Semblanza de Salvador Moncada



Una vida útil

Científico y centroamericano son dos palabras que no se llevan bien. Tanto es así que a Salvador Moncada, una de las pocas personas que encajan en la doble descripción, en Inglaterra lo llaman suramericano o le repreguntan que si de Misuri cuando responde que es de “Central America”. Nacido en Honduras y educado en El Salvador, este investigador —de quien se afirma que su trabajo sirvió para que otros ganaran el Premio Nobel— es lo más ilustre que ha salido de una región estéril en el ámbito de la ciencia.


Por Roberto Valencia

Lo cuenta con resignación, como si no pudiera ser de otra manera.
Dice que, hace unos meses, le dedicaron una caricatura en un diario hondureño. Dice que él aparecía bajando de un avión en Tegucigalpa, y que dos personas lo esperaban para recibirlo. Dice que uno comentaba que iban a recoger a Salvador Moncada, y que el otro le respondía: “Y ese, ¿en qué equipo juega?”. Así era la caricatura.
Moncada es, con diferencia, el investigador centroamericano más prolífico, reconocido y galardonado. Nació en Honduras, y se crió y educó en El Salvador. Sus descubrimientos se presentan con las palabrejas poco accesibles del argot científico, pero sus aportes tienen beneficiarios con nombre y apellidos. Que a uno le receten la famosa aspirinita para aminorar el riesgo de infarto cardíaco es consecuencia directa del trabajo de este centroamericano, del trabajo de Moncada.

Por esa y otras investigaciones es uno de los científicos más citados en el mundo, y no hay explicación lógica para que su nombre no esté entre los ganadores del Premio Nobel de Medicina, que es algo así como ganar el Balón de Oro para un futbolista.
Si Moncada diera patadas a un balón en vez de pasar el día en un laboratorio, se lo estarían disputando el Barcelona, el Chelsea o el Inter de Milán. Pero no es futbolista. Es científico. Por eso la caricatura en el diario hondureño. Por eso no hay calles ni estadios con su nombre en El Salvador. Y por eso el desconocimiento generalizado sobre quién es y qué ha hecho desde, por y para Centroamérica, una región —su región— a la que llama “la periferia de la periferia” de un mundo cada vez más globalizado.
Lo cuenta con resignación, como si no pudiera ser de otra manera.




*****

Ya es 17 de diciembre, y el calor del trópico es más llevadero. La cita para la entrevista es a las 5 de la tarde. La casa donde vacacionan Moncada y su familia es una más de la colonia San Benito, en la capital de El Salvador.
Por fuera es una vivienda sin excesivo glamour. El visitante solo ve un muro de piedra y un portón metálico. Al otro lado está el entrevistado. Moncada —alto, ojos azules, pelo y barba canosas— aparece en polo azul Ralph Lauren, jeans y yinas. Está de vacaciones.
-Pase —ofrece su mano—.
-¿Qué tal? ¿Cómo está? Casi aterrizando lo agarro, ¿verdad?
-Sí.
Moncada vino un día antes desde Londres, la capital del Reino Unido. Allí reside desde hace más de tres décadas. En la actualidad es el director del Instituto Wolfson para la Investigación Biomédica, un proyecto ligado a la University College de Londres, centro en el que se graduaron personas como Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono; y Mahatma Gandhi, el mayor exponente de la resistencia pasiva y la desobediencia civil.
En el Instituto Wolfson unos 200 investigadores trabajan bajo su supervisión, y maneja unos $20 millones anuales, más del doble del presupuesto que El Salvador destinará en 2008 al Ministerio de Medio Ambiente. Por unos días se desconectará de todo eso, y para ello ha elegido la ciudad que lo vio llegar cuando era apenas un niño.





