La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad

Fotografía: Roberto Valencia
Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.  


***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí...
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***


  
Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia... También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo el olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.


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La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.


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Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.


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Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs...–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!


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La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?


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Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.


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La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.


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Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.


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Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.


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Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?


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—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.


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Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.


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El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.


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Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.


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La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.


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En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.

Las maras trastocan la matemática del fútbol

La evidencia está en la propia Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut), a la vista de quien la quiera ver. Apenas se ingresa en el edificio principal, a mano derecha se encuentran los cubículos reservados para la Segunda División, con su gran tablón de anuncios al fondo y un rótulo explícito: Campeonato 2011-2012. Debajo, perfectamente ordenadas y sostenidas por tachuelas de colores, 10 hojas con las alineaciones de los equipos. C.D. Chalatenango, dice el primero; luego, nombres de sus jugadores y el número asignado: con el 1, fulano; con el 2, mengano; con el 3, con el 4, el 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, todo normal hasta ahora, con el 12, con el 51, el 14, 15, 16, 17, con el 52, el 19… No hay 13, no hay 18.

De 20 equipos inscritos en la llamada liga de plata, el Chalatenango forma parte de la docena que han dejado de utilizar los dorsales 13 y 18. Los clubes que han tomado la misma medida en la Tercera División son 27 (de 36), y ni siquiera la máxima categoría, la Primera División, escapa al fenómeno: ni Luis Ángel Firpo ni Isidro Metapán ni Juventud Independiente asignaron esos números, mientras Atlético Marte y Vista Hermosa creyeron conveniente que ningún jugador llevara el 13 en su espalda.

En las tres máximas categorías del fútbol nacional son 66 los clubes inscritos, de los que apenas 14 –el 21%– consideraron oportuno en esta temporada usar el 13 y 18, números relacionados con la Mara Salvatrucha (o MS-13) y con el Barrio 18, las principales pandillas que operan en el país. Con la medida, aseguran quienes la están ejecutando, se pretende evitar ataques contra los jugadores.

Pero no todos comparten que sea una iniciativa acertada. Marcelino Díaz, un sicólogo forense que desde 1993 trabaja en el Instituto de Medicina Legal, cree que de alguna manera se está legitimando a las maras y reconociendo su influencia en la sociedad. “Es al Estado al que le corresponde controlar, mediante leyes, la conducta de las personas, pero en El Salvador muchos aspectos de la conducta social los controla un grupo delincuencial, y esto que sucede con el fútbol es un claro ejemplo”, dice.

El Salvador presenta una de las tasas de homicidios más elevadas del mundo: 65 por cada 100 mil habitantes en 2010, cuando Naciones Unidas considera epidemia si se alcanzan los 10 por cada 100 mil. Según la Policía Nacional Civil (PNC), más de la mitad de los asesinatos están relacionados con las maras. La Fuerza Armada va más allá y habla del 90%.

“El miedo es la forma más efectiva para controlar una sociedad y las pandillas lo saben”, agrega el sicólogo Díaz.


La génesis

La decisión de renunciar al 13 y al 18 no es tan nueva. El mundo del fútbol comenzó a valorarla –por iniciativa propia y bajo absoluta discreción– hace al menos cuatro años. Después de recibir algunas quejas de jugadores que portaban esos números, la medida se discutió en juntas de presidentes de cada una de las categorías y se aprobó como una sugerencia, para que fueran los equipos los que en última instancia tomaran la decisión.

En lo que podría interpretarse como un síntoma de la expansión del fenómeno de las maras, el paso de los años no ha hecho sino incrementar el número de equipos que prescinde de esos números.

“Es para proteger a los jugadores”, dice Osvaldo Pinto, presidente de la Segunda División y del Santa Tecla F.C. Todos los representantes de equipos consultados coinciden en definir la iniciativa como una apuesta por la prevención, para prevenir agresiones. “El tema de las maras se ha desbordado –detalla Pinto–, al gobierno central se le salió de las manos, y lo que hemos hecho como liga es prevenir, para que a nuestros jugadores no les pase nada”.

La concesión afecta de forma transversal a todo el fútbol salvadoreño, pero basta analizar las nóminas oficiales que los equipos enviaron este año a la Fesfut para concluir que la prudencia –o el miedo, según se mire– se ha extendido más en las categorías inferiores. Resulta significativo, sin embargo, que en la Primera División solo cinco equipos estén utilizando los números 13 y 18: Águila, Universidad de El Salvador, FAS, Once Municipal y Alianza.

“Es una decisión del fútbol en general”, acota Pinto, “aunque cada presidente es libre de hacer lo que quiera con su equipo”. Lo decidido, eso sí, no parece tener marcha atrás. Para la presente edición del Torneo de Apertura, la Segunda incluso optó por zanjar el asunto y sustituir el 13 y el 18 por el 51 y el 52, respectivamente.

