Tras la mirada de un pandillero preso

Siete pandilleros vestidos de un amarillo chillón con siete cámaras de fotos en sus manos salen a uno de los patios de la cárcel, y lo primero que hacen es acercarse a una estatua de la Virgen María para fotografiarse junto a ella. 1, 2, 3 fotografías… ¿Surrealismo? No, solo la enésima prueba de que la realidad es capaz de superar con creces la ficción.

Hoy es viernes, falta una hora para el mediodía y esto es una prisión salvadoreña. Se llama Izalco y está situada en el municipio homónimo, unos 60 kilómetros al occidente de San Salvador. El cuadro de los pandilleros fotógrafos ha sido propiciado por Klavdij Sluban, un prestigioso y laureado fotógrafo francés que estos días está de visita en Centroamérica.


Respaldado por la Embajada de Francia en El Salvador, Sluban propuso a la Dirección de Centros Penales sumarse a un experimento que él había puesto ya en práctica en prisiones de Rusia, de Eslovenia, de Serbia, de Francia, de Georgia… La idea es simple: tras una pequeña charla explicativa, se entregan cámaras a un grupo de internos para que fotografíen lo que les permitan las autoridades.

Del área que acoge la estatua de la Virgen María pasan al patio central, donde está la cancha de baloncesto. No hay mucha actividad a pesar de la hora. La mayoría de los internos están en sus celdas, desde donde se asoman para ver qué sucede. 12, 13, 14 fotografías... Salvo los descamisados, todos tienen camisetas amarillas. Tras la explicación, unos pocos posan gesticulantes para sus compañeros de pandilla.

Las dos principales pandillas juveniles o maras que operan en El Salvador –Mara Salvatrucha y Barrio 18– surgieron en Estados Unidos, desde donde se expandieron a Centroamérica como consecuencia de la deportación masiva que Washington institucionalizó en los noventa. Ambos grupos se profesan un odio a muerte, por eso en este penal solo hay integrantes del Barrio 18.

Hoy es un día inusual en Izalco, y no solo por las sesiones de fotografía. La actividad ha permitido a los siete elegidos caminar por el penal sin grilletes y ahora les hará merecedores de un regalo inesperado. Cuando los conducen al área de visitas, los guardias los suben por las rampas que usan los familiares, y desde aquí se ve más allá de los muros.


Apenas se ven lomas arboladas y verdes, pero saben a libertad para los que desde hace meses o años solo han visto cemento gris coronado. 18, 19, 20 fotografías… La agitación generada por el regalo no pasa desapercibida para Sluban. “Las prisiones son como el cuarto de baño de los países, lo que a las visitas nadie le gusta enseñar de su casa”, dirá luego. Está convencido de que el estado de sus cárceles muestra el nivel cultural de cada nación.

El penal de Izalco es casi un hotel si se tiene en cuenta que esto es un penal centroamericano. Es la joya de la corona del sistema penitenciario salvadoreño, la que con más generosidad se muestra a la prensa. Se inauguró en 2007 con una capacidad para 786 internos y hoy alberga a 840. Un lujo si se tiene en cuenta que, en todo el país, los prisioneros triplican la capacidad instalada. “En tres años no hemos tenido ni un muerto”, dice orgulloso Juan José Zepeda, el director.

El rally fotográfico continúa hacia el área de visitas, un rectángulo amplio en el que madres, esposas, novias e hijos se pueden sentar alrededor de mesas de cemento junto a los visitados, que mantienen su riguroso amarillo. El ambiente es silencioso. 23, 24, 25 fotografías… La caja de cartón del carrete decía que eran 24, pero Sluban ya advirtió de que siempre salían más fotografías.

El Crazy es uno de los siete pandilleros. Purga ocho años de condena por haber robado a un hombre dos cadenas de plata, un reloj, unos lentes de sol y cuatro dólares. Todo su cuerpo está tatuado. Su cara es un lienzo. Se acerca, me da la cámara y me pregunta si quedan fotografías. A través de un visor se ve el número 28. El rollo, en efecto, se ha terminado y con él, lo más interesante de la actividad.


“Estoy convencido de que hay muchos pandilleros en este penal que quisieran buscarle otro rumbo a su vida, fuera de la pandilla”, le comentará el director Zepeda a Sluban durante el almuerzo.

Las fotos se revelarán esta noche y a cada uno de los fotógrafos noveles mañana se les entregará una copia de su trabajo. Una experiencia similar a lo que ha ocurrido hoy se hará ocho veces en dos centros de internamiento diferentes. Después, Sluban hará una selección de las mejores imágenes, y se exhibirán del 26 de abril al 14 de mayo en el Museo Nacional de Antropología de San Salvador.

La mirada de los pandilleros saldrá por unos días de los muros, y la sociedad podrá conocer otra faceta de las maras, un fenómeno tan presente como desconocido para la mayoría de los salvadoreños.

Eso será en unos días. Hoy, a la hora de la despedida del primer grupo, entrada ya la tarde, el Crazy tomará la palabra y en nombre de todos dirá a Sluban y a su comitiva unas palabras que sonarán sinceras: “Gracias por venir a este lugar, porque no todos tenemos estas oportunidades, así que les damos las gracias por haber hecho esta actividad”.

Tempestad sin calma

En unos cantones lo llaman frijol nacido; en otros, prefieren huir de los eufemismos y se refieren a él como frijol podrido. Cuando la cosecha está a punto de ser recogida y llueve en exceso, la semilla se abre, germina y se echa a perder. Eso le ocurrió en noviembre pasado a Esperanza Benito Benito y a miles de familias más. El fruto pierde su salida comercial y suele usarse para alimentar a los animales. Pero desde hace semanas es lo único que Esperanza puede cocinar para su esposo, sus dos hijos y sus dos nietas. Los seis viven en El Salvador, en una casa solitaria de Cangrejera, municipio de La Libertad. Este cantón y esta casa son de los que huyen de los eufemismos. Esperanza admite sin ambages que desayunan, comen y cenan frijoles podridos. 

Los días 7 y 8 de noviembre del 2009 la zona central de El Salvador registró lluvias torrenciales relacionadas con el paso frente a las costas hondureñas del huracán Ida. El pluviómetro ubicado en el Chichontepec, el volcán que domina la región más afectada, registró en seis horas 293 litros por metro cuadrado, la lluvia que tarda ocho meses en caer sobre Madrid. Los deslaves y las inundaciones se cobraron 275 vidas, causaron casi 400 millones de dólares en daños y obligaron a 15.000 personas a refugiarse en albergues. Los periodistas llegaron y se fueron a los pocos días. El Ministerio de Agricultura (MAG) cifró en al menos 50.000 familias las que tuvieron daños en sus cosechas similares a los de Esperanza. Los cultivos más afectados fueron el frijol y el maíz, los pilares nutricionales en el área rural salvadoreña. 

En El Salvador cada familia cultiva en promedio una manzana de terreno, lo que equivale a un campo de fútbol. La siembra arranca en mayo, cuando inicia la temporada lluviosa. Primero el maíz; y en agosto, cuando el maíz se dobla para que se seque, se siembra el frijol sobre el mismo terreno. Las dos cosechas salen en noviembre, y para el grueso de las familias suponen el alimento que ingerirán todo el año. “Con el huracán Ida quienes salieron mayormente afectados fueron las familias pobres, que perdieron sus aves de corral o la parcelita que tenían sembrada; en algunos casos perdieron todo”, dice Jorge Pleitez, director de la Oficina de Política y Planificación Sectorial del MAG.

En un país sin seguros agrícolas, la pérdida de una cosecha es sinónimo de crisis alimentaria. De inmediato la Asamblea decretó Estado de Calamidad Pública, se levantó un censo de afectados, Naciones Unidas aprobó el 3 de diciembre una resolución en la que invitaba a los donantes a ayudar a El Salvador, y el MAG diseñó un ambicioso plan con 21 proyectos de rehabilitación y reconstrucción.

En el sector agrícola, la ayuda comenzó a llegar en forma de pequeños proyectos encaminados a garantizar alimentos en las zonas más afectadas. Con un Estado exhausto financieramente, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) destinó 320.000 dólares de emergencia para repartir entre un millar de familias semillas de hortalizas de rápido crecimiento (rábano, pepino y ejote) para huertos caseros o módulos con diez gallinas ponederas, un gallo y concentrado para varios meses. Ha sido uno de los pocos esfuerzos de asistencia inmediata, con beneficiarios concretos, como Julia Escobar en el cantón El Majahual Arriba o Misael Alfaro en el cantón San José Luna. Pero Delmy Linares, representante asistente de la FAO en El Salvador reconoce las limitaciones: “Si tuviéramos más recursos, podríamos ayudar a más familias.”

Sin embargo, algo que suena tan lejano como el terremoto de Haití alteró todo.

“Hemos tenido un problema con Haití, porque ha acaparado la atención mundial, y los donantes tienden a moverse según el tamaño de la emergencia”, admite Linares. Como FAO solicitaron a la comunidad internacional 1,6 millones adicionales para proyectos de ejecución a medio plazo. No ha habido respuesta. Las cuentas del Ministerio de Agricultura son aún más preocupantes. Su ambicioso plan con 21 proyectos de rehabilitación y reconstrucción se valoró en 32 millones que también esperaban que saliera de la cooperación, pero a mediados de febrero solo habían reunido poco más de 300.000 dólares.

Miles de familias salvadoreñas en los cinco departamentos afectados (La Paz, San Vicente, La Libertad, Cuscatlán y San Salvador) están como la de Esperanza: malviviendo con frijol y maíz nacidos. O peor aún. La poca ayuda llegada se ha concentrado en los lugares en los que, además de cultivos arrasados, las inundaciones dejaron pérdidas en vidas humanas y en infraestructura.

Este será un año largo para los que perdieron sus cosechas. En un país en el que datos oficiales de 2008 indican que la malnutrición afecta en el área rural a uno de cada cuatro niños menores de 5 años, los daños causados por el huracán Ida hicieron que, literalmente, el hambre se juntara con las ganas de comer.

El cantón Cangrejera, en el que vive Esperanza, es uno más en el listado de lugares en los se perdieron las cosechas, pero no las casas ni la vida de algún vecino. Y quizá por eso Esperanza y su familia desayunan, comen y cenan frijoles podridos y tortillas de maíz ennegrecidas. La alternativa a esa dieta es cazar un garrobo o un cusuco, sacar camarones del río Tihuapa o hacer una sopa de mora o de chipilín, hierbas que crecen silvestres. Situaciones parecidas están viviendo Flora Rubio, Óscar Rivera, Norma Hernández o Leónidas Valiente, vecinos todos del mismo cantón.

Consuelo Huezo, lideresa del grupo y también residente en Cangrejera, se queja de que el agro se siga viendo como un elemento secundario cuando toca rehabilitar y reconstruir. Si los recursos escasean, como ocurre casi siempre en Centroamérica, la prioridad parece ser siempre los albergues, las casas y los puentes de aquellos lugares donde llegan las cámaras de televisión. “Cuando explicamos al Ministerio de Agricultura nuestra situación, lo primero que nos preguntaron fue cuántos muertos ha habido; pues gracias a Dios ni uno, les dije, pero tuvimos pérdidas en los cultivos. Y ahí se acabó toda la ayuda”, se lamenta Consuelo, un lamento compartido este año en los valles que rodean el volcán Chichontepec.


Semana Santa cerveza en mano


El otro día el padre Urías vio algo que le escandalizó. Se topó con un cartel promocional de un 'Bikini open' atravesado en la calle. Lo anunciaban para el 1 de abril, Jueves Santo, el día en que los cristianos creen que Jesucristo cenó por última vez. “¿Acaso no tiene días el año? A esas cosas sólo van los muertos en vida, los que tienen el alma oscurecida”.

Son poco más de las 8 y media de la mañana del lunes, y el padre Urías celebra misa en la iglesia de San Esteban, en Texistepeque, un pequeño pueblo ubicado a 80 kilómetros al poniente de la capital salvadoreña. Delante de él, en las primeras bancas y vestidos de rojo sangre, hay un grupo de talcigüines, niños, jóvenes y no tan jóvenes disfrazados para representar el mal. Hace calor.

Los talcigüines de Texistepeque son la tradición más singular de la Semana Santa salvadoreña. Los estudiosos la presentan como una genuina muestra de sincretismo entre las costumbres de la población náhuat local y las que trajeron los conquistadores. La representación aspira a simbolizar el triunfo del bien –Jesucristo– sobre el mal –los talcigüines–.

Se podría resumir así: tras la misa, una horda de talcigüines sale endiablada látigo en mano hacia la plaza del pueblo a fustigar a quien quiera redimir sus pecados y también a quien no.

Durante tres horas hay carreras y latigazos, mientras Jesucristo intenta someter a algunos de ellos en las cuadras aledañas Lo conseguirá, siempre lo consigue, pero al final, pasado el mediodía.

Ahora aún hay calma dentro de la iglesia. El padre Urías habla del 'Bikini open' mientras sigue entrando gente en el templo. Cuando comenzó la misa, la mitad de las bancas estaban vacías.


Edgardo Sandoval tiene 40 años y es talcigüín desde hace 30. “Yo vengo de una familia de talcigüines”, dice orgulloso. Quizá por ello cuenta con resignación que, por haber tenido solo “dos hembritas”, su descendencia no podrá vestirse de rojo. Ser talcigüín parece ser cosa de hombres.

Sandoval es pragmático: “Del 2002 o 2003 para acá ha empezado a extenderse la tradición, y para mí está bien”. Garantiza la continuidad. Recuerda que en el siglo pasado hubo que rescatar del olvido a los talcigüines porque durante algunos años dejó de representarse. Entre masificación y olvido, no tiene dudas. Incluidos los niños, hoy se disfrazarán 37, el triple que hace apenas unos años.

El padre Urías no está tan convencido. Ahora dice que tampoco le hace gracia que haya jaripeos en Semana Santa: “Nosotros, los cristianos, no podemos divertirnos de esa manera”. Oriundo del vecino municipio de Metapán, es el párroco de la iglesia de San Esteban desde enero pasado. Ésta es la primera parroquia a su cargo. El padre Urías tiene 30 años.

“Esto no se trata sólo de divertirse, sino que debería de tratarse de sentir el dolor en el alma”, dice, y sus palabras se apagan al interior de este templo largo, estrecho e incapaz de mantener el fresco. Hace calor.

No se trata sólo de divertirse, reitera el padre Urías, pero en un par de horas la plaza de Texistepeque estará tan llena que costará caminar. Estará llena de gente que quiere una fotografía junto a un talcigüín, de muchachas ceñidas que ensayan su mejor sonrisa, de escotes provocadores, de cumbia y de reguetón, de carretones de sorbetes y de comida rápida, de basura, de ventas de todo tipo, llena de periodistas y de turistas llegados de lejos para filmar las carreras. Estará llena de jóvenes que cerveza en mano piden más latigazos o gritan en coro culeros (homosexuales)a los talcigüines.

Todo eso será cuando terminen esta homilía y esta misa en las que el padre Urías aún se pregunta cuántos vendrán hoy a Texistepeque sólo por diversión, como si no estuviera claro. “Todos ellos han perdido lo más importante: a Dios”, se responde.

Por lo visto son pecadores. Pero Texistepeque es el lugar apropiado. Los latigazos que reparten a diestra y siniestra los talcigüines sirven, dice la tradición, para redimir pecados. Los látigos –también llamados aciales– son de cuatro largas correas de cuero atadas a un mago de madera.


Los latigazos deben darse formando la señal de la cruz, y cuando se dan con ganas, se convierten en LATIGAZOS; así, con mayúsculas, porque duelen y dejan profundas marcas. Casi al final, un talcigüín con la capucha mojada por el sudor se arremangará el brazo derecho y me mostrará el zarpazo sanguinolento que un compañero le hará de forma involuntaria.

En un plano teórico, El Salvador supura cristiandad desde su mismo nombre. El lema de su escudo dice Dios, Unión y Libertad. La capital se llama San Salvador; y las dos ciudades más importantes, San Miguel y Santa Ana. Sin olvidar que el salvadoreño más universal, Monseñor Romero, fue un obispo. Y sin embargo, como en casi todo el mundo, la Semana Santa cada vez se relaciona más con la playa y la cerveza.

La misa finaliza, y los talcigüines –los que comulgaron y los que no– se juntan a un costado de la iglesia. Al poco aparece el padre Urías, se toman unas fotos grupales, luego los bendice y les pide que no golpeen demasiado fuerte. Se regresa a la sacristía y uno minutos después reaparece en el atrio vestido de civil.

—Padre, ¿Usted cree que la tradición aún mantiene el espíritu religioso?
—Yo creo que en los últimos años se ha visto un deterioro de la religiosidad en nuestro pueblo.
—¿A qué se refiere?
—Se han ido secularizando las celebraciones, ¿verdad? Y ya la gente lo ve más como un aspecto de diversión. Se ha perdido un poco el sentido religioso; de hecho, muchas veces ni entran a la misa.

Y en efecto, es a partir de ahora, justo cuando la misa termina, que Texistepeque se llenará.

Muerte de un motorista

Hace unas horas esta era una carretera cualquiera. A la derecha, una zanja y vegetación –árboles, arbustos, maleza–, sin casas. A la izquierda, unos metros de tierra, los cables del tendido eléctrico y el muro gris de una fábrica de colchones. El asfalto podría estar peor y las líneas blancas son pasado. Una carretera cualquiera. Pero ahora en el suelo está tirado el cadáver del motorista de un autobús.

De América Latina se dice que es la región más violenta del mundo, y de El Salvador se sabe que es el país más violento de América Latina: 4.365 asesinatos durante 2009 en un territorio con poco más de 6 millones de habitantes. Doce al día. Entre tanto dolor, uno de los sectores más golpeados es el transporte público.

Un total de 437 motoristas, cobradores o propietarios de autobuses fueron asesinados en los últimos cuatro años. Y 2010 ha comenzado con siete cadáveres en los primeros ochos días. Uno de ellos es el que está tirado ahora en esta carretera, a su paso por el cantón El Portezuelo de Santa Ana, la ciudad más grande de la zona occidental del país.

Se llamaba Samuel Antonio Alvarenga, Samuel para los conocidos. Tenía 37 años, una esposa, una madre y una hija de poco más de un año. Hace dos semanas estaba desempleado, pero le salió trabajo en la ruta de autobuses que hace el recorrido entre Santa Ana y la frontera con Guatemala. Con suerte, un motorista recibe de su patrón 300 dólares mensuales, sin prestaciones.


A las 10:15 de la mañana, Samuel manejaba rumbo a la frontera cuando, en las afueras de la ciudad, dos jóvenes que iban entre el pasaje se levantaron, uno de ellos sacó su arma, se la puso a Samuel debajo de la oreja derecha y sin mediar palabra le atravesó la cabeza de un disparo.

—Tiene un impacto en la región retroauricular derecha, el orificio de entrada. La salida está en la región retroauricular izquierda– me dirá el fiscal Billy Macall en unos minutos, justo antes de retirarse de la escena.

Sin gobierno, el bus se fue hacia la derecha y se detuvo contra la zanja. Este tramo de la carretera es cuesta arriba, y el golpe fue suave. Solo un hombre, asustado al ver las armas, saltó de la unidad antes de que se detuviera, pero lo hizo por el lado equivocado, el bus se le vino encima y hubo que hospitalizarlo. Los asesinos huyeron.

—¿Pandilleros? –preguntaré a Macall.
—Es pronto, pero por la apariencia que han descrito y la forma de proceder, diría que sí.

Desde mediados de 2004 este tipo de asesinatos se suceden cada vez con más frecuencia en El Salvador. Buses y microbuses son la base del sistema de transporte público, y ser motorista y cobrador se ha convertido en una profesión de alto riesgo. ¿La razón principal? Policía Nacional Civil y las gremiales del transporte coinciden: las maras.

Ante el aumento del acoso policial derivado de la implementación a finales de 2003 del Plan Mano Dura, las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18 vieron en la extorsión una manera sencilla de obtener fondos, y comenzaron a exigir un pago a los buses que atravesaban las zonas bajo su control. Desde entonces esta práctica no ha hecho más que extenderse y las cantidades exigidas, aumentar. Cuando los empresarios se niegan, suele haber problemas.

Samuel ha muerto de inmediato, sobre el asiento, pero su cuerpo inerte lo han sacado del bus. Ahí tirado lo tienen, rodeado por un docena de personas, entre policías, investigadores y empleados de Instituto de Medicina Legal. Toman notas, hablan, van y vienen, ríen. Para ellos Samuel es un muerto más. También para los principales diarios del país, que mañana apenas le concederán unas líneas.

Va a iniciar el ritual de la bolsa, el que el fotógrafo Christian Poveda registró en “La vida loca”, su documental sobre las pandillas. Un trabajador de Medicina Legal se pone unos guantes de látex y mete a Samuel, no sin pocas dificultades, dentro de una bolsa negra, como las que se usan para la basura, pero más grande. El bulto lo cargan en la parte trasera de un pick up y se lo llevan.


La viuda y la madre de Samuel no han visto la escena porque están en la puerta de la fábrica de colchones, al otro lado del bus. Se abrazan. Además de perder a un hijo y a un marido, ni los patrones ni el Estado les darán indemnización o pensión alguna. Con suerte quizá les paguen el ataúd.

“Estamos trabajando en un proyecto, una especie de Plan Padrino para ver de qué manera ayudamos a las viudas y sus niños, pero es algo que hay que hacerlo aún, porque el Estado no ha hecho nada”, me dirá esta tarde en San Salvador Catalino Miranda, líder de una importante gremial.

Además de la familia, también ha venido un grupo de seis empleados de la misma ruta. Saben que el tema de las pandillas es delicado y prefieren no hablar mucho. Responden con evasivas. Samuel no es el primer motorista asesinado en esta ruta. En diciembre mataron a otro y al cobrador que lo acompañaba.

—¿Y se sabe ya quién lo hizo? –pregunto.

Un cobrador al que le calculo no más de 24 años rompe la dinámica de los murmullos y eleva un tanto la voz para responder.

—No, aquí nunca se sabe nada, aquí matar un motorista es como matar a un chucho.

A la 1:25 de la tarde ya se han llevado el cuerpo embolsado de Samuel, se han ido el fiscal Macall, los de Medicina Legal, los policías, los pocos curiosos, la madre y la viuda. Una grúa remolca el autobús, y los sigue una camioneta cargada con los compañeros. El tráfico se reanudará en unos minutos, y el primer vehículo en aparecer será otro bus. Y la calle volverá a parecer una carretera cualquiera, como si aquí nada hubiera ocurrido.


Jonathan no tiene tatuajes

El cuarto alguna vez fue blanco. Es un cuadrado casi perfecto, tres por tres. La puerta es de metal, negra y maciza, como si se quisiera esconder algo valioso. La ventana, alargada y estrecha, con barrotes. Entra poca luz. El moblaje es mínimo, solo una camilla oscura con apoyabrazos y cinturones que permite suponer que aquí hubo muertos.

Las únicas tres condenas a muerte por inyección letal que se han ejecutado en América Latina se consumaron en esta salita de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala. Un tal Manuel Martínez fue el primero, el 10 de febrero de 1998. Además de autoridades, periodistas y un pastor evangélico, su agonía la vieron a través de un cristal renegrido la esposa –con quien había contraído matrimonio unas horas antes– y los tres hijos de la pareja. Una familia completa reunida en el Módulo de la Muerte para ver morir al padre condenado por un séptuplo homicidio.


Más de una década después, otra familia se reúne en el mismo lugar. La forman un pandillero llamado Neck –el rostro tatuado, 36 años de condena–, la esposa, la hija y Jonathan, el hijo que quiere ser como su papá. Como Pavón permite a las visitas quedarse el fin de semana, raro es el sábado en el que no duermen los cuatro sobre el mismo colchón en un cuarto contiguo al de la camilla.

Pero hoy es miércoles y Jonathan no ha venido. A esta hora, cuarto para la 1, debe de estar preparándose para ir a clases. Estudia quinto grado. Acaba de cumplir 13 años y ya le sombrea el bigotillo. Es un muchacho despierto, de mirada fija y locuaz, con una voz que le ha desarrollado más que el cuerpo. Su profesora dice que es muy bueno dibujando.

—Y vos que sos del Barrio –pregunto a Neck–, ¿no te llegaría que Jonathan también lo fuera?
—Preguntáselo a ella –señala con la mirada a su esposa–, a ver qué te dice.
—Es un problema que tenemos, porque a Jonathan le llama mucho la atención ser 18, igual que su papá. Incluso se pinta en las piernas el 1 y el 8.

Jonathan no tiene tatuajes.

*

Su ficha en la Dirección General del Sistema Penitenciario asegura que nació un día 13, en septiembre de 1979. Pero Neck no siempre fue Neck. Durante 13 años se llamó Erick Gerardo Vallecillo Alarcón, sin más, el menor de tres hermanos, hijo de una alcohólica llamada Blanca Inés y de un padre de cuyo nombre no quiere acordarse.

Neck nació sin tatuajes.


Su primera casa –hogar es demasiado cálido– estaba en Guamilito, un céntrico barrio de San Pedro Sula. Después de saber de lo que ha sido capaz, cuesta imaginarse a Neck con camisita celeste y pantaloncitos gris plomo, su uniforme en la escuela José Trinidad Cabañas. Cuesta imaginarlo como un niño que sumó y restó, rió, traveseó, beisboleó, soñó. Todo eso duró demasiado poco. En 1992 su madre murió. Su padre se alcoholizó aún más. Lo corrieron de casa. Y se tiró a la calle. Ya solo podía prosperar.

Erick Gerardo cayó en la colonia Francisco Morazán, la Mora. Allí estaba bien parada la pandilla Barrio 18, y no había cumplido los 14 cuando ya caminaba con ellos. Con los meses, afloró la fidelidad hacia los dos números, lo golpearon durante 18 segundos y lo rebautizaron: Neck.

La nueva vida ofrecía ventajas. Se movía dinero y el dinero movía todo lo demás: la comida, el alcohol, las prostitutas, la marihuana, el techo. Y había hermandad. Una vez cayó preso y un par de homeboys (compañeros de la pandilla) lo rescataron. Lo hicieron cuando lo trasladaban a pie hacia unos tribunales. Llegaron, cuadraron a los agentes y los amarraron con sus mismas esposas. Ni siquiera hubo que asesinarlos.

Problemas con la justicia fueron los que lo obligaron a dejar su hogar en San Pedro Sula. Siempre protegido por los dos números, durante dos años estuvo rebotando entre Honduras, El Salvador y Guatemala, donde en el año 2000 lo condenaron a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Los minutos se hicieron horas; y las horas, días.

El odio a muerte entre el Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) suena eterno, pero comenzó a inicios de los noventa. Ambas son de la zona sur del condado de Los Ángeles (Estados Unidos), ambas rinden tributo a la Mafia Mexicana, y ambas llevan con orgullo el número 13 que las identifica como sureñas. En esa su guerra fratricida, de hecho, ha habido treguas, como las que aún mantienen en las cárceles estadounidenses; entonces se dice que se corre el Sur. Pero Centroamérica es otra historia. El 15 de agosto de 2005 la Mara Salvatrucha extendió su guerra con el Barrio 18 a los únicos lugares de Centroamérica donde aún se mantenía el pacto de no agresión: los centros penales de Guatemala. Se rompió el Sur, y Neck lo vivió en carne propia en una cárcel llamada El Infiernito.

—Ese día solo los locos del Barrio fuimos los paganos, ¿mentendés?

A plena luz del día se le acercaron dos y con un cuchillo hechizo le abrieron el cuello y la cabeza una y otra y otra vez. Neck terminó siendo un número más en el balance oficial de 35 muertos y 80 heridos –casi todos dieciocheros– que resultó de ese primer día de guerra abierta.

Se recuperó a tiempo. El 22 de octubre 19 presos de El Infiernito se escaparon por un túnel de 120 metros que cavaron en 10 meses bajo el piso. Fue la fuga más sonada de la última década, en la que los fugados incluso dejaron escrito en la pared un mensaje para ridiculizar al Gobierno. Neck fue uno de esos 19.

El escándalo propició que se elaborara una baraja de cartas con los rostros y se repartiera entre los policías. A Neck lo recapturaron el 7 de noviembre en los suburbios de Ciudad de Guatemala.

—Ese día, ¿mentendés? Estaba así, impaciente por querer salir, y todavía le pregunté a una bicha: ¿no hay juras? No, me dice. Ah, entonces voy a traer el fusil (un AK-47). Yo llevaba 30 tiros, ¿va? para el AK, ¿mentendés? Porque lo tenía a cargo, ¿mentendés? Yo ahora he cambiado bastante, pero era del pensar de que no me iban a agarrar vivo, ¿mentendés? Porque laneta, si yo iba a morir, me iba a llevar a por lo menos tres o cuatro puercos conmigo, ¿mentendés? Pues sí, yo iba para la casa del homeboy, y como a media cuadra me cuadraron dos juras. Que si la hacen bien, si hubiera entrado en la casa, ahí hubieran encontrado no solo el AK, ¿mentendés? Y yo hubiera tenido una gran bronca encima, hasta con el Barrio, ¿mentendés?

De nada sirvió la baraja. A pesar de que estaba más cerca de los 30 que de los 20, la cédula que el Barrio le facilitó y su aire juvenil lograron que durante tres días uno de los más buscados permaneciera detenido pero anónimo en un centro para menores de edad. Cuando las autoridades al fin se enteraron de que era el Neck, hubo un motín para evitar el traslado. Lo tuvo que sacar el Ejército.

El balance de la fuga fueron 17 días de libertad, una mano huesuda tatuada en el rostro y un XVIII en la frente, 15 años más de condena por evasión y transporte de armas de fuego y una mal disimulada sensación de arrogancia.

Desde entonces está encerrado.

*

Jonathan es muy bueno dibujando. Le fascina, dice Silvia Henríquez Orozco, su profesora de quinto grado en la escuela pública donde estudia. Por lo demás, se le atragantan casi todas las materias, con frecuencia falta a clases, y cuando asiste raro es que no se le haya olvidado algún cuaderno. En julio lo cambiaron de grupo porque fotografió debajo de la falda de una compañera con un teléfono celular.

Los dibujos que hace no son paisajes ni flores ni familias felices ni santaclaus. Le gusta dibujar calaveras, letras y números góticos y una mano huesuda y con largas uñas que tiene el dedo índice extendido y los otros cuatro retorcidos para formar un ocho.

En la escuela Jonathan no saben que el padrastro es pandillero, que su condena concluye en el año 2036 y que esa mano huesuda que tanto dibuja es un íntimo tributo a Neck y a todo lo que representa.

*

Brigitte De la Hoz nació en 1981 hija de un policía y de Delmi Castro. Su padre es hoy apenas un recuerdo; murió cuando tenía 3 años. Su madre es poco más que una voz distante y unos dólares remesados; cuando enviudó, huyó hacia Estados Unidos. Sin padre ni madre, Brigitte y su hermana menor se criaron con una tía abuela a la que comenzaron a llamar Mamá Corina.

Su niñez la pasó en La Chácara, una colonia marginal donde el Barrio 18 tenía y tiene presencia, pero su sentimiento hacia los dos números se quedó nomás en la simpatía. Sin padres y con un carácter como el suyo, Brigitte se propuso tomar desde muy joven las riendas de su vida, y la consecuencia fue su maternidad precoz: con 15 años ya había parido a Jonathan; con 16, a Susana. Pero ni siquiera esto suavizó su temperamento, sus malas palabras, su propensión a la violencia. Mamá Corina, que es un pedazo de pan, cree que solo ella la aguanta.

—Solo yo la aguanto porque ¡ja! la Brigitte tiene un carácter...

La persona con la que se casó en 2007 también la aguanta, a su manera. Pero antes está 2006, un año convulso. Lo inició encarcelada. Había estado presa ya, otras cuatro veces, entradas siempre de menos de siete días. Esta vez fueron casi cuatro meses.

—¿Y por qué, si puedo preguntar?
—Porque le volé un pedazo de cabeza a una chava y le corté todo el cuello con un espejo.
—¿Y ella murió?
—No, gracias a Dios que no.

En marzo recobró la libertad. Pero al poco ella y Jonathan y Evelyn Susana y Mamá Corina tuvieron que dejar La Chácara. El cuñado de Brigitte asesinó a una persona y creyeron que irse era lo mejor. Se trasladaron a Chinautla, en la zona norte de la capital. Recién instalados supo del asesinato de la que era su pareja hasta entonces. El año no suspiró sin un nuevo ingreso en la cárcel, esta vez como visitante.

*

Neck y Brigitte se conocieron en el Preventivo para Hombres de la Zona 18 a finales de 2006. Ella llegó vestida de luto: falda negra, suéter negro. Acababa de morir su pareja. Su estancia en la cárcel obedecía nomás al deseo de acompañar a su hermana menor, que visitaba al padre de sus hijos. Neck y Brigitte cruzaron miradas.

Brigitte lo contará así:
—Llegamos al penal a ver a mi cuñado. Y cuando vi que él pasó… a mí sí me gustó desde que lo vi, y donde se dio la vuelta y le vi el tatuaje de la cara. ¡Ihhh…! Pero si es 18, sí ¿va? Y cabal, vi que era 18. Y en la misma me dijo mi hermana: mirá quién está ahí, el chavo de los tatuajes en la cara. ¿Y lo conocés?, le dije ¿Y no es el que salió en la tele, el que se hizo pasar por menor?, me dijo.

Neck lo contará así:
—El cuñado de ella la anduvo ofreciendo, que ya estaba soltera, ¿mentendés? Que iba a venir una cuñada a verlo, y al que más miedo tenían en el sector era a mí. Y llegó y dijo hey, que va a venir mi cuñada, va a venir mi cuñada.

Brigitte se convirtió en la haina de Neck. Así llaman en la pandilla a la pareja de un pandillero cuando ella no es miembro activo.

Pero cuando está delante de otras personas le dice esposa. Entendido. Porque ella es su esposa.

Neck y Brigitte se casaron en el mismo penal en que se habían conocido cuatro meses atrás. Sucedió el 14 de febrero de 2007. Los casó un pastor evangélico, en un día de visita.

—Ni cuarto nos dieron –dirá él.
—Ajá –asentirá ella.

*

Ingresar en Pavón resultó menos complicado que lo que creía. Apenas un cacheo superficial, sin escáneres ni perros ni aparatos de esos que se alteran cuando sienten el metal cerca. Podría haber entrado con un par de gramos de cocaína en el bolsillo y nadie se habría dado cuenta.

Hoy es un miércoles nublado de julio, día de visita. A este lado de la puerta principal hay pegados a las vallas un centenar de internos que esperan a una madre, a una esposa, a unos hijos. Detrás, a cien metros, están las oficinas administrativas, un edificio estirado y de una sola altura con una torre alta y acristalada a la mitad. Parece un aeropuerto de provincias.


Gustavo Cifuentes –pequeño, compacto, piel clara, pelo negro– saluda a diestra y siniestra. Gustavo es una de esas personas cuya biografía no cabría en un libro. Con 38 años encima, es un pandillero calmado del Barrio 18 al que todos conocen como Mish, su viejo nombre de guerra. Le entregó tanto al Barrio que pudo salirse de la pandilla sin bronca. Es generoso, extrovertido y le gusta bromear cuando está contento. Ahora trabaja para la Asociación para la Prevención del Delito (APREDE) y para el Ministerio de Cultura y Deportes. Desde esas dos trincheras lucha por un imposible: mejorar las condiciones de los conocidos que tiene dentro de los penales y evitar que los de afuera que están a un paso de convertirse en delincuentes lo den.

Sin Mish habría sido imposible conocer –conocer– a Neck.

Entre el gentío junto a la puerta de entrada reconozco la mano huesuda en el rostro debajo de una cachucha. Me acerco. Tiene cara de marido preocupado.

—Ahora no, carnal, que no quieren dejar entrar a… –su voz se aleja con él, que intenta buscar un mejor lugar para saber qué está pasando.

Afuera del penal, en la fila de entrada para las visitas, arranca un tumulto. Desde adentro comienzan los sueltalaijoeputa, los dejenlapasar. Parece como si se organizara un linchamiento. El detonante resulta ser Brigitte, que ahora grita con lágrimas en los ojos, sin saber contra quién descargar su furia.

Hace unos minutos, cuando bajaba del taxi que la trajo, vio que se llevaban detenida a su hermana menor porque en el registro le habían hallado unas botellas de alcohol. Iracunda, se abalanzó como una leona sobre la agente que la escoltaba y le lanzó un manotazo en el rostro. Tuvieron que detenerla entre tres custodios. Por ese arrebato luego no querían dejarla entrar.

Pero la visita se respeta en Pavón, es sagrada, y desde adentro se ve lo que ocurre en la fila de ingreso; por eso arrancó el tumulto, que solo se calma cuando permiten el ingreso de Brigitte y de todo lo que trae: comida, una mesa playera y unas sillas verdes de plástico.

Cuando más tarde la veo, sigue preocupada por lo de su hermana. Es la primera vez que nos saludamos y que puedo mirarla con detenimiento. No es muy alta y tiene el pelo y los ojos de un negro intenso. Carga unas libras de más, pero las mueve con sensualidad, como una buena bailarina de samba; tiene 28 años y la redondez aún le sienta bien. Ahora viste jeans y unas botas altas con tres dedos de tacón. Va escotada, una o dos tallas menos en el brasier, para que se vea bien su nombre tatuado en su pecho. Para Neck, Brigitte es la mujer más bonita del mundo.

Ha venido sola, sin Jonathan.

*

Juan Francisco Escobar está sentado en una silla fuera del cuarto en el que duerme. Es un tipo enorme, con barba, el pelo amarrado y largo. Antes de dedicarse al narcotráfico había sido paracaidista, de las fuerzas especiales. Escobar juega con un mapache, su mascota. Lo enrabia, lo agarra con su manota por el cuello y lo agita como si fuera un trapo. Se llama Tuco. Dice que los mapaches son buena compañía, que ayudan a sobrellevar, que los consigue en un plis-plas cuando tiene un comprador.

—Si querés uno, te lo vendo por 100 quetzales (unos 12 dólares). Los estoy dando por 150 o 200, pero a ti te haría precio. Dame 100 ahora y te lo tengo para cuando vengás.

Estamos dentro de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón.

La revista Gatopardo publicó un artículo sobre Pavón en marzo de 2007. El llamado de portada era “La prisión donde mandaban los presos”. Así, en pasado. La nota narraba cómo a finales de 2006 más de 3,000 policías y soldados con tanquetas, ametralladoras y helicópteros ejecutaron el Operativo Pavo Real. El Gobierno vendió la idea de que todo regresaría a su cauce, de que Pavón volvería a ser un penal en el que las autoridades autorizan y los presos obedecen. Fue todo un golpe de efecto. Su promotor, el director del Sistema Penitenciario, Alejandro Giammattei, oficializó pocas semanas después su candidatura a la Presidencia. Como consecuencia de la avalancha mediática orquestada que acompañó al operativo, Pavón conserva aún hoy una imagen de que el Gobierno tiene el sartén por el mango. Nada más lejos de la realidad.

Comparada con otras cárceles, Pavón es generosa con sus internos: sus cifras no indican hacinamiento, disponen de una radio interna, de talleres y tierras de cultivo, y se permiten visitas tres días por semana, con posibilidad incluso de que los familiares se queden los sábados. Los presos caminan a sus anchas y hay decenas de tiendas de comida, billares, milpas, un auditorio y una cancha de fútbol. También hay una regla no escrita que compromete a asesinos, narcotraficantes y violadores con una máxima: la visita se respeta. El resultado de ese orden, impuesto por los propios internos, es un aparente clima de tranquilidad.

—Hay muchas mujeres que cuando vienen de visita se ponen las joyas al entrar y se las quitan al salir –dice satisfecho Noel de Jesús Beteta, uno de sus internos más famosos.


Pero de esa sensación a que el Estado tenga absoluto control hay un abismo. En los tres días que pude ingresar, además de que me intentaran vender un mapache, presencié consumo de marihuana y crack, me invitaron a tomar chicha, y comprobé que disponer de un teléfono celular es tan sencillo como tener un cepillo de dientes.

*

Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Pienso en que Jonathan debe de dibujar realmente bien, como dice su maestra, si es capaz de replicar esta mano huesuda en sus cuadernos.

Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.

*

Los internos lo conocen como el Módulo de Aislados o simplemente el Módulo. Se trata de la estructura que el Gobierno de Guatemala construyó en 1997 para aplicar la inyección letal. Además del cuarto cuadrado tres por tres con la única camilla para inyecciones letales de América Latina, se construyeron una serie de salas adicionales: una amplia y acristalada para presenciar la ejecución; otra para que el reo pasara sus últimas horas; otra más como confesionario; otra chiquita para el verdugo… Y como si se avergonzaran, lo edificaron alejado de todo, en una esquina de Pavón, y lo rodearon con un muro gris de siete metros de altura. Entre 1998 y 2000 ejecutaron a tres: Manuel, Luis Amílcar y Tomás. La estructura luego cayó en desuso hasta inicios de 2008, cuando se rehabilitó para volver a recibir a condenados a muerte. Se pintó y se reacondicionó, pero la aplicación de la pena máxima volvió a congelarse. Entonces, alguien tuvo la idea de convertirlo en el lugar de confinamiento para presos problemáticos.

Para ingresar al Módulo hay que llamar a los custodios que están en la entrada del penal, a más de cien metros. Llegan, abren la puerta, se entra, ellos se van y cierran la puerta con llave. Mish es bien recibido aquí porque casi todos son del Barrio 18, como él, y por cosas como esta: cuando ayer vinimos por primera vez, trajimos cuatro gallinas vivas. Despescuezaron de inmediato a dos para el almuerzo.

De los diez que están estos días de julio solo cuatro pueden salir y moverse por el resto de Pavón. Neck es uno de los privilegiados. Por eso y también por las visitas constantes. Rara es la semana en la que Brigitte no llega al penal tres días. Los hijos, Jonathan y Evelyn Susana, llegan los fines de semana.

—¿Y qué haces con tu familia cuando te visita?
—Salimos –dice Neck– y vamos arriba, al campo, jugamos un cacho, hacemos algo de comer… Y nos venimos a dormir ya un poquito tarde, para que no se aburran tanto aquí adentro, ¿mentendés?

Una familia se esfuerza por tener vida al interior de este edificio que el Estado guatemalteco construyó para matar.

*

Huele a carne frita, suena a carne friéndose. Brigitte cocina en el pasillo. Lo hace sobre una resistencia eléctrica incrustada en medio bloque de concreto. Neck continúa hablando, sentado y con los brazos cruzados, en este cuarto del Módulo que hace las veces de vestíbulo. Ya me ha convencido con creces de que los delitos por los que está condenado son una fracción mínima de todo lo que ha hecho en su vida.

—Por decírtelo así, no te pueden comprobar nada, ¿mentendés? ¿Cómo te lo van a comprobar si no te han encontrado en el hecho?

Brigitte llega con un pequeño plato blanco en su mano, y sobre el plato, una moronga humeante. Por la cara que pone Neck debe de ser uno de sus platos favoritos. Brigitte se sienta a la par de su esposo, le sujeta la mano que no usará para comer, y se la comienza a acariciar. Pregunto si han pensado en tener algún hijo. “En esas vueltas ando”, dice Neck, la boca llena. Si de elegir se trata, prefiere que sea varón, como Jonathan.

De la nada aparece Mish. Se apoya en el vano y se dirige a Neck.

—Llecuneva hocunoras encerracunado, ¿no puecuneden sacunacar a Cocunoco un racunato?
—No, no… No. Ahí que se quede, carnal. El vato ahí que se quede, mucha plancha ya.

Mish no insiste. Da media vuelta y desaparece rumbo hacia las celdas. Ante mi gesto de desconcierto, Neck explica que con esas palabrejas le ha pedido que dejen libre un rato a Coco, uno de los internos del Módulo al que los demás han encerrado bajo llave. Los pandilleros operan aquí adentro igual que afuera, con rígidas normas de disciplina interna.

Brigitte, sin ser pandillera activa, también ha entendido todo lo que dijo Mish.


La jerigonza se la volveré a escuchar en distintas situaciones durante los próximos días. Se trata de un sistema de comunicación entre pandilleros, compartido por dieciocheros y por salvatruchos, que garantiza intimidad en presencia de oídos extraños. Más preocupante que conocer o no lo que dicen, pienso, es el hecho de nunca antes haber tenido referencia alguna sobre este sistema, ni en libros o investigaciones supuestamente especializadas. Me pregunto cuánto se han molestado las sociedades centroamericanas en conocer el fenómeno de las maras.

Parecunece que pocunoco.

*

Las noches que Brigitte pasa separada de su esposo transcurren en Tierra Nueva I, una colonia en el área metropolitana de Ciudad de Guatemala. Pertenece al municipio de Chinautla, pero está más volcada hacia Mixco. Ahí vive desde hace tres años junto a sus hijos y a Mamá Corina.

La colonia no tiene mayores secretos. Es una carretera principal asfaltada y decenas de calles polvosas que salen de forma perpendicular y que lo llevan a uno a la escuela, al estadio de fútbol, al mercadito. A ambos lados de cada una de esas arterias, una casa tras otra, de bloque y tejado de lámina la mayoría, sin parques, sin árboles. La escuela de parvularia tiene en su muro un gran mural que dice En el alma del niño sembramos las doradas semillas del bien. Pero a pesar de esta siembra, Tierra Nueva I, como casi todo Mixco, es tierra de pandillas. Y Jonathan tiene 13 años.

—¿Y está fuerte el Barrio en Tierra Nueva? –pregunté a Brigitte.
—Sí, pero gracias a Dios mis hijos no salen a la calle. De la escuela para la casa; y cuando no, en la casa de su tía pasan.

Mamá Corina tiene 81 años, el pelo blanco como la espuma y lucidez de sobra. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero intentó criar a Brigitte y su hermana, y ahora hace lo propio con Jonathan y su hermana. Mamá Corina desde hace años mira a su alrededor, y en su propia casa se siente como la última de una estirpe.

—Antes no era así. Mi papá jamás –y remarca el jamás– trató mal a mi mamá. Cuando murió, mi mamá mi dijo que fue un hombre que nunca le dijo ni babosa.

Ahora se queja de que Brigitte es muy enojada, de que levanta seguido la mano a sus hijos, de que Jonathan pega a su hermana, de que la hermana pega a Jonathan…

Los cuatro viven hacinados en un mesón. Alquilan por 500 quetzales ($60) al mes una pieza sin ventanas de apenas 5 por 4 metros. El baño es compartido con los vecinos. Algunas celdas del Módulo son más grandes que el cuarto en el que viven.

*

—No confío en nadie. He visto a muchos compadres asesinar a sus mismos compadres, ¿mentendés? Por una mujer, por varas, por vicio… Incluso adentro del Barrio ya no confío en nadie, ¿mentendés? Porque hasta tu homeboy… Si vos vas para arriba, ¿mentendés? Existe aquello de… ¡la maldita envidia! ¿Mentendés?

Es lo que me respondió Neck hace un rato, justo antes de sentarnos a almorzar. Le había preguntado si no tiene algún homeboy al que considera un buen amigo.

Su familia es desde hace meses el único pilar emocional para sobrellevar el encierro, aunque quizá no sea él quien más se esté beneficiando de la relación. Brigitte ha conseguido una figura paterna para sus hijos, sobre todo para Jonathan. Neck se ha convertido en un referente al que escucha y al que llama papá cuando no tendría por qué hacerlo. Hay sintonía.

Brigitte lo cuenta mientras recoge platos después del almuerzo. Se calla cuando aparece en el Módulo el director del penal, David Barillas, que asumió el cargo hace un par de meses. Tiene 37 años, pero parece mayor, quizá por su evidente sobrepeso. Es moreno y viste informal: camisa de botones, pantalón, tenis. Lo acompaña un joven agente uniformado y de gesto serio del Sistema Penitenciario.

Mish aprovecha para proponer una idea: que la dirección permita a los internos del Módulo montar una pequeña granja de conejos. Neck y Brigitte tienen su propia propuesta: instalar un puesto de venta de comida arriba, junto al resto de puestos. Brigitte cocina realmente rico, de eso se gana la vida. El director Barillas escucha con aparente atención, asiente y les invita a que envíen las propuestas por escrito, una manera elegante de evadir el tema.

En unas semanas tendré la oportunidad de preguntar al ministro de Cultura y Deportes, Jerónimo Lancerio, si cree en la rehabilitación. Responderá como un político: “Si bien es cierto que el porcentaje de personas que logran una reinserción social completa es bajo, todos los reclusos tienen el derecho a la oportunidad de rehabilitarse para retomar su puesto en la sociedad productiva y así mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias”. Retomar su puesto en la sociedad, dice.

Salimos del Módulo con el director Barillas poco antes de las 2 de la tarde. El matrimonio se queda adentro. A ella espero verla mañana en Tierra Nueva I, pero sé que pasará tiempo hasta que vuelva a ver a Neck.

*

Han transcurrido más de seis semanas desde mi última visita al Módulo. Aquí adentro ha habido cambios. La milpa que rodea el edificio está pidiendo ser doblada y junto a la entrada hay una mata de güisquil que florea. Ya no son 10 sino 13, y el aumento ha obligado a ocupar como dormitorio el cuarto cuadrado tres por tres de las inyecciones. A la camilla le han arrancado la parte acolchada para ablandar el suelo sobre el que uno de los nuevos duerme.

En el penal el director ya no es David Barillas.

También encuentro distinto a Neck. La mano huesuda sigue en su sitio, cautivadora siempre, pero él luce demacrado, el pelo más largo y desordenado, los ojos hinchados como solo los hinchan las lágrimas o el crack. Parece incluso más bajo, más poca cosa.

Me pide que le describa cómo es Tierra Nueva I. Él no conoce las calles por las que a diario caminan su esposa y sus hijos. Hablamos sobre Jonathan, sobre la visita a su escuela, sobre los dibujos que escandalizan a su profesora. Resuenan las palabras que Brigitte dijo en la visita anterior: él le hace ver a Jonathan todas las consecuencias que trae ser pandillero.

—¿Y qué tipo de consejos le das? –pregunto.
—Que no ande con gente que anda tatuada, que no ande con gente que sabe que roba…

Neck baja la mirada, se empequeñece, consciente quizá de que su siguiente frase debería ser: “Que no ande con gente como yo”.

—A él le digo que como persona se tiene que desarrollar, ¿mentendés? Tiene que aprender a hablar y a expresarse.
—¿Y qué te gustaría que fuera de mayor?

Neck calla un par de segundos, tres, cuatro. Baja la mirada de nuevo. Al fin responde que le gustaría que Jonathan se convirtiera algún día en médico o en arquitecto. Pero su respuesta me suena improvisada y hueca, como si nunca antes nadie le hubiera preguntado algo parecido, como si nunca antes hubiera pensado que existe un futuro.


--------------------------------------

* Los nombres de algunos personajes y lugares de este relato se han modificado por razones de seguridad.

Cementerio Verapaz

Sobrevivió una gallina. De la casa de don Catarino, una de las pocas de ladrillo, apenas quedan los muros. Él estaba trabajando, pero a su esposa y a sus tres hijas las arrastró la correntada que la madrugada del domingo bajó del volcán Chichontepec, justo en el centro de El Salvador. Nadie aquí se explica cómo sobrevivió la gallina.

—Las tres niñas se murieron. Solo han hallado a una, la más grande, y es la que están velando. Las otras dos, a saber dónde estarán. La madre allá abajo la hallaron, golpeada, y la llevaron al hospital de San Vicente. Y dicen que allá murió.

Habla Mercedes Portillo, de 55 años y vecina de Don Catarino. Viste una vieja camiseta gris, falda verde y chancletas de piscina, todo prestado por su hija Teresa. Mercedes es enérgica y lleva la voz cantante en este corrillo de personas que hoy, mediodía del lunes, toman café y comen frijoles licuados y pollo con arroz que trajo una familia altruista llegada desde otro pueblo. La conversación, obvio, gira en torno a la tragedia ocurrida dos noches atrás en Verapaz.


Situado a poco más de una hora al oriente de San Salvador, Verapaz es uno de esos pueblos que rarísima vez aparecen en los periódicos locales. Su caso urbano son –eran– apenas nueve cuadras de largo por seis de anchura, un lugar en el que todos se conocen y donde la palabra ruralidad aún tiene razón de ser. Los hombres llevan con orgullo el sombrero de ala y el corvo colgado del brazo.

Este pueblo ignoto se convirtió de la noche a la mañana en el símbolo de la última tragedia que afecta a El Salvador, un pequeño país que en la última década ha sufrido dos terremotos, una erupción volcánica y las lluvias torrenciales provocadas por el huracán Stan en 2005 y ahora por Ida.

Las cifras oficiales aún bailan, pero el último reporte habla de 144 fallecidos en todo el país, decenas de desaparecidos, unos 15.000 damnificados, 229 casas destruidas y más de 1.800 afectadas. Y cosechas perdidas, y puentes destruidos y carreteras inutilizadas. Verapaz aporta una cuota importante de tanta desgracia.

Mercedes es de las afortunadas entre los residentes de la lotificación El Triunfo. De su casa no queda nada, pero ella, su hija Karla y su compañero de vida, José Isabel Romero, pudieron huir con lo puesto, y ahora están en la vivienda de otra de sus hijas. Perdieron todo: los documentos, la refrigeradora, la cocina, las dos camas y el televisor. Pero lo que más siente ella es que el deslave se llevara también la cosecha de maíz, la de frijoles y el pipián que José Isabel había sembrado. Se perdió el sustento para todo el año.

—Mire, sí vamos a aguantar hambre aquí –dice resignada–. ¿Y ahora? Que ni trabajos hay, y ya uno de viejo que ni puede trabajar.

Alrededor, el panorama es desolador. El volcán está a unos 10 kilómetros, verde intenso bajo el sol radiante, y se ve con claridad el pedazo marrón que se desprendió y provocó un alud de fango, rocas y árboles que devastó esta zona. La lava, como llaman por aquí a estos fenómenos, arrasó con la docena de casas que conformaban la lotificación El Triunfo antes de arremeter e inundar el resto del municipio.

Parece hacerse una idea de lo que ocurrió aquí, basta reflexionar sobre un dato. El pluviómetro oficial ubicado en el volcán registró en seis horas –desde las 10 de la noche del sábado hasta las 4 de la madrugada del domingo– 293 litros por metros cuadrado. Esa es toda la lluvia que cae sobre Madrid en un año entero.

Lo que queda es un solar de lodo resecándose y los tres árboles gigantes que aguantaron la embestida. De las viviendas, apenas el muro de la de don Catarino y la gallina.

Transcurridas apenas 34 horas desde el deslave, las calles del resto del pueblo están llenas de lodo, de rocas y de troncos y raíces, pero también están llenas de curiosos, rateros, socorristas, militares y policías y funcionarios. Ha llegado hasta el presidente de la República, Mauricio Funes.

Mercedes quiso saludarlo cuando estuvo hace unos minutos en la colonia San Antonio, la inmediatamente inferior, pero ni siquiera pudo verlo de cerca. “Los soldados lo empujan a uno, como si le fuera a hacer algo malo”, se queja.


En la parte baja de Verapaz, en el cruce de la 1.ª calle oriente con la 2.ª avenida norte, hay un tapón de escombros descomunal. Lo que más se ve son troncos y raíces, pero también hay pedazos de pared arrancados, rocas, un camión estrujado con un foco aún encendido y enseres varios: un televisor, un par de refrigeradoras, un paraguas abierto.

Encima de todo eso hay un grupo de socorristas de la Ong Comandos de Salvamento con motosierras. Intuyen que debajo puede estar alguna de las 47 personas que siguen desaparecidas. Y junto a ellos, como si fuera parque de atracciones, pasan como pueden turistas que quieren ver los estragos o grabarlos con su celular. No importa que a ambos lados de la calle la Policía haya cruzado dos bandas amarillas con la inscripción “No cruzar”. La curiosidad y el morbo pueden más que el sentido común.

Aquí arriba, en El Triunfo, sube menos gente. De hecho ayer domingo solo recibieron la visita de los rateros que vienen a ver qué encuentran para hurtarlo.

Ahora se acerca al corrillo otro vecino, Mauricio Ramos, un anciano de 74 años que también logró escapar del alud con lo puesto. Está delgado, algo encorvado y su rostro expresa cansancio, pero tiene el orgullo del campo en la mirada. Colgado en su hombro izquierdo, el corvo enfundado.

Pide por favor si le puedo prestar el teléfono para hacer una llamada a uno de sus hijos, que vive cerca de la capital. Han pasado 35 horas y aún no se ha podido comunicar con ellos.

—¿Qué pasó, hijo?
—…
—Por aquí estamos todos fregados, nos llevó todo la lava.
—…
—Aquí, donde vivíamos, pero en la mera lava estoy ahorita.

Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos

Todo era diferente hace unas horas. El agua ha sustituido al asfalto; hay lanchas y cayucos donde antes había autobuses y carros; manglar en vez de cemento; verde en lugar de gris; quietud y no zozobra. El hace unas horas eran las agresivas calles de San Salvador. Y el ahora es un lugar llamado bahía de Jiquilisco, reducto de exuberante naturaleza situado a poco más de 100 kilómetros de la capital de El Salvador. Tan cerca y tan lejos.

Es una bahía paradisíaca pero no muchos lo saben.

—¿Y el turismo lo ven como oportunidad o como amenaza?

—Para nosotros sería una oportunidad todo y cuando el turista venga a observar nuestros recursos, no a dañar. La apuesta aquí es el turismo sostenible, el ecoturismo –dice Cristabel Flores, directora de Codepa, una ONG que trabaja en y por la bahía desde hace 11 años.

Turismo sostenible, dice.

***

Bautizado por la Nobel chilena Gabriela Mistral como el Pulgarcito de América, El Salvador es el más chiquito país latinoamericano y también el más densamente poblado (una densidad seis veces superior a la de Panamá). Con estas variables no resulta tan sencillo hallar lugares donde el hombre no haya dejado su impronta. Situada en la zona oriental, en un departamento llamado Usulután, la bahía de Jiquilisco representa la mayor extensión de manglares de todo El Salvador. Estos son sus números: 635 km² repartidos entre seis municipios, temperatura promedio mensual superior todo el año a los 20 °C, decenas de especies de reptiles y mamíferos, cientos de especies de aves. Esteros y canales laberínticos, playas blancas e infinitas, islas desiertas e islas habitadas.



En su currículum destacan dos nombramientos. Desde 2005 forma parte del listado de humedales de importancia internacional Ramsar. Y en 2007 la UNESCO le otorgó el título de Reserva de la Biósfera. Pese a estas credenciales, y a que está a menos de dos horas de la capital, la bahía apenas está presente en la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña.

Walter Rojas, de la gerencia de áreas naturales protegidas del Ministerio de Medio Ambiente, prefiere destacar el importante papel ambiental que cumple la bahía, y le apuesta también a un turismo limitado: “Uno de los sueños es fomentar el ecoturismo, ese turismo que comparte con las comunidades, que ayuda a los pobladores y les genera fuentes de ingreso”.

***

Amanece en la bahía. El sol no ha salido, pero ya clarea. En la comunidad La Pirraya comienza el vaivén de lanchas que singulariza a los asentamientos pesqueros. Para las más grandes y atrevidas es hora de regresar. Llegan una tras otra, cargadas con el fruto de una larga noche en mar abierto. Para las más pequeñas, al contrario, el amanecer es el arranque de la jornada, el momento ideal para adentrarse en la bahía y probar suerte. Pero todas, grandes y pequeñas, tienen en común la dependencia del mar y los vistosos colores.

El mar ahora está calmado y plateado. En la orilla los primeros en llegar desembarcan grandes peces. Hay bagres, jureles y pargos, pero en poca cantidad. La pesca, dicen todos por acá, está cada vez peor. Sentado sobre la arena, José Ovidio Perdomo, don Ovidio, observa, quizá añorando los largos años en los que él también fue pescador. Alguien muestra orgulloso un robalo de casi medio metro.

—¿Y aún puede ser más grandes?

—Sí –responde–. Hay veces que hasta de 60 libras. Por ahí tienen tendido uno de 25.




Don Ovidio nació junto al mar y todo indica que morirá junto al mar, en La Pirraya. Tiene 58 años, es bajito, los ojos claros y la piel requemada. Ahora trabaja como guardarrecursos, pero antes le tocó de pescador, camaronero, tortuguero y curilero. Es la voz de la experiencia.

—Don Ovidio, ¿y donde se compran estas lanchas?

—Aquí mismo se la pueden fabricar.

Rosendo Castillo –56 años, grueso y cachucha en la cabeza, como casi todos en la bahía– fabrica lanchas de fibra de vidrio, las más solicitadas. Su taller, por llamarlo de alguna manera, está sobre la línea de playa. Es una humilde construcción de palma y madera con techo de lámina que apenas sirve para proteger de la lluvia y el sol las lanchas en ciernes. Él y sus cuatro ayudantes están construyendo ahora una con nevera, para poder pasar varios días en altamar. Es de las que más trabajo requieren. Tardarán nueve días y cobrarán 3,500 dólares por el trabajo.

—A La Pirraya –dice Rosendo, orgulloso– el primero que vino es un cuñado mío que por allí vive. Después me vine yo.

La Pirraya, de hecho, es una comunidad joven y a la que solo se puede llegar en lancha. Hasta hace unas décadas acá no había casas. Pero en los primeros años de la guerra civil que afectó a El Salvador en la década de los 80, decenas de familias desplazadas terminaron aquí. Hoy la conforman más de 200 familias que en su gran mayoría dependen del mar.

***

En La Pirraya no hay discotecas ni restaurantes de cinco tenedores ni polideportivos ni museos ni parques de atracciones. Lo que sobra es sol, playas, pescado y tranquilidad. Es un lugar ideal para eso que algunos llaman turismo antropológico. Eso sí, el billar que atiende Esperanza Rivas, el único en toda la comunidad, permite degustar al final del día, sobre la arena y por un dólar, la cerveza más fría y agradecida que uno pueda imaginar.

***

El taller de Rosendo está a mitad de camino entre el singular muelle de madera y el vivero de tortugas. Desde hace años funciona en este sector de la bahía una red de guardarrecursos que entre mayo y diciembre están pendientes de los desoves de diferentes especies de tortuga marina: carey, golfina, prieta y baule. Don Ovidio fue por años el encargado del vivero, labor en la que hoy le ha sustituido un joven de 17 años –también de La Pirraya– llamado Moisés García.

—¿Y cuánto tarda en nacer la tortuga carey?

—El manual que nos han dado –responde don Ovidio– dice que entre 55 y 60 días después de la puesta, pero, asegún la temperatura que tenemos actualito aquí, yo sé que nacen siempre a los 55 días. Eso yo lo tengo aquí –y se señala con satisfacción la sien.

Para dentro de cuatro días esperan que una nidada eclosione.

Debido a la merma en las poblaciones, El Salvador decidió el año pasado prohibir todo tipo de comercialización de los huevos de tortugas. Este vivero ofrece a los pobladores tres dólares por cada docena que llevan, y el 100% de las tortugas que nacen son liberadas al mar. Además del beneficio medioambiental, la precisión de don Ovidio para conocer las fechas de eclosión de los huevos han convertido las liberaciones de tortugas en un prometedor reclamo turístico.



Algo similar está ocurriendo con los paseos en lancha o en kayak por el manglar. En coordinación con el Ministerio de Medio Ambiente, las distintas cooperativas y asociaciones comunitarias que conforman Codepa comienzan a ver el filón. Ya se está ofreciendo a los pocos turistas que llegan, por ejemplo, que sean ellos mismos los que recolecten entre el lodo las conchas para luego elaborar cócteles.

Adentrarse en el manglar es toda una experiencia. Con un buen guía y marea alta, uno puede llegar en lancha a canales de agua por los que apenas pasa la embarcación. Sea la hora que sea, ingresar en este laberinto de raíces supone un contacto directo con uno de los ecosistemas más productivos del planeta. La vida se respira. La temperatura baja de forma súbita y el sol se desvanece, al punto que las cámaras fotográficas comienzan a exigir el flash para garantizar imágenes iluminadas.

—Entre más caminemos para adentro, más cerrado –advierte Miguel Rodríguez, el lanchero.

Es hora de retirarse.

***

El manglar circunda Puerto Parada, el cantón al que se dirige la lancha y que funciona como una de las dos puertas de acceso y salida a toda la bahía. La otra es Puerto El Triunfo, otro municipio en el que tener una lancha es más codiciado que tener un carro.



Al llegar a Puerto Parada, un grupo de jóvenes ha formado cadenas humanas que se tiran de forma vertiginosa pero sincronizada los cocos llegados a bordo de una barcaza. Hay bromas y buen humor. Los cocos, la única actividad agrícola en todo el sector oriental de la bahía, terminarán casi todos en San Salvador. Al fin de cuentas, la capital y su asfalto y sus carros y su cemento y su gris y su zozobra están a menos de dos horas. Tan cerca y tan lejos de la bahía.

Related Posts with Thumbnails