La infancia de Moncada
Salvador Enrique Moncada Seidner nació el 3 de diciembre de 1944 en el Hospital Viera, en Tegucigalpa. Primogénito, sus primeros años los pasó en La Hoya, un barrio de clase media situado junto al río Choluteca. Es hijo de Salvador Moncada —95 años, de izquierdas, médico— y de Jenny Seidner —judía, fallecida hace dos décadas—, y es hermano de su hermana: Lillian.
De aquella etapa hondureña, a pesar de ser el período más largo que ha pasado en aquel país, apenas hay recuerdos propios. Cuando tenía cinco años, la familia se desplazó a la colonia América de San Salvador, cerca de la antigua Casa Presidencial, la del barrio San Jacinto. Por cuestión de cercanía, al niño Moncada lo inscribieron en el Colegio Bautista.
-¿Por qué se llama Salvador usted? —La pregunta es para explorar si existe alguna relación entre la elección del nombre y el país en el que se instalaron—.
-Yo me llamo Salvador —tira por tierra la hipótesis— porque mi bisabuelo se llamaba Salvador, mi abuelo se llamaba Salvador, y mi padre se llama Salvador.
-Pero usted es hondureño, y elegir en Honduras el nombre de Salvador...
-Es que no tiene nada que ver con el país. Salvador es un nombre latino, y en mi familia tiene que ver con el hecho de que, desde mi bisabuelo, todos se llamaron Salvador.
Fiel a esa tradición familiar, Moncada bautizó con el nombre de Salvador Ernesto a su primer hijo varón, nacido en mayo de 1972. Pero, a los 10 años de edad, un accidente acabó con su vida, y trastocó la lógica de su árbol genealógico.
Durante su infancia tuvo suerte. Al menos así lo cree él. Dice que los recuerdos son excelentes, que tuvo muchos amigos. Dice que a mediados del siglo pasado no se intuía aún que una guerra —2,000 vidas— enfrentaría a Honduras y El Salvador en 1969. Dice que en la colonia América había unas siete viviendas de un lado de la calle, y otras siete del otro. Y que los niños jugaban y comían un día en una casa, y otro día en la otra. Dice que era un ambiente muy agradable.
La secundaria la hizo en el Instituto Nacional Francisco Menéndez (INFRAMEN), que aún era de lo más prestigioso de la ciudad. Pero no fue necesario llegar allí para hallar su vocación. Ya había decidido.
-¿Por qué la medicina?
-Porque me gustó desde muy niño. Yo a los cinco o seis años de edad lo tenía absolutamente claro, y nunca me gustó otra cosa para estudiar. Al punto que entrar en la universidad era muy difícil, especialmente a la Facultad de Medicina. Nos examinábamos alrededor de 500 cada año, y aceptaban a 45. Entonces, la mayor parte de la gente que aplicaba a Medicina lo hacía también a otras facultades.
-Por si acaso...
-Pero yo no apliqué más que a Medicina. Y dije: “Si no entro, hago también medicina”.
Gracias a esa precoz claridad de ideas, años después el mundo entero sabría de sus descubrimientos.