Un sondeo entre dirigentes de distintos equipos confirma las causas y permite conocer detalles del porqué de un cambio así. “Para un jugador es un peligro ir con esos números en la espalda cuando viene desde Soyapango o zonas así”, dice Orsy Tejada, presidente del Brasilia, de Suchitoto (Cuscatlán). “Nosotros para esta temporada dejamos de usarlos, después de escuchar a otros equipos que tenían ese problema”, dice Hernán Vargas, representante del ADI de Intipucá (La Unión). “Nuestro portero aún juega con el 13 en la espalda, pero estamos valorando quitar ese número porque algunos jugadores viven en otros lugares y los pueden atacar”, dice Elba Josefina Peña, presidenta de La Asunción, de Anamorós (La Unión). “Muertes por esta causa no ha habido aún, pero sí golpes, improperios, agresiones verbales, piedras, etcétera”, dice Pinto.

¿Por qué 13, por qué 18?

El Barrio 18 o la 18 (conocida erróneamente también como Mara 18) es el nombre hispano de la 18th Street Gang, una pandilla creada en la década de los sesenta en la ciudad de Los Ángeles. Formada originalmente por migrantes mexicanos, distintos investigadores le atribuyen el hecho de haber sido la primera pandilla de origen latinoamericano que se abrió a personas de origen distinto. En la actualidad en El Salvador se encuentra dividida en dos facciones llamadas Sureños y Revolucionarios que, si bien mantienen entre sí una rivalidad a muerte, ninguna ha renunciado al 18 como seña de identidad.

Los orígenes de la pandilla rival, la MS-13, son más recientes. Surge también en Los Ángeles, pero bien entrada ya la década de los setenta, y también en el área de Rampart, el mismo sector en el que nació la 18. Algunos investigadores consideran que la Mara Salvatrucha es una escisión del Barrio 18, singularizada porque en sus inicios el grueso de sus integrantes eran migrantes salvadoreños.

Tanto la MS-13 como el Barrio 18 son pandillas sureñas, es decir, están bajo el paraguas de una misma estructura criminal superior llamada la Mexican Mafia o la eMe. El número aglutinador de identidad de la eMe es el 13 –la letra M es la decimotercera del alfabeto–, y por esa razón todas las pandillas sureñas se identifican con ese número. Contrario a la creencia popular, el 13 las une; no las divide. Cientos de pandilleros de la 18 tienen el 13 tatuado sin que ello suponga problema alguno.

El 18, por el contrario, es un número prohibido y denostado entre los integrantes de la Mara Salvatrucha, por ser de uso exclusivo de la pandilla rival, que lo adoptó porque en sus orígenes comenzó a hacerse fuerte en algunos sectores de la calle 18 de Los Ángeles.

La simbología en torno a estos dos números se gestó, pues, en Los Ángeles, a miles de kilómetros de El Salvador. Centroamérica la importó y la radicalizó. Y el fútbol salvadoreño está pagando hoy un peaje.

Las valoraciones

El Faro consultó a tres comisionados de la PNC sobre el hecho de que dos de cada tres equipos de fútbol salvadoreños hayan, por temor a las maras, renunciado a números de uso habitual. Ninguno de los tres dijo haber sido informado oficialmente de la medida.

Gersan Pérez es el comisionado que está al frente de la Delegación San Salvador Centro, y eso le obliga a estar pendiente de los planes de seguridad para todos los partidos oficiales que se juegan en la capital, lo que incluye los juegos de Alianza, Atlético Marte, Universidad de El Salvador y también los de la selección nacional. “No tengo información de que ya no se estén usando esos números, pero, si lo están haciendo, supongo que lo harán para evitar problemas, aunque creo que es una exageración, darle más importancia a las cosas que la que en realidad tienen”, dice Pérez.

El comisionado Douglas Omar García Funes, director hasta hace unas pocas semanas del Centro Antipandillas Transnacional, tampoco estaba al tanto de la eliminación generalizada del 13 y el 18, pero lo valora como algo en sintonía con la evolución y la propagación que han tenido las maras: “No tenía esa información, pero me imagino que será porque hay algún tipo de amenaza de equis pandilla”.

La noticia resultó menos sorpresiva para los responsables de oenegés que trabajan, con el fútbol como anzuelo, en el área de la prevención de la violencia. Alejandro Gutman preside Fútbol Forever, una oenegé asentada desde hace varios años en la zona norte de Soyapango. Gutman lo valora como una “medida de protección” que responde a la realidad del país. “El fútbol es un ambiente vivo en todo el mundo, que refleja lo que sucede en cada sociedad, y en El Salvador las pandillas forman parte de la cotidianidad en la sociedad, están absolutamente incorporadas en el diario vivir de infinidad de comunidades”, dice.

