La respuesta amarilla

A nadie parece importarle la muñeca quebrada. No hay sangre ni alaridos, y sin sangre ni alaridos la urgencia es menos en la Sala de Emergencias de este hospital público llamado Rosales, el mayor de El Salvador. Por eso la muñeca quebrada se aleja discreta hacia el fondo, donde aún quedan las sillas azules que nadie quiso. Antes de sentarse ha tenido que ver, aunque quizá ni siquiera ha mirado, las camas multifamiliares llenas de dolor, a la señora de vestido verde llorar recostada en la pared, al anciano descalzo botado en el suelo, a los guardias armados, a los evangélicos con termos de café. Sentada entre todos ellos, la muñeca quebrada es ahora un esperador más, la última en sumarse a un listado infinito.

Tintín y Guacaladita, los socorristas amarillos que la trajeron al hospital, sienten que su trabajo ha finalizado. Entregaron a la paciente estabilizada y rellenaron la ficha exigida. La ambulancia espera fuera. No hay tiempo para despedidas.

—Vámonos, que hay otro accidente… –ordena Tintín, el radio en la mano.
—¿Adónde?
—En el bulevar Constitución y calle al Volcán.

Y otra vez las luces. Y otra vez la sirena.

*****

Asociación Comandos de Salvamento Guardavidas Independientes de El Salvador nació jurídicamente el 20 de agosto de 1962, un lunes, día en que se publicaron sus estatutos en el Diario Oficial. Un par de años antes, el socorrista Edgar Cornejo Díaz y un grupo de conocidos habían decidido crear su propio cuerpo de socorro al margen de la disciplina de Cruz Roja, el único referente de la época. Para diferenciarse, tiñeron de verde la cruz. Y comenzaron.


“Comandos de Salvamento es una institución de servicio público, sin fines de lucro, que tiene por misión auxiliar a toda persona que está en peligro de sufrir daño en alguna parte o que requiere de algún otro tipo de auxilio.” Esta definición, tomada de una revista interna de 2001, pasa por alto una de principales particularidades de Comandos: el voluntariado. Desde sus inicios el grueso de las personas que trabajan por y para esta asociación lo hicieron sin recibir salario alguno. En los últimos años ha habido un esfuerzo por profesionalizar algunas áreas, pero el número de asalariados apenas ronda los 25 entre los más de 3,000 voluntarios que dicen tener en todo el país.

—¿Tú dejarías esto por otro trabajo mejor pagado?
—No, no lo dejo –dirá Jhonny Ramos “Caníbal”, 38 años, comando desde los 12–. Vendría a colaborar como puro voluntario. De hecho, ya tuve un trabajo en un hospital privado, de manejar ambulancias, y al salir del turno de allá me venía para acá.

Del grupo original no queda nadie, ni recuerdos casi. El más veterano hoy es Roberto Cruz “Cusuco”, quien llegó siendo un niño a mediados de los 70 y es el director ejecutivo. De su quinta son Efraín Méndez “Pingüino”, el tesorero; David Martínez “la Chancha” y Wilmer Lobo “Chileverde”. Todos ellos forman parte de la junta directiva por ser de los que más años han entregado. Todos ellos vivieron, por ejemplo, el gran cisma de 1980, cuando la institución se partió en dos. Por un lado, Comandos de Salvamento, por otro, Cruz Verde. Unos se quedaron con el nombre; los otros, con el logo. Aquella fue una separación mal avenida, y no faltaron pedradas y destrucción mutua de vehículos.

—Durante un tiempo llevábamos garrotes en las ambulancias para defendernos –dirá la Chancha.

Desde 1986 la sede central de Comandos de Salvamento está en pleno Centro Histórico de San Salvador. Es una zona que alberga dos tipos de negocios: los que se dedican a comprar todo tipo de material reciclable y los prostíbulos. En las cuadras de alrededor está la mayor concentración de prostíbulos de todo el país.