El legado de Moncada
Prostaciclina, ácido acetilsalicílico y óxido nítrico. Son esos tres los campos en los que más frutos ha cosechado Moncada en su larga carrera profesional. Tiene ya unos bien llevados 63 años. Para el profano, esos nombres resultan casi un trabalenguas, pero basta interesarse un poco para averiguar el calado y la utilidad de sus aportes. El óxido nítrico, por ejemplo, es un elemento tóxico al que se le relaciona con la lluvia ácida. Pero saber que el cuerpo humano lo produce sirvió para explicar, entre otras cosas, los efectos de una medicina como el viagra.
-Resultó difícil que fuera aceptado. Cuando se hizo la primera publicación sobre el óxido nítrico como una sustancia producida por células de mamífero, la reacción internacional fue de incredulidad. Fue de preguntarse cómo el cuerpo humano iba a estar formándolo. Tengo muchas cartas de gente que me escribió diciéndome: “Mire, muy bonito el artículo, pero usted está loco”. Lo que fue impresionante —y quiebra con una sonrisa su rostro serio— es que yo haya recibido todas esas cartas, y después se haya adjudicado a otra gente el descubrimiento.
-Pero, a ver, se puede afirmar que, hasta que usted lo dijo, nadie en este mundo sabía que los mamíferos producían óxido nítrico.
-Exacto.
Mientras habla, Moncada sostiene sus lentes entre sus manos, con las que gesticula de manera ostensible. En otra ocasión será un lapicero o una hoja de papel doblada. Parece como si se sintiera incómodo sin algo que manosear.
-Además del óxido nítrico, usted antes había trabajado con la prostaciclina y con la aspirina (ácido acetilsalicílico).
-Así es.
-Para esta entrevista, hablé con un compañero que toma la famosa aspirinita. Que se esté recetando en todo el mundo...
-... es parte del trabajo nuestro. En 1976 descubrimos que una dosis pequeña de aspirina afecta a las plaquetas, que son las que producen los infartos, y que una dosis grande afecta a las plaquetas y a la pared vascular, de tal manera que protege más una dosis pequeña, y eso llevó a la idea de que había que recetar dosis pequeñas. Al principio tampoco nadie lo creyó, y ahora es aceptado que si se toma una aspirina pequeña todos los días, se gana protección cardiovascular.
-Digamos que su trabajo está salvando vidas.
-Bueno, la prostaciclina se usa en este momento para mujeres que necesitan un trasplante de pulmón, y que no pueden vivir si no tienen una infusión de prostaciclina.
-¿Y cuál es la relación de sus investigaciones con el viagra?
-Pues el óxido nítrico es el determinante fundamental de la erección del pene en el hombre. Y el viagra lo que hace es aumentar el efecto del óxido nítrico.
-Pero ese medicamento es de otro laboratorio.
-El viagra es de Pfizer, que estaba haciendo una investigación sobre un medicamento vasodilatador. Encontró en sus estudios clínicos que los pacientes, incluso los viejos, las enfermeras los encontraban con erecciones, y reportaron eso. Y empezaron a ver que la dilatación en la erección estaba relacionada con el hecho de que estaban aumentando el efecto del óxido nítrico, que nosotros acabábamos de descubrir. Es decir —a Moncada le gustan estas dos palabras y las usa con asiduidad—, nosotros no hicimos el trabajo del viagra.
-Pero sin las publicaciones de ustedes...
-Pues no hubiera habido explicación, porque fuimos los que descubrimos que en todo el cuerpo hay nervios que liberan óxido nítrico.
-Entonces, hoy en el mundo le tienen qué agradecer muchas personas mayores...
-...y menores, porque ahora se usa con fines recreativos.
Durante su carrera profesional ha tenido suerte. Al menos así lo cree él. Dice que el trabajo que hizo tiene valor. En el campo del óxido nítrico, y en el de ciencia en general, es uno de los científicos más citados del mundo. Y dice que está completamente satisfecho por eso. Lo dice a pesar de no haber sido incluido entre los ganadores del Premio Nobel cuando en 1982 se reconocieron los estudios sobre prostaciclina y ácido acetilsalicílico; ni en 1998, cuando se premiaron los descubrimientos sobre óxido nítrico.
Esa exclusión no es, asegura, algo que le quite el sueño. Le preocupa más comprobar que los recursos aumentan en el mundo, pero no baja la injusticia: “La relación entre el que tiene y el que no tiene es mucho mayor ahora que antes, y eso hace la evidencia más dolorosa”.
Desde su juventud, tiene una de esas evidencias de la pobreza grabada en su mente.
-Cuando era médico de emergencias en el Hospital Bloom, llegaban los niños y había tan pocos recursos que los poníamos en tres filas: los que tienen fiebre, los que tienen diarrea y los otros. Y a los médicos nos tomaba dos minutos examinar y recetar algo, sabiendo que se cometían errores, y que a uno se le podía escapar cualquier cosa, pero no había más. De hecho, hubo niños que fueron atendidos, a los que se les dio medicina, pero regresaron a morir al día siguiente.
Esto ocurrió en los sesenta, durante sus años en la Universidad de El Salvador (UES). Su etapa de universitario.

La juventud de Moncada
Ni el hecho de estudiar para doctor evitó que Moncada fuera fumador. Fumó durante toda su juventud y bastante más allá. Dejó este vicio a los 39 años. Pero fue durante su ajetreada etapa como alumno de la Facultad de Medicina de la UES cuando seguramente más necesitó los supuestos efectos relajantes que se atribuyen a la nicotina. Sobre todo porque Moncada optó por participar de forma activa en la convulsión política que se acrecentaba a medida que avanzaba la década de los años sesenta.
Como estudiante, fue brillante. También brilló como líder del movimiento estudiantil, y se convirtió en unos de los referentes de la Asociación General de Estudiantes Universitarios (AGEUS). En el plano más personal no faltaron los sucesos significativos. Con apenas 21 años, el estudiante Moncada se casó en abril de 1966 con la salvadoreña Dorys Lemus. Con ella tuvo dos hijos: Claudia Regina, quien en la actualidad tiene 41 años, también trabaja en Londres y también es médico; y el infortunado Salvador Ernesto.
Su activismo político dentro de la izquierda salvadoreña lo hizo merecedor de representar a la politizada AGEUS en el IV Congreso Latinoamericano de Estudiantes, cita que se desarrolló del 29 de julio al 11 de agosto de 1966 en La Habana, Cuba. Junto a él fueron históricos de la izquierda salvadoreña como Héctor Oquelí Colindres y Domingo Santacruz.
-Tuve —admite con gesto serio— alguna actividad política, por supuesto.
-Viajó a Cuba en calidad de...
-De representante de la AGEUS.
-En la oposición había tendencias. ¿En cuál se ubicaba usted?
-No, yo tuve una participación muy general. Estuve mucho más metido en la organización de los estudiantes de medicina, de educación y de formación.
-Pero entiendo que a ese congreso fueron pocos.
-Sí, no podían ir muchos. Era muy difícil viajar a Cuba...
-Y que fuera usted el elegido...
-La AGEUS nombró a su representante, y yo era visible porque trabajaba con la sociedad de estudiantes de medicina, que en ese momento tenía mucho prestigio dentro del estudiantado.
Llegar desde San Salvador a La Habana, algo que tomaría unas dos horas en un vuelo directo, tomó varias semanas. De El Salvador a Suramérica; de Suramérica a Madrid; de Madrid a París; de París a Praga —donde tuvieron como anfitrión a Roque Dalton—; y de la capital de la actual República Checa a La Habana, con escala en Canadá. El vuelo trasatlántico lo hicieron en un avión de turbohélices, uno de los cuatro Bristol Britannia 318 que había adquirido Cubana de Aviación.
Pero este es un tema sobre el que a Moncada no le gusta hablar mucho. Tampoco se le ve cómodo cuando se le pregunta por la vez en la que fue torturado. Finalizada la guerra entre Honduras y El Salvador, él era un hondureño en tierras salvadoreñas, y un activista de izquierdas.
-Usted fue torturado...
-Pero eso fue hace tanto tiempo que no tiene sentido recordar... Yo salí de El Salvador en julio de 1970.
-Tengo entendido que lo recogió la Organización de Estados Americanos (OEA) en la frontera.
-Sí, así fue.
-¿Por qué la OEA?
-Porque un año antes había habido la guerra, y la OEA estaba en la frontera del río Goascorán para separar a los dos ejércitos.
-En ese punto de la frontera lo dejaron.
-Me dejaron en medio del puente, y caminé hacia Honduras, porque ya no podía caminar de regreso a El Salvador.
-¿Y quién intercedió por usted para que lo dejaran vivo?
-La Facultad de Medicina se movilizó de inmediato. Tuve suerte de que, cuando me capturaron, iba con un ordenanza de la facultad, que inmediatamente dio aviso.
-Perdona mi necedad, pero ¿cómo lo torturaron?
-Me golpearon, me dieron una golpiza.
-¿Y dónde ocurrió esa golpiza?
-En la oficina de Migración, la que estaba una cuadra abajo de la Corte de Cuentas.
Pese a episodios como este, durante su etapa como estudiante tuvo suerte. Al menos así lo cree él. Dice que conoció los años de oro de la Facultad de Medicina, y que el ambiente era excepcional en todos los sentidos.
Dice que a los estudiantes les quedaba cerca la cervecería Aloha. Dice que en su vida ha conocido muchas universidades, pero ninguna como la UES de entonces. Dice que allí tuvo docentes de nivel mundial. Dice que ese ambiente creó las condiciones para hacer todo lo que hizo después. Dice que el piropo más grande que recibió de su profesor de postgrado en Londres, el británico John Robert Vane, fue que, con sus conocimientos, Moncada podría haber salido adelante en cualquier lado. Unos conocimientos adquiridos en una facultad salvadoreña.

Moncada y El Salvador
La familia paterna —los Moncada— es de origen catalán. Moncada algo ha investigado sobre su apellido, y sitúa el origen de sus ancestros en el área de Tarragona, una provincia que está unos kilómetros al sur de Barcelona. De allá, de Europa, alguien emigró a Honduras hace ya varios siglos. El caso de la familia materna —los Seidner— es aún más complejo. Son judíos de Europa oriental que salieron de allá en 1937. Su abuelo era austríaco, su abuela era de Polonia, y su madre nació en una ciudad que entonces pertenecía a Rumania y hoy pertenece a Ucrania. Moncada se autodefine como ateo, pero le gusta mencionar el hecho de tener ascendencia judía.
De este collage étnico y religioso surge una persona que nace en Tegucigalpa, y que logra echar raíces en San Salvador y en Londres.
-Usted llega a El Salvador con cinco años de edad, y hoy, seis décadas después, esta entrevista me la está concediendo en El Salvador. ¿Qué lo une a este país?
-El Salvador es el segundo lugar en el que más he vivido en mi vida. El primero es ahora Inglaterra, donde llevo ya casi 37 años.
-¿Tiene nacionalidad allá?
-Sí, tengo la británica.
-¿Y conserva la hondureña?
-La conservo, pero en El Salvador estuve desde los cinco años hasta 1970, alrededor de 21 años.
-Hondureño de nacimiento, media vida en El Salvador y la otra media en Europa. ¿Se considera un ciudadano del mundo o hay algún país al que considere su patria?
-Para mí es difícil definirme. No puedo decir que siento una sensación de nacionalidad muy fuerte.
-¿Ciudadano del mundo?
-Judío, por tradición genealógica, soy judío.
Pero ni el hecho de haber salido del país como salió —torturado, expulsado— hizo que Moncada rompiera con El Salvador. Quedan aún lazos fuertes: un puñado de buenos recuerdos, un grupo de conocidos, su primera esposa y su hija mayor son salvadoreñas, la tranquilidad que da el anonimato, el sol que tanto gusta a sus hijos y una relación de amistad como la que lo une a la ex rectora de la UES, María Isabel Rodríguez. Quizá por eso regresó. Tardó, pero regresó. Lo hizo en 1997, 27 años después de que la OEA lo recogiera en el puente sobre el río Goascorán.
-Yo estuve 27 años sin venir a San Salvador y, cuando iba a venir, me dijeron que no iba a conocer la ciudad. Pero vine, agarré un auto, y fui a donde quise en San Salvador sin perderme ni una sola vez.
Desde entonces, viene con asiduidad, sobre todo en los últimos años. Y sí, ha visto cambios, pero no los que él quisiera haber encontrado. Dice que ahora hay centros comerciales y que se maneja dinero. Dice que hay una medicina privada excelente. Cambios, pero no los que él quisiera haber encontrado.