Para Jorge Bahaia, presidente de la Fundación Educando a un Salvadoreño (FESA) –que trabaja en la formación integral de jóvenes de diferentes estratos sociales–, el fútbol y su arraigo en El Salvador no representan una amenaza, sino una oportunidad que hay que aprender a canalizar: “A los jóvenes en riesgo hay que apoyarlos, porque nadie nace malo; los salvadoreños con conciencia social debemos dedicar tiempo para orientar bien a los jóvenes, que aporten al país”.

Consultado sobre si renunciar al uso del 13 y del 18 no supone reconocer tácitamente que las maras han doblegado al fútbol salvadoreño, prefiere no opinar. “Es una medida que desconocía”, dice. Sin embargo, el Turín Fútbol Club, el equipo integrado por los muchachos más destacados de FESA, es uno de los 27 de la Tercera División que han descartado los números.

Un país violento

Al margen de la interpretación que se haga, de si se trata de un acierto o un error, de si la medida es una exageración o se queda corta, en lo que hay unanimidad es en que la eliminación de los números está directamente relacionada con la inseguridad y la violencia que afectan a El Salvador.

Los números 13 y 18 son de uso corriente en el fútbol. En la liga española, por citar un ejemplo recurrente, el Real Madrid tiene asignado el 13 a Antonio Adán (el suplente de Iker Casillas) y el 18 a Raúl Albiol, mientras que en el FC Barcelona el 13 lo carga Juan Manuel Pinto (suplente del portero Víctor Valdés) y el 18 está a la espera de adjudicación desde la salida en junio de este año de su último propietario: el argentino Gaby Milito.

Para el sicólogo Marcelino Díaz, la supresión es un paso atrás como sociedad: “Evidencia que las pandillas, con sus muertes violentas y sus descuartizamientos, han logrado intimidar a una sociedad”.

En su lectura, lo que está pasado en el mundo del fútbol no dista tanto de otras realidades también motivadas por el desarrollo de las maras, como el hecho de que algunos institutos públicos estén en la práctica alineados con una u otra pandilla, lo que los convierte en centros vetados para jóvenes que viven en áreas bajo influencia de la pandilla contraria, aunque no estén integrados en la mara.

“Poco a poco estamos dejando que los pandilleros nos impongan lo que tenemos que hacer. Aunque esto del fútbol parezca algo mínimo o simbólico, si se empieza a ceder en estas cosas, luego llegarán más peticiones”, concluye el sicólogo Díaz.

Barrio Jorge Dimitrov


Sobre la Pista de La Resistencia, uno de los ejes viales más transitados de la capital nicaragüense, se alza imponente una estatua de seis metros de altura que se trae un aire al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Ubicada en medio de una gran rotonda, levanta sus brazos como si se dispusiera a abrazar a alguien, pero un chascarrillo regado por Managua dice que no, que los tiene levantados porque lo están atracando. Ni Cristo se libra de los asaltos en las inmediaciones de esa rotonda, la rotonda de Santo Domingo, donde empieza y termina el barrio Jorge Dimitrov. 

Cuando a un nicaragüense se le pregunta por las colonias más conflictivas de su capital, por esas que nunca visitaría de buena gana, se suceden nombres como Villa Reconciliación, el Georgino Andrade, Las Torres o el reparto Schick, pero es el barrio con nombre de vodka barato, el Dimitrov, el que siempre aparece en todas las respuestas. ¿Un estigma generalizado entre quienes nunca han puesto un pie aquí? Seguramente también haya algo de eso, pero los mismos vecinos se saben residentes de un lugar especial, pecaminoso, casi maldito, el barrio nicaragüense violento por antonomasia.

Quizá en verdad lo sea.

*** 

Las instrucciones que ayer me dio por teléfono José Daniel Hernández sonaron tan sencillas como un mensaje cuneiforme sumerio: de la rotonda Santo Domingo una cuadra al lago, de ahí otras dos cuadras abajo y 75 varas al lago, y pregunte por la casa comunal. Vaya en un taxi de su confianza, apostilló. Pero los taxistas rehúyen el Dimitrov. Dicen que mucho asaltan, que no merece la pena arriesgarse por los 30 o 40 pesos (menos de dos dólares) de una carrera... Muchos prefieren perder al cliente. Tres he parado esta mañana antes de que uno haya aceptado a regañadientes llevarme, y la plática durante el trayecto ha sido sobre la leyenda negra que el barrio aún tiene entre el gremio. Algo parecido sucederá el resto de días.

Es julio y es martes, pasan las 2 de la tarde. Nubes grises cubren Managua pero esperarán a que anochezca.

José Daniel tiene 57 años, seis hijos y la piel tostada como un hombre de campo, aunque vive en el Dimitrov desde que se fundó. Combatió por la Revolución –estuvo en el Frente Sur a las órdenes de Edén Pastora, el Comandante Cero en la toma del Palