista, que simpatizaba con la oposición a Maximiliano.
—Hacíamos el tráfico de las cosas, pero no éramos dirigentes. Ahí estaba ya el doctor Castillo (el futuro rector por partida doble), un individuo un poquito delante de mí en años y que me ayudó mucho en el hospital. Él sí era ya dirigente del movimiento de la huelga.
—¿Usted nunca llegó a ser dirigente?
—Cómo no, después. Estuve en AGEUS, estuve en “Opinión estudiantil”, y ya después empecé a moverme...
Cuenta que en su juventud le tocó asumir papel de pellejín en ese proceso revolucionario. ¿Y en la guerra civil? ¿Cuál fue el papel de María Isabel? Durante la década de los setenta y los ochenta, y gracias a la OPS, tenía un pasaporte diplomático que le permitía viajar por toda la región sin preguntas, sin registros. Y cuenta las andanzas de esa conflictiva época con naturalidad, como quien no tiene nada de qué arrepentirse. Cree, sin embargo, que aún no es el momento de que el país conozca esa etapa de su vida.
—Eso no lo vaya a poner (ríe); sobre todo en este momento, pensarían que me quisiera congratular con la izquierda militante.

El 14 de mayo de 1949 fue sábado. Ese día el célebre violinista estadounidense Yehudi Menuhin aterrizó en El Salvador, en el céntrico cine Principal se pasaron las películas “Puños de Oro” y “El látigo del Zorro”, y el mítico Almacén Liverpool anunció la llegada a sus estanterías de quesos de bola holandeses y revólveres “Colt 22”. Ese día no fue uno más en la vida de María Isabel. Ella obtuvo ese día su doctorado en medicina por la Universidad de El Salvador. Apenas cuatro años antes había finalizado la Segunda Guerra Mundial.
Con su doctorado bajo el brazo, voló a México, a la que muchos consideran la capital de Latinoamérica. Allí, sendas becas le permitieron obtener un posgrado de dos años en cardiología, y otro posgrado de tres años en ciencias fisiológicas. En total, cinco años de desarrollo personal y de intensa actividad investigativa en la que se puede considerar su segunda patria, con el permiso de otros países queridos, como Venezuela, República Dominicana y la Cuba de Fidel.

En la sala de la casa de María Isabel hay 11 cuadros. Entre ellos, sobre un gran sofá rojo, el que en 1951 Pablo O'Higgins le regaló en México. Es su favorito. En ese lienzo oscuro se aprecia a un campesino salvadoreño con traje blanco y sombrero al final de su jornada de trabajo, o lo que su amigo interpretó que podía ser un campesino salvadoreño. “Ese cuadro lo quiero mucho”, dice.
Fallecido en 1983, O'Higgins es el pintor que los entendidos definen como uno de los más aventajados discípulos del muralista Diego Rivera. Ambos y Clemente Orozco -otro gigante de la pintura mexicana- fueron en infinidad de ocasiones los compañeros de tertulia de la joven cardióloga.
—Yo cenaba todas las noches -cuenta con sincera naturalidad- en casa de Rudolf Zuckerman, un inmigrante judío que hizo una amistad muy estrecha con los grandes artistas mexicanos. A su casa llegaba Diego Rivera, llegaba Clemente Orozco, y eran unas largas conversaciones. Una de las personas que más me impactó fue Diego, que era un solemne mentiroso, pero pasábamos escuchándolo con la boca abierta desde las 9 de la noche hasta las 2 de la mañana. Era una cosa maravillosa.

Además de estos nombres, hay una infinidad de personajes de indudable reconocimiento internacional que han pasado por su vida, y con quienes mantuvo o mantiene una relación cercana: Salvador Moncada, José Saramago, monseñor Óscar Romero, Hugo Chávez, Halfdan Mahler, Hillary Clinton, Belisario Betancur, Gabriel García Márquez, Gustavo Kourí, Luiz Inácio “Lula” da Silva, Eduardo Galeano... Y también está Fidel Castro.
—¿Alguna vez se ha parado a pensar cuántos conocidos suyos aparecen en enciclopedias?
—Fíjese que no, no me he puesto a hacer la cuenta.