Moncada y el Reino Unido
Uno de los responsables de que Moncada decidiera irse a Londres fue el británico Bertrand Russell. Nunca lo conoció en persona —“Murió un año antes de que yo llegara”—, pero las obras de este filósofo, matemático, historiador, pacifista y ganador del Premio Nobel en Literatura lo marcaron tanto que el deseo de conocerlo hizo que Gran Bretaña brillara más en el mapamundi.
Tras ser expulsado de El Salvador, Moncada trabajó unos meses en Honduras. Pronto, gracias a un profesor guatemalteco que había conocido en la UES, surgió la posibilidad de ir a estudiar al Real Colegio de Cirujanos, en Londres, la capital del país donde nació y murió Russell. En tres años obtuvo su doctorado en Farmacología, tres años en los que tuvo como profesor al citado John Robert Vane, premio Nobel de Medicina en 1982.
En 1974, el romanticismo lo llevó a querer labrarse una carrera como investigador en Centroamérica, y regresó a Honduras.
-¿Y qué es lo que encuentra?
-Nada. No había nada. Cuando yo iba a salir de Inglaterra pedí una ayuda financiera para investigación, y cuando fui a la entrevista, el personaje que me entrevistó me dijo: “Usted ha pedido 8,000 libras esterlinas, que en ese tiempo era mucho dinero, para investigación en Honduras, yo he visto lo que ha hecho, así que, si se queda en Inglaterra, le doy el doble de ese dinero”. Pero le dije que quería regresar, que nunca me perdonaría si no lo intentaba. Entonces, fui a Honduras y, 11 meses y 28 días después, regresé a Londres.
Y en Londres comenzó a trabajar para Wellcome Research Laboratories, que entonces era una multinacional farmacéutica un tanto atípica, ya que los beneficios que obtenían iban a parar a una fundación de caridad. Ingresó como un investigador más, y sus méritos le permitieron escalar en la jerarquía hasta que en 1986 lo nombraron director de investigaciones, con 480 investigadores bajo su supervisión. Los 20 años que entregó a Wellcome son en los que hizo la mayoría de los descubrimientos que le han permitido ser un referente en el panorama científico mundial.
-¿Y el trabajo de sus investigaciones en Wellcome no se traducía en patentes?
-Sí, las investigaciones se registraban y se comportaba todo como cualquier otra compañía farmacéutica, excepto que las ganancias no iban a parar a inversionistas privados sino para una fundación estructurada para ayudar a la investigación, llamada Wellcome Trust.
-Pero, si el funcionamiento era igual al de cualquier otra multinacional farmacéutica, ¿los beneficios no se ofrecían solo a quienes podían pagarlos?
-Eso era de alguna manera suavizado por el hecho de que Wellcome Trust, por ejemplo, fundó laboratorios en países subdesarrollados para investigar enfermedades tropicales, y ponía parte del dinero de las ganancias en el mantenimiento de estos laboratorios. Hay en África, en Brasil, en el Lejano Oriente.
-Y usted, visto su pasado izquierdista, ¿no llegó a tener problemas éticos?
-No, al contrario. La gente que trabajaba en Wellcome lo hacía precisamente porque tenía problemas éticos en la industria farmacéutica convencional, pero aún quería hacer medicina.
Moncada dejó Wellcome en 1995, cuando esta fue absorbida por GlaxoSmithKline, la empresa líder del sector en Reino Unido. Casi de inmediato se incorporó al Instituto Wolfson, el proyecto en que maneja un presupuesto que duplica lo que destinará El Salvador a su Ministerio de Medio Ambiente. Paralelo a este proyecto, y siempre desde Londres, Moncada se embarcó en 2001 en la creación del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares de España, iniciativa que se abortó en 2004 por diferencias con el Gobierno español, el principal patrocinador.
Pero no todo en Inglaterra ha sido trabajar y trabajar. En su etapa en Londres también está teniendo suerte. Al menos así lo cree él. Dice que en ese país se casó por segunda vez. Eso ocurrió el 5 de abril de 1998, en Marlow, la pequeña ciudad donde la escritora Mary Shelley reescribió su novela “Frankenstein”. Dice que su esposa se llama María Esmeralda Adelaida Liliana Ana Leopoldina, y que es princesa de Bélgica y hermanastra del actual rey, Alberto II. Dice que tienen dos hijos: Alexandra Leopoldina, de nueve años, y Leopoldo Daniel, de seis años. Ambos —obvio— hablan inglés, pero dice que ya están aprendiendo español y francés. Y a ambos les gusta reventar piñatas.
Con familia y pasaporte europeos, de donde salieron sus antepasados, Moncada sigue pendiente de Centroamérica, una región que poco —¿nada?— cuenta en el panorama científico internacional.
-En muchas de las notas escritas sobre usted lo presentan como suramericano.
-Sí, lo he visto.
-¿No cree que es significativo ese detalle?
-Es significativo desde el punto de vista de que Centroamérica no pinta nada. Cuando al principio decía en Londres que venía de “Central America”, creían que venía del centro de los Estados Unidos.
“El problema de nuestros países —dirá otro día sin referirse a sí mismo, aunque aplica a la perfección— es que ocasionalmente producen gente excepcional, con ideas de nivel mundial.” Y con esas ideas vienen los premios.

Los Nobel y Moncada
El apartado de reconocimientos de la hoja de vida de Moncada parece no tener fin. Tiene tantos doctorados honoris causa que ni recuerda cuántos son. Y los ha recibido de prestigiosas universidades de Francia, Bélgica, Estados Unidos, España, Italia, Reino Unido... “El 7 de abril —agrega— me darán otro doctorado en la Universidad de Praga”, la capital checa, la misma ciudad donde hace casi cuatro décadas Roque Dalton fungió como anfitrión.
Las publicaciones en las que ha plasmado sus investigaciones superan las 700, muchas de ellas en la revista británica Nature. Esta cabecera y la estadounidense Science son los dos referentes mundiales en el ámbito científico. Tanto, que este año que expira fueron reconocidas en España con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Moncada también tiene su propio Premio Príncipe de Asturias, pero en la rama de Investigación Científica y Técnica. Se lo dieron en 1990. Además, Holanda le ha otorgado el máximo galardón en medicina de la Real Academia de las Artes y las Ciencias, en el Reino Unido es miembro de Colegio Real de Físicos, en Estados Unidos forma parte de la Academia Nacional de Ciencias, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero no tiene, y no es algo que le importe mucho, Premio Nobel alguno. Y no lo tiene a pesar de que en los últimos 25 años la academia sueca premió en dos ocasiones —en 1982 y 1998— descubrimientos relacionados con la prostaciclina, los nuevos usos del ácido acetilsalicílico en cardiología y las revolucionarias teorías sobre la producción de óxido nítrico por mamíferos.
-Es decir, la academia sueca —responde de manera casi automática la pregunta que le ha tocado responder decenas, cientos de veces— decide a quién le quiere dar el premio, y se lo dan a quien quieren.
-Sobre todo en 1998 hubo protestas formales de parte de la comunidad científica por no haber sido usted incluido, pero usted, en las declaraciones que dio sobre ese asunto, siempre se ha mostrado muy prudente.
-Y quiero que siga siendo así.
-¿Por qué?
-Porque es mucho más fuerte. Es que se confunde la gritería con la fuerza. Mi posición es que el trabajo que hice está hecho, que el trabajo que hice tiene el valor que tiene. Y estoy completamente satisfecho por eso, y que me den el Premio Nobel o no es una decisión de la academia sueca respecto a la que no tengo nada que hacer yo.
En 1982 el Nobel se lo llevaron el británico John Robert Vane —su profesor de postgrado— y otros dos investigadores suecos. En 1998 se lo dieron a tres estadounidenses. Desde que se comenzaron a entregar en el año 1901, más de 200 personas han recibido el Nobel de Medicina, y solo tres son africanos, asiáticos o latinoamericanos. “Los países desarrollados —reflexiona Moncada— siguen pensando que ellos son los únicos capaces de generar ideas.”





*****

Que lo reconozcan 1 ó 100,000 personas, o que haya o no calles, plazas o estadios bautizados con su nombre son cuestiones que no le quitan el sueño a Moncada. Está convencido de que lo realizado por él hasta la fecha tiene valor, mucho valor: “Yo estoy satisfecho con mi producción científica”.
Lo cierto es que cualquier enciclopedia que sea medianamente seria lo incluye entre sus entradas. Salvat, por citar una, se refiere a él como “licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de El Salvador (1970)” y, sobre la polémica suscitada, dice que fue “candidato al Premio Nobel de Medicina por los trabajos acerca del óxido nítrico”.
Esta trascendencia de su obra, sin embargo, no se corresponde con la escasa proyección pública de su persona. El pasado 22 de diciembre, por ejemplo, dio en UES —su universidad— una improvisada conferencia a la que asistieron no más de 70 personas. Allí, casi en familia, se habló sobre impulsar la investigación como proyecto nacional, sobre la necesidad de invertir en ciencia y arte, y sobre el papel de meros consumidores en el que el Primer Mundo quiere encasillar a países como El Salvador.
Pero todo esto se dijo sin bombo y platillo, sin deseos de figurar. Y a que esto sea así contribuye la opción personal de Moncada por el anonimato, por diluirse entre la multitud, por la prudencia. Aunque lo han entrevistado medios como CNN, Le Monde, El País, BBC o Nature, no se puede decir que le entusiasme la idea de conceder entrevistas, sobre todo aquellas que trascienden lo estrictamente profesional. Su activismo político en la juventud y su matrimonio con la princesa han acentuado su natural vocación por la discreción.
-¿Formar parte de una familia real europea lo obliga a medir sus palabras?
-No, de ninguna manera. Es decir, mi posición es mesurada, y pretende ser clara y objetiva. Yo pienso que la mejor forma de decir las cosas es decirlas así como las digo yo.
-¿La prudencia es siempre una buena consejera?
-Seguro que sí.
“Yo tenía mucho interés —afirma sin dejar de mover sus manos, afectadas por la enfermedad de Dupuytren— en vivir una vida en la que yo fuera útil e hiciera cosas útiles, y lo de los reconocimientos es una cuestión realmente secundaria.” En el caso de Moncada, no se trata de falsa modestia.


Este artículo se publicó en la edición del 30 de diciembre de 2007 de la revista Enfoques de La Prensa Gráfica.
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