Por el edificio principal pagan $645 de alquiler. Es una vieja casona de techos altos, suelos embaldosados y paredes forradas con madera. Una docena de ambulancias, la mayoría inútiles, singularizan la entrada al pasaje. Dentro de la casona hay un generoso pasillo con bancas que termina en un patio descubierto. Desde el pasillo se accede a la clínica de primeros auxilios, al cuarto de las camas, a la Sala de Radio, a un baño que huele a baño público, al centro de capacitación y a los despachos de Pingüino –que más parece sala de estar– y de Cusuco. Hay mucho movimiento de personas vestidas de amarillo. Y rara es la pared que no tiene colgados diplomas y fotografías, algunas de ellas descoloridas y acartonadas. Nadie las mira.

—Aquí alquilamos –dirá Pingüino–, el local que hemos comprado es el que está enfrente. Y el sueño nuestro es construir una clínica ahí, ¿va? Estamos haciendo gestiones. Para comprar esta parte estamos intentando convencer a la dueña, pero ella quiere el dinero de un solo y no podemos pagar de un solo.
—¿Cuánto les piden por esta propiedad?
—Sería así como… Hace como cuatro años nos pidió un poquito más de un millón y medio de colones.

El edificio de enfrente, el comprado, es una especie de almacén de desechos donde hay desde vehículos desvencijados hasta gallinas. Adentro viven algunos comandos.

Aunque aún no alcanza para dejar de alquilar, los mecanismos para obtener fondos sí han mejorado con los años. La cooperación internacional –en especial, la Noruega– ha cumplido su papel, pero el mayor desahogo se tuvo a partir de 1998, cuando comenzaron a recibir del Estado una balsámica partida anual. Los fondos permitieron la profesionalización de un pequeño grupo de comandos, la creación de unidades de rescate especializadas y ampliar la presencia a una treintena de ciudades, pueblos y cantones de todo el país. El crecimiento de la institución valió incluso para que Stephen Gleason, un asesor del presidente estadounidense Bill Clinton, propusiera en 2001 a Comandos de Salvamento como candidata para recibir el premio Nobel de la Paz.


Comandos tiene hoy un legado de casi medio siglo de servicio, una red de filiales por todo el país, un presupuesto anual que ronda el medio millón de dólares y un pequeño ejército de voluntarios amarillos entre los que hay jóvenes y viejos, católicos y cristianos, hombres y mujeres –pocas–, padres e hijos, ex guerrilleros y ex militares. Tiene una reputación.

*****

Apenas hay mujeres en Comandos de Salvamento. Nunca fueron multitud, y con el pasar de los años cada vez son menos porque vestirse de amarillo es muy exigente. Así lo cree Rosa María Gálvez, apodada “Chilindrina”, quien recaló a mediados de los noventa en la institución y se empleó como socorrista primero y en la clínica ahora. ¿Pero a qué se refiere cuando llama exigente la labor del socorrista?

—No sé si se acuerda del último terremoto, en Santa Tecla. Estuvimos ocho días allí, ocho días sin llegar a la casa, sin cambiarnos. Y es más, yo ya ni comía, porque ya tenía penetrado en la nariz el olor a muerto. No le hallaba chiste a la comida. Para mí, eso fue lo más, lo más… este… escalofriante. Porque aparte, de primero sacábamos solo personas muertas, pero enteras, pero de los tres días para allá solo pedazos. Vísceras, o sea, ya no podíamos sacar nada entero. Sacábamos pedazos de pies, pedazos de manos… Las máquinas que metieron, aparte de que ya estaban podridos los cuerpos, los destripaban. Y es más, al final ya ni se recuperaba nada, porque los pedazos se los llevaba el camión de la tierra a botarlos, así.

Exigencia.