Consumado su proceso de formación académica, regresó a El Salvador en 1954, con una doble intención: seguir investigando y compartir sus conocimientos. Para ello se propuso trabajar como docente en la misma facultad en la que se había doctorado, y el Departamento de Fisiología era el indicado. Primero como profesora asistente, luego como profesora asociada y más tarde como profesora titular, tuvo que escalar todos los peldaños antes de convertirse en 1967 en la primera -la primer- mujer al frente de la Facultad de Medicina de su universidad.
El grupo de médicos salvadoreños que ahora tienen entre 55 y 70 años es el que mejor conoció a la María Isabel docente y a la María Isabel planificadora de reformas académicas que pusieran al catedrático y al alumno como piezas fundamentales del puzle educativo.
Muchos de esos alumnos atravesaron la línea y se convirtieron en amigos. Entre ellos destaca uno: Salvador Moncada.
Moncada es el científico más ilustre que ha parido Centroamérica, y es un hijo de la Universidad de El Salvador. Nació en Honduras en 1944, pero a los cuatro años de edad se trasladó con su familia a San Salvador. Ahí vivió hasta que, tras ser torturado por la Policía, lo expulsaron del país en 1972. Su formación en la UES, concluida para ese año, le ha servido para ser el director de investigación de los laboratorios Glaxo Wellcome Research, de Inglaterra; para estar al frente del Instituto Wolfson para la Investigación Biomédica del University College, también en Inglaterra; para ganar en España el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica; para publicar más de 400 artículos científicos; y para ser dos veces candidato al Premio Nobel -sí, el Nobel- de Medicina.
Desde su despacho en Londres, Moncada -62 años, barba y pelo ya canosos- habla así sobre María Isabel por medio de una cámara web: “No solo somos amigos, sino que yo la considero como mi profesora más importante”. Ambos se escriben, se hablan y se ven con relativa frecuencia.
—Yo creo que María Isabel -afirma rotundo- nunca ha sido reconocida en El Salvador por todo lo que ha hecho.
—Casi es lo mismo que ocurre con usted.
—Bueno, yo tengo muchos años de estar afuera, pero ella tiene muchos años de estar haciendo un esfuerzo en la universidad, y no hay otra persona en El Salvador que haya hecho un esfuerzo tan grande, por tan largo plazo y tan honesto.
—Suena curioso que en su universidad no sea doctora Honoris Causa y sí en otras, incluida la UCA.
—Mire, el problema de esa universidad es que ha sido instrumentalizada políticamente. Debería regirse fundamentalmente por criterios académicos, y no digo que la universidad no deba participar en los problemas del país, pero no debe instrumentalizarse.
—¿Y no cree que los resultados de las elecciones significan que a la comunidad universitaria no le gustó lo que hizo la rectora?
—Eso es lo que me preocupa, porque siento que en los últimos ocho años lo que se trató de hacer es desarrollar la base científica y un sistema educativo superior serio para crear los profesionales que el país necesita. Y es una lástima que haya resistencia a que eso se cree.
—¿A usted le parece que ha habido cambio en los últimos ocho años?
—Tremendo, tremendo, increíble... La universidad, después de la guerra, quedó muy golpeada y atrasada, y María Isabel ha hecho inversión, y María Isabel ha puesto el énfasis en el desarrollo científico y la educación, y eso habría que preservarlo y desarrollarlo, por el bien de El Salvador.
La admiración es mutua desde que coincidieron -en papeles de estudiante y maestra- en la Facultad de Medicina. Moncada y María Isabel se vieron muchos años después en La Habana. Con ellos, en esa ocasión, estuvo también Fidel. Ya no fumaba.

Tras varios días de intentar reservar un hueco en su apretada -apretadísima- agenda de fin de gestión, el 1.º de octubre ocurre la plática telefónica en la que la rectora y un periodista al que hasta ese momento no conocía acuerdan la primera de las entrevistas.
—Entonces en mi despacho a las 11, y no nos movemos más.
—Gracias, doctora.
—Gusto de oírlo. A sus órdenes.
“A sus órdenes” suena a frase hecha, pero en el caso de María Isabel adquiere una literalidad sorprendente. En distintos momentos durante las casi seis horas de entrevista distribuidas en tres días, sirvió café, cortó pan dulce, subió y bajó las escaleras de su casa para recoger algún material, y hasta pidió disculpas por estar atendiendo una llamada de teléfono cuando abrió la puerta para la tercera entrevista, a pesar de que en principio solo iba a ser una debido a su apretada -apretadísima- agenda de fin de gestión. Es uno de los salvadoreños más reconocidos en el mundo, pero su forma de ser no le impide llamarse durante la plática feíta, pellejín y rascuache.

El 13 de diciembre de 1969 fue sábado. Ese día el Gobierno inauguró la segunda unidad termoeléctrica de la central de vapor de Acajutla, CuatroVisión emitió la telenovela “La caldera del diablo” a las 2 de la tarde, y a esa misma hora el niño José Gustavo Guerrero izó el pabellón nacional en la cancha de la colonia Guatemala, con lo que quedó inaugurado el campeonato de béisbol infantil y juvenil. Ese día no fue uno más en la vida de María Isabel. Ella se casó ese día con Víctor Arnoldo Sutter. Apenas cinco meses antes, Neil Armstrong había puesto sus pies sobre la luna.
Tenía 47 años, y él era dos décadas mayor que ella. La conocía bien. Tanto que para la casa que mandaron construir -la situada junto al cuartel San Carlos- él pidió que no tuviera cuarto de invitados, a pesar de que había espacio de sobra para ello. Temía, con razón, que siempre estuviera ocupado por alguien.
—Él había sido un hombre que prácticamente hizo toda su vida en el exterior, con la Organización Mundial de la Salud, en Europa. Entonces, tenía el sueño de venir a vivir a El Salvador. Nos casamos y él, feliz, pero lastimosamente se vino el 72, con la intervención de la universidad, y yo tenía que salir, y el pobre tuvo que venirse conmigo a México (ríe), un país que no le gustaba.
Víctor Arnoldo Sutter, quien también había sido ministro de Salud entre 1956 y 1958, murió en México. El matrimonio solo duró cinco años, y las edades de ambos impidieron a María Isabel ser madre.
—¿En qué año murió su marido?
—En 1972… permítame… no, murió en el 73. Porque en el 72 fue la caída de Salvador Allende, ¿verdad?
—Umm... no, fue en 1973.
—Ah, pues estoy equivocada, porque la caída de Allende la lloramos juntos. Entonces él murió en el 74.
—Bueno, quizá no tenga tanta trascendencia para mi historia.
—Pero sí tiene mucha trascendencia para mí (ríe condescendiente).
—Perdone.
—Sí, en el 74, y habíamos llegado a México en el 73, y luego me quedé hasta el 78 ya sola.
Unos meses antes de instalarse por segunda vez en México, había volado a Washington, la sede de la OPS. Allá llegó exiliada, despedida de la Universidad de El Salvador -su universidad- en medio del caos ideológico que antecedió a la toma militar del campus en 1972.

A Ana Guadalupe Martínez -santaneca, estudiante de Medicina, grandes ojos marrones, guerrillera y ahora democristiana- le tocó conocer a la María Isabel decana. El primer encuentro entre ambas fue en 1971, en el auditórium de Derecho. Como decana, María Isabel tuvo que dar la charla de ingreso a unos mil alumnos, y no dudó en censurar que la política estuviera restando en el campus espacio a la investigación y al desarrollo académico. “Le chiflaron y le hicieron bulla -cuenta con entusiasmo la ex guerrillera en un despacho verde de la Asamblea-, pero ya sabía que se iba a desquitar, porque nos iba a demostrar que estar en la facultad y ser médico obligaba a ser muy buen estudiante”.
Los silbidos y la bulla, como supo más tarde, eran por ser una “cientificista”, y esa condición, sin importar el currículo, levantaba recelos tanto en la extrema izquierda como en la extrema derecha.
“En 1972 -inicia María Isabel el relato de su expulsión- tengo en la universidad uno de los momentos más dolorosos de mi vida.” Por priorizar el desarrollo científico sobre el activismo político la llamaron cientificista, y por crear para la facultad una biblioteca en la que abundaban las revistas en inglés la llamaron pro imperialista. Animados por militantes sobre todo del Partido Comunista, a ciertos grupos estudiantiles se les ocurrió que había una persona que era un peligro: ella. Entre los líderes de esos grupos estaba Schafik Hándal.
—Es una buena persona, pero ese fue su gran error. Schafik, y esto nunca se ha dicho públicamente, dice: “Hay este problema: el poder académico en esta universidad es un peligro y hay que destruir el poder académico”.
Esa fue una tesis, y la otra tesis, de un argentino infiltrado aquí, era que este sistema estaba podrido, y la universidad estaba podrida; entonces, había que destruir la universidad para debilitar al sistema. En medio de esas tesis, se decide que a mí, igual que a otros profesores, se me iba a juzgar. Yo me quedo atónita. Según ellos, yo era imperialista y tenía nexos con organismos internacionales, me llevan a una sesión amañada del Consejo Superior Universitario, y deciden expulsarme de la universidad.
Esto sucedió unos días antes de que la Fuerza Armada -helicópteros y tanquetas incluidas- ocupara la universidad bajo el argumento de que había que poner orden. “Es en ese momento -reflexiona- cuando se pierde la universidad.” Tras la intervención militar, se creó la Comisión Normalizadora que, lejos de normalizar, “crea terror, porque era la guardia metida dentro de la universidad”.

Es doctora desde hace 60 años, el Gobierno mexicano la galardonó con el Premio al Mérito en Salud Pública, curó a enfermos de escasos recursos en el Hospital Rosales, es la responsable de promover la formación de médicos en toda América Latina, trabajó más de dos décadas para la institución hemisférica que vela por la salud, y recomendó en persona a Fidel Castro que dejara los habanos. Pero todo lo que María Isabel ha hecho por el bienestar de los demás contrasta con la dejadez -dejadez- con la que ha afrontado un serio problema que tiene en un ojo.
—Tengo una cosa -dice sentada en su mecedora de madera- que es algo verdaderamente vergonzoso, vergonzoso. A medida que el tiempo pasó, tuve las lógicas cataratas de la edad, que se me desarrollaron cuando llegué del exilio. Ahí ya fue evidente el diagnóstico.
—¿Y tuvo que operarse?
—Sí, cuando me eligieron me operé la primera catarata. El doctor López Beltrán, el que fue ministro de Salud, me la operó.
El cristalino es la parte del ojo que permite enfocar lo que vemos. Está situado justo detrás del circulito negro que hay dentro del iris, y debe ser transparente. El de María Isabel no lo es, y su visión es muy reducida. Algo así como un vidrio empañado por el vapor.
—¿Y la otra catarata?
—Pues quedamos que me la iba a operar a la semana siguiente, pero de eso han pasado ya ocho años, y todavía tengo una catarata. Total que yo ahora, para verlo bien a usted -y se quita los lentes-, debo hacerlo sin anteojos, porque los ocupo solo para leer. Se me desajustaron los ojos; con una catarata operada y la otra no, pues ando mal de la vista.
—Debería apuntarse al programa Operación Milagro.
—No, si ya tengo lista mi operación con Chepe López, pero yo nunca me he podido dar el lujo de tener cuatro días para mí; entonces, por eso no me he operado, por eso tengo una catarata pendiente.

Tras una breve estancia en Washington, su querido México fue el primer destino que le asignó la OPS. Allí, si bien le tocaba estar también pendiente de Cuba, República Dominicana y Haití, trabajó cinco años en programas para el desarrollo de médicos y enfermeras. Del D. F. se movió a Caracas en 1978 para seguir formando profesionales, y en 1980 dio un salto en la jerarquía. La nombraron la representante residente de la institución en República Dominicana, cargo que ninguna mujer había desempeñado antes en país latinoamericano alguno. En Santo Domingo permaneció hasta 1982.
En definitiva, desde su salida de El Salvador y hasta mediados de los ochenta, fueron los años de viajes por toda la región con pasaporte de Naciones Unidas, y fueron los años en los que conoció las ventajas y los inconvenientes de trabajar más de dos décadas con cargos de responsabilidad en una institución como la OPS. También fue el tiempo en el que más se agrandó su lista de países visitados, de amistades ilustres y de reconocimientos a su labor.
Héctor Dada Hirezi -diputado, 69 años, y padre cuatro hijos- la conoce desde que él era apenas un muchacho. Se define como su amigo, y desde esa postura da su opinión sobre el nombre que ella se supo labrar: “Yo mismo trabajé en organismos internaciones, y pude comprobar la estima que los organismos tenían a la capacidad de María Isabel para abordar los problemas de salud, con seriedad, con firmeza y con determinación”.
Tras su paso por Dominicana, se jubiló, pero lo hizo a su manera: trabajando más. Siguió en la OPS, pero como consultora. De esa etapa destaca la creación del Programa de Formación en Salud Internacional, que desde 1985 ha servido para capacitar a cientos de profesionales desde Alaska hasta la Patagonia.

Todos los sábados, desde que tiene noción del tiempo, María Isabel tiene una cita ineludible con la peluquería. Allí le arreglan el pelo, las manos y los pies. “Yo cuido mi persona, y creo que la imagen es importante en cualquier posición en la vida”, se justifica.
No se trata solo del pelo y las uñas; importantes también para ella son los accesorios. Salvo el pin rojo con la imagen de la Minerva clavado en la solapa, en los tres días de entrevistas no repitió anillos, pendientes ni collar. Y no se trata solo de los accesorios; importante también para ella es el vestuario. Todo tiene que estar conjuntado, incluso aunque no sea quien se enfunde la ropa que elige.
—Le voy a contar algo -dice Ana Guadalupe, la estudiante que terminó en la guerrilla-: el vestido que yo tengo en las fotos históricas de los Acuerdos de Paz en Chapultepec, ella me lo hizo llegar desde Washington para la ceremonia oficial.
Era un vestido de tres piezas. Una chaqueta larga negra, una blusa blanca y una falda negra que llegaba por debajo de la rodilla. En el paquete que llegó hasta la capital mexicana en el equipaje de una amiga común también iba -perfectamente conjuntado- un cinturón. Ana Guadalupe aún conserva ese regalo.
Para María Isabel es una de esas anécdotas que, por su particular concepción del respeto hacia los demás, nunca saldrían de su boca ante un periodista.
—Me dijeron que uno de sus vestidos estuvo en la firma de los Acuerdos de Paz.
—No, yo no estuve -trata de evitar el tema- en los Acuerdos...
—No, uno de sus vestidos.
—¡Ay! No vaya a decir eso, por favor (ríe).
—¿Y por qué no? Ana Guadalupe lo contó.
—Sí, yo le regalaba ropa, pero si lo dice, dígalo como que ella lo dice...

No es el envejecimiento. Lo peor del paso del tiempo para María Isabel es ver que siguen los grandes males de la humanidad, que sigue la pobreza y que sigue la injusticia. Y todos esos males los atribuye “a esta gran peste creada porque la dimensión económica se tragó la dimensión social”.
Pudiendo vivir en Estados Unidos o Europa, sigue aferrada a El Salvador, un país en el que cada semáforo le recuerda lo peor del paso del tiempo, un país que aplaude más al Álex “Paleta” Erazo o a Arquímedes Reyes que a Salvador Moncada.
—¿Por qué sigue en El Salvador? ¿No cree que lo que usted hace sería más valorado en otros países?
—Pero nunca me voy a sentir tan bien como en este país, a pesar de las dificultades. Yo siempre dije que no me iba del todo. A mí me arrancaron, y me sentí muy amargada cuando me tuve que ir, porque sabía que a lo mejor ya no regresaba.
Salvador Moncada lleva más de tres décadas en Inglaterra.—Aunque me va a matar si oye esto, yo pienso que Salvador no tenía las raíces que tengo yo. Salvador se vino de Honduras muy chiquito, pero este país lo trató muy mal.

El 22 de octubre de 1999 fue viernes. Ese día, mientras Ecuador se asombraba ante la furia del volcán Tungurahua, en El Salvador se anunciaba el inminente estreno de “El proyecto de la bruja de Blair”, y los diputados discutían la conveniencia de teñir de verde la leche en polvo que llegaba al país como donativo. Ese día no fue uno más en la vida de María Isabel. Ella fue elegida ese día como la primera rectora en la larga historia de la UES. Apenas dos semanas después, ella cumplía 77 años.

José María Tojeira -gallego y rector de la UCA- admite que la elección de quien ahora define como una gran amiga fue una sorpresa: “Yo no la conocía de nada, ¡pero de nada! Y alguna gente dijo que era muy buena y tal, pero con 76 años, ¿cómo iban a poner a una persona de 76 años? A mí me pareció una irresponsabilidad de la UES”. Transcurridos ocho años, su criterio ha cambiado, y cree que ha sido “una gran rectora”.
En contraposición, Vanegas, el que se quedó en 1999 a un paso de ser rector, señala una larga lista de desaciertos en la gestión. En su mundo, en los últimos ocho años ha faltado planificación, se han descuidado las facultades, no se han rendido cuentas a la población, ha habido desorden financiero y administrativo... por acusarla, a María Isabel la acusa hasta de haber matado al espíritu.
—Antes aquí había algo que llamábamos el espíritu universitario; no sé si lo hay en otras universidades, pero aquí ahora las personas no quieren trabajar ni un segundo más si no les pagan, porque se ha generado esa cultura.

Mediocridad significa cualidad de mediocre, y mediocre significa de poco mérito, tirando a malo. De todas las palabras que aparecen en el diccionario, María Isabel eligió esa para calificar a los detractores que tuvo en la universidad, para calificar a quienes la acusan de privatizadora.
“Tiene una tolerancia muy baja para la mediocridad, y se pone muy tajante.” Estas palabras corresponden a Paolo Luers -alemán y dueño del restaurante La Ventana-, una de las personas que más defendió públicamente a María Isabel en 2005, con la intensificación de la campaña de desprestigio en contra de la rectora. Su trinchera era la columna que mantenía en el periódico digital “El Faro”.
La chispa -la excusa lo llama ella- fue el préstamo por $25 millones que la rectoría pretendía conseguir del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para poner en marcha el Proyecto de Fortalecimiento, elaborado por la propia rectora.
Tojeira resta, a su manera, trascendencia al uso de la palabra: “Cuando la he oído hablar en esos términos de personas que yo conozco, y ella me ha dicho que el problema de esa persona es que son bastante mediocres, siempre he coincidido en el criterio”.
Dada Hirezi, el diputado que la conoce desde que era un muchacho, dice que solo le ha escuchado la palabra mediocridad “a partir de su batalla por lo del BID”. Circunscribe su uso a una manera de expresarse ante actitudes que tienen como resultado que los pobres, por ser quienes solo pueden acceder a la enseñanza pública, sean condenados a una educación de mala calidad, mediocre.
Sea como fuere, lo cierto es que incluso en el Consejo Superior Universitario se pidió de forma expresa que dejara de utilizar los términos mediocre y mediocridad, como bien recuerda Vanegas. Él recibió en alguna ocasión ese calificativo. “Decirle mediocre a los profesores, en una forma, es arrogancia, porque eso hay que comprobarlo”, se defiende.
—Doctora, después de hablar con gente que la conoce, uno llega a la conclusión de que la palabra mediocridad la usa como un arma arrojadiza.
—Fui muy dura, ¿verdad?
—Incluso me dijeron que le pidieron no utilizar esa palabra en las reuniones del consejo.
—Sí (ríe), me pidieron que no volviera a mencionar ahí la palabra mediocridad. Se sintieron lastimados, pero yo no se los estaba diciendo a ellos... Claro, directamente, pero en el fondo, sí.
—¿Desde cuándo usa usted esa palabra?
—La mencioné una vez cuando estábamos discutiendo el programa de fortalecimiento, y esa gente se sintió ofendida. Pero mire usted, decir que el desarrollo de los centros de excelencia era un error, y que lo que debía de hacerse era dividir el dinero del préstamo por igual entre las 12 facultades, ¿no le parece que es un pensamiento que favorece la mediocridad? No estimula el desarrollo científico, no estimula los cerebros y no estimula lo intelectual. Y esa ha sido la bandera que este grupo ha tenido durante todo el tiempo.