Físicamente Chilindrina no se parece para nada al personaje televisivo. Es coqueta –anillos, pulseras, uñas pintadas– y extrovertida, y su mirada es poderosa. Acaba de cumplir 35 años y desde hace siete es madre soltera de Andrea Abigail. Es su familia, dice. La acompaña siempre. Incluso cuando tiene turno nocturno su hija duerme con ella en las camas de la sede central. A Andrea le gusta mirar cómo trabaja su madre. En un rato aparecerá Julio César Ventura, un niño también de siete que vendrá con su padre para hacerse ver los puntos debajo de su cachucha. Chilindrina se pondrá los guantes y los revisará. Todo en su lugar, pero pronto aún para descoser.

—¿Una colaboracioncita? –Chilindrina señalará una alcancía candada.
—No, no tengo –responderá el padre, mirada al suelo.

Raro es que alguien deposite algo.

*****

El corazón de la sede central es la Sala de Radio. Aquí se reciben las llamadas y se coordina la atención de las emergencias. La sala es amplia, iluminada. El aire acondicionado cumple. No tiene ventanas. El mobiliario es parco: además de los equipos de comunicación hay un viejo televisor, gigantografías de rescates, archiveros, pizarras, mesas y sillas. Nada combina con nada. Detrás de una mesa, embutido en una camisola amarilla, está Carlos José Alvarado, apodado “Listo”. Es de los veteranos; lo delatan las canas que blanquean su cabello y su bigote. Llegó a Comandos en 1986. Antes estuvo en Cruz Roja y más antes fue Boy Scout. Trabajó como socorrista y hasta le concedieron la Medalla de Protección Civil. Hoy pasa nueve horas de lunes a viernes en la Sala de Radio. Dice que su fuerte es la comunicación.

—¿Alguna novedad?
—Negativo, estamos revisando la zona, y todo tranquilo –responde una voz metálica desde la filial de Comandos en Antiguo Cuscatlán.
—¿Algún Alfadetango?
—Negativo, negativo, ningún 10-42, ni 43. Todo tranquilo.
—Okey, gracias, pendiente.

Con sonrisa de satisfacción, traduce.

—¿Qué me dijo? ¿Qué me dijo? Pues que no tienen ningún reporte de accidente, y el 10-43 significa que no hay tráfico pesado.

A Listo le gusta platicar, explicar, ayudar. En un par de días me mostrará la menos desordenada de las habitaciones: el despacho del director ejecutivo. De sus paredes cuelgan algunas de las fotografías que más enorgullecen a la institución. Listo las fechará y sin pretenderlo improvisará un tour por las peores tragedias que marcaron la historia reciente de El Salvador: el deslave de Montebello, el terremoto de 1986, la ofensiva del 89, el Mitch, los terremotos de 2001, el huracán Stan.


Le gusta platicar. Y cuando lo hace, ríe. Siempre ríe, excepto cuando recuerda a la madre de sus hijos, Marta Alicia, muerta hace un año. Entonces, Listo se pone rojo y no puede contener las lágrimas.

—Ser comando significa valor, y el que no tiene valor mejor que no sea comando –dirá otro día.

*****

El despacho de Pingüino, el tesorero, más parece sala de estar que despacho. Siempre hay café caliente y pan dulce a veces, la excusa perfecta para que sea un vaivén de comandos todo el día. Tiene además un sofá-cama que invita cuanto menos a sentarse y platicar.

En la tarde de un miércoles de julio la plática deriva hacia el problema de violencia que afecta a El Salvador. Comandos de Salvamento trabaja en la calle, y las ambulancias –sus ocupantes– transitan por todo tipo de barrios y comunidades. En un país del que ya pocos cuestionan que sea el más violento del continente la pregunta obligada es cuáles creen que son las colonias más peligrosas a las que les toca ir.

—No, no es que nos toque ir –dice el voluntario Roberto Pacheco “Yanqui”–, es que hay colonias donde ya no vamos. En el día no se niega una emergencia, pero en la noche, sí.

Después, Yanqui cuenta cuando unos pandilleros les salieron al paso años atrás en el cantón Plan del Pino, de Delgado. Era de noche. Habían ido porque una llamada les alertó de que una embarazada estaba a punto. El que tenía la escopeta les pidió descalzarse y entregar todo, pero otro de los pandilleros llegó para pedirle que los dejara marchar. Recordó que alguna vez una ambulancia amarilla lo había llevado a él al hospital. La embarazada allá quedó.

—¿Pesa más entonces la seguridad personal que la posibilidad de que haya alguien en peligro?
—La situación es esta –explica Yanqui su extraña teoría–: las llamadas de ese tipo de lugares nunca son llamadas de emergencia, son llamados por enfermedad común, entonces en ese sentido se le dice a la Policía que lo lamentamos mucho, pero que no les vamos a poder apoyar.
—A no se ser que ellos vayan también –matiza Pingüino.
—Es que hoy se siente más temor que para la guerra –apostilla la Chancha.

En este despacho hay muchas rarezas, pero la más sorprendente es el fusil de asalto AK-47 inutilizado que Pingüino tiene sobre su cabeza.

*****

José Ricardo Leiva, apodado “Tintín”, es un aplicado socorrista que está ligado a Comandos desde 1993. Por aquel entonces intentaba ganarse la vida como zapatero, y lo de ayudar al prójimo era algo voluntario, con lo que suponía ser voluntario.

—Cuando yo vine a los Comandos en el 93, nosotros salíamos a recaudar con cajitas, va. Bueno, a mí me costaba porque me daba pena, me daba pena irle a pedir a la gente. Una vez fui al mercado y otra a la zona peatonal, que le llamamos nosotros. La gente colaboraba, sí, pero a mí me costaba, va, me costaba. Yo mejor me quedaba más en la base.

Tintín tiene hoy 39 años y es uno de los pocos que dio el salto del voluntariado al profesionalismo. Gana $200 mensuales, menos de siete dólares al día. Por esa cantidad se pasa la jornada vestido de amarillo, como ahora que, dentro de una Toyota Land Cruiser, habla sobre los problemas que los socorristas tienen con los médicos de los hospitales a los que llevan los pacientes.

—A veces los médicos protestan, va. Cuando llegamos con luces y con sirena. Esto no es emergencia, dicen ellos, y tal vez el paciente está fracturado, con una fractura grave, y ellos dicen ¿y esta es la emergencia que traen? Para nosotros es emergencia; si para ustedes no es emergencia, mala suerte, pero para mí sí es emergencia. Si ya usted la clasifica que no es emergencia, ya es problema muy suyo, va, pero ya nosotros le entregamos vivo el paciente, va.

Entregar vivo el paciente, dice.

*****

Me llamo Maggi Cristina del Carmen, tengo 25 años y no aguanto este dolor de muelas. Arrastro molestias desde hace días, pero ha sido hoy, a eso de las 5 y media de la tarde, cuando se ha convertido en tortura. Me he tomado una acetaminofén, pero por gusto. Y no he querido tomar nada más porque estoy embarazada. De cuatro meses. Para diciembre me lo han dejado.


Algo así dice Maggi cuando a las 9 y cuarto de la noche de un sábado se presenta en la sede central. Pero esas palabras no salen de su boca como se leen, distantes y frías. Ella las pronuncia enlagrimada, balbuciendo, desgraciada de puro dolor, con los ojos rojos de tanto llanto.

—La problemática aquí –Tintín trata de calmarla– es que le ha llegado al nervio, por eso el dolor. Y se lo tienen que cauterizar.

La ambulancia parte rauda hacia el Hospital de Maternidad. Esta vez va sin luces, sin sirena.

El motivo, la hora y el lugar de cada salida y los nombres de paciente y acompañantes quedan registrados en un fajo de hojas anilladas que está en la Sala de Radio. La mayoría de los registros no son rescates milagrosos ni balaceras mortales ni accidentes múltiples. La mayoría son dramas anónimos que se sufren en primera persona: mareos, lesiones caseras, hipertensión, dolores de muela a los cuatro meses de embarazo.

Una de las labores de Comandos es ayudar a calmar lágrimas como las de Maggi.


*****

Wilmer Alexander Lobo es alto y seco. Lo apodaron “Chileverde”. Llegó a la institución en 1979, con 19 años. Ahora tiene 48. Trabajó y estuvo al frente de la filial de Comandos en la problemática comunidad La Iberia, al oriente de la capital. Pero hace un par de años tuvieron que clausurarla. Por las pandillas. La filial estaba justo en la calle que dividía la zona controlada por la Mara Salvatrucha y la zona del Barrio 18.

—Los vagos, los ladrones, los drogadictos… a nosotros nos respetaban, por años, pero los pandilleros nos acusaban de ayudar a la pandilla rival.

Hubo balazos intimidatorios. Y asesinaron a Emmanuel, un socorrista. A Chileverde le tocó clausurar una de las filiales más carismáticas, con más de un cuarto de siglo de historia.

Chileverde tiene esposa –Dora Elisabeth–, tres hijos y dos nietos. Y después de haber entregado tres décadas a Comandos de Salvamento, y de ser el presidente de la junta directiva, hoy vive en Jardines del Sel-Sut, en Ilopango, una colonia donde el agua solo cae de medianoche en adelante. Cuando cae.

Está convencido de que ayudar a los demás es vivificante.

—Vemos personas que es poquito a veces lo que les estamos ayudando, y son súper agradecidos, llegando al grado de que nos dan sus números y todo, y nos dicen que les busquemos para ayudarnos o agradecernos. Otros que hasta han venido aquí, a la base, a agradecernos, ¿verdad?

*****

El encargado del área de capacitación se llama Luis Adalberto Canales Kolatto. Fue afortunado en el reparto de apodos: “Kolatto”. Tiene la piel, el cabello y los ojos claros; si no abriera la boca podría pasar por europeo. Está separado, es padre de dos hijos, ha cumplido 40 años bien llevados y viste de amarillo desde los 15. Nunca ha tenido otro trabajo. A sus quehaceres de comando él agrega los de docente. Forma a los voluntarios y da clases también a estudiantes de la Universidad de El Salvador y de colegios privados con los que hay convenios.

—La principal ganancia que tenemos es que algunos se quedan de voluntarios.

Guadalupe Guzmán y Brenda González, 20 y 18 años respectivamente, son dos estudiantes de enfermería que asisten a sus clases. Están en último año, pero hasta hace unos meses nadie –nadie– les había enseñado a reanimar, a dar masajes cardiovasculares, a hacer el boca a boca, a suturar…

—¿Todo eso no lo aprenden en el liceo?
—No –responden al unísono.
—Habíamos visto los tipos de fractura que hay –agrega Guadalupe–, pero nadie nos había enseñado a inmovilizar.

Kolatto no ha dejado de formarse desde que ingresó en Comandos. Ha asistido a cursos de capacitación en Estados Unidos, Cuba, Costa Rica y Panamá. Desde esa pequeña atalaya se atreve con una dura crítica al endeble sistema de atención de emergencias que hay en El Salvador.

—Hay gente que sí te agradece. Digamos: de diez, una. Las otras personas no valoran tu trabajo ni la forma en que tenés que capacitarte para trabajar con los pacientes ni nada de eso. Pero quizás es más por cultura, porque en otros países sos un paramédico y te respetan. Aquí sos un socorrista y la gente no te respeta. Aquí hay un gran problema cuando vamos a reunirnos con Protección Civil. Que los socorristas aquí, que los socorristas allá, que no están preparados… ¡Pero nadie les paga por eso! Aquí no es como en Estados Unidos, donde si vos te preparás para ser un paramédico o para andar en una ambulancia, vas a atrabajar y vas a ganar. Aquí no.

Aquí no.

*****

El mismo sábado. Son las 6 de de la tarde. Todavía no anochece. Hace tres días fue día de pago y el turno que comenzará en breve se perfila movido. A la joven embarazada Maggi un dolor de muelas ya le está torturando, pero aquí nadie sabe nada aún. Todo está en calma.


Orlando Antonio Villalobos “Lobo” es el radio-operador. Es un joven fornido, creyente y que durante un tiempo trabajó como DJ en una discoteca. Ahora va de riguroso amarillo. Lobo es un voluntario que, a pesar de llevar 12 de sus 25 años en Comandos, no recibe salario fijo alguno. Quizá por eso cuenta con entusiasmo la mayor propina que jamás ha recibido como socorrista. Trasladaron a un salvadoreño deportado desde el aeropuerto hasta Nueva Concepción, en Chalatenango, y recibieron $70 como gratificación. Repartido entre tres, $23 y fichas. Todo un tesoro.

—¿Y creés que este trabajo está bien pagado?
—De hecho, no, no está bien pagado, no está bien pagado ¿verdad? Pero a veces uno se siente bien con el simple hecho de que alguien venga y le diga a uno: “Okey, gracias por lo que has hecho, te agradezco mucho”. O que alguien te diga: “Salvó a mi hijo”.

En otra plática dos días antes, en la tarde del jueves, Pingüino había detallado las condiciones laborales de un comando promedio, las condiciones que Lobo consideraría un sueño cumplido.

—¿Cuánto gana un socorrista?
—El que gana gana unos 200 dólares, digamos, son 100 dólares quincenales –respondió Pingüino.
—¿Y tienen Seguro Social?
—No, no, o sea, ese es un problema. Ese es uno de los reparos que tenemos ahorita de la Corte de Cuentas, que nos dice que nosotros tenemos que darle las prestaciones laborales ¿verdad? Entonces, estamos tratando de ajustar el presupuesto para ver si se meten al Seguro, y para las pensiones. En ese trámite estamos, pero ahora nadie de nosotros…
—Y aquí nadie tiene vacaciones…
—Sin vacaciones. Nosotros nunca tenemos vacaciones.

Todavía quedan lugares así, lugares donde el dinero aún no es lo más importante.

*****

Once de la noche, sábado. A la canchita de fútbol de la comunidad Santa Cecilia llega la unidad 029 de Comandos de Salvamento. Es una ambulancia de las nuevas, menos de dos años, una Kia K2700 acondicionada y equipada con lo básico: tanque de oxígeno, camilla blanda, camilla rígida, instrumental. Dentro van Tintín, el motorista Marlon y un voluntario al que llaman Guacaladita.

En Santa Cecilia esperan Yjaira Azucena Mejía –la muñeca quebrada– y Norma Nohemí Mejía. Forman una peculiar pareja de hermanas. Norma, la menos joven, lleva vestido largo, lentes y un pañuelo devoto esconde su pelo. Yjaira tiene el rostro limpio y bello, como el de una muñeca, el cabello cobrizo hecho cola, jeans y una sugerente chaquetilla.

Se quebró la muñeca mientras jugaban con una pelota en la cancha. Yjaira usó su mano para protegerse de un balonazo, pero se dobló de tal manera que un hueso brotó de la nada. Dice que no le duele. No hay sangre ni alaridos, pero para Tintín el diagnóstico es claro: fractura y traslado.

—¿Usted no está asegurada?
—No. 15 años tengo.
—Pues te toca el Rosales, porque lamentablemente…

Tintín trata de inmovilizar el brazo con un cartón doblado y con una venda hecha jirones.

—¿Cómo sientes? ¿Sientes zocado?
—No.
—Muy bien.

Sin apenas tráfico en San Salvador, en menos de ocho minutos la ambulancia irá desde la Santa Cecilia hasta el hospital público. Y Yjaira se quedará sentada en una silla azul, un esperador más en el drama colectivo que se vive en la Sala de Emergencias.

Pero ahora, en esta noche de estrellas difusas, esa muñeca quebrada es lo más importante para el socorrista amarillo.

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