Un resumen numérico sobre cómo deja María Isabel la universidad diría lo siguiente: nunca antes hubo tantos estudiantes inscritos -45,926-; nunca antes tuvo un presupuesto tan alto -$58 millones en 2007-; y nunca antes un profesor ganó tanto -hasta $2,400 más sobresueldos- por impartir clases. Pero las cifras casi nunca son la herramienta idónea para retratar...
Martes, 11 de septiembre de 2007. 7:28 p. m.
Está sentada en una de las sillas del pasillo que hay junto a las aulas 5 y 6 de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales. Crisnabell Juárez -pelo castaño, piel blanca y aspirante a licenciada en idioma inglés- lee y subraya. Subraya y lee. No parece molestarle que afuera haya un concierto que estremece el edificio. Una de las siglas que participa en las elecciones creyó que la música es un argumento para ganar votos en la universidad.
Ahora sube el grupo Mestizo, pero antes fue el dúo formado por Musa del Sol y Marielos Chacón el que ocupó el escenario instalado en el corazón del campus, entre el edificio de Jurisprudencia y el de la rectoría. Septiembre es el mes más lluvioso de la estación lluviosa, y hoy llueve, pero no lo suficiente. La música continúa gracias a un gran canopi azul sostenido por seis varas de metal. Mestizo canta covers, y entre canción y canción pide el voto para un aspirante a decano de la Facultad de Ciencias y Humanidades.
Aunque no va con ellos, en las aulas 2, 3, 5 y 6 de Jurisprudencia deben tragarse la petición, y las canciones, mientras reciben sus clases. El potente equipo de sonido permite al grupo Mestizo tener más oyentes en sus pupitres que frente al escenario. Y entre esos oyentes involuntarios está Crisnabell.
—¿Seguido hay conciertos en el campus?
—Creo que en este ciclo es la primera vez.
Crisnabell, en tercer año ya pese a sus 19 años, parece más sorprendida por mi pregunta que por su respuesta.
El respeto y la tolerancia son valores que se suponen en toda comunidad universitaria, pero en la UES, hoy por hoy, se pueden boicotear clases con un concierto. No hay quien lo impida, y sí hay quien lo ve con total naturalidad, como si fuera una actividad más. Además de la música, también hablan en silencio de la universidad los carteles que hay pegados en las paredes. Uno llama al civismo: “Hagamos uso de los recipientes de basura; no tirarla al suelo”. Otro llama al respeto: “Diga no al acoso sexual”. Son recordatorios que todavía -todavía- se necesita hacer a los estudiantes de un centro de educación superior.

Esta que no está en los resúmenes numéricos también es la UES que deja María Isabel.

En los últimos minutos de la última de las entrevistas, María Isabel dice lo que hará ahora que no es rectora. Aprovechará para escribir, aprovechará para reconciliarse con el cine y la cocina, aprovechará para ayudar a quien quiera ser ayudado, aprovechará para intentar que más gente se forme en el extranjero, quizá aproveche para operarse la catarata pendiente, y aprovechará para realizar algunos proyectos de investigación. Seguirá fiel al trabajo permanente, ese elixir al que ella atribuye llegar a su edad con un envidiable estado de salud.
—Doctora, ¿usted piensa en la muerte?
—Fíjese que no. Nunca lo he pensado, y me preocupa mucho la gente que vive pensando en morirse, esa gente que gasta su vida pensando en el miedo a la muerte. Yo no tengo miedo a la muerte.
María Isabel cumplirá 85 años el próximo 5 de noviembre. Es huérfana, enviudó hace 33 años y no tiene hijos, ni nietos, ni bisnietos biológicos. Pero seguirá aprovechando una vida que ella define como demasiado generosa: “Más de lo que me merezco”. Por eso hay una canción -“Gracias a la vida”, de la chilena Violeta Parra- que nunca la deja indiferente. Por eso es la que pide que le canten siempre que tiene oportunidad.


Este artículo se publicó en la edición de
Enfoques del 28 de octubre de 2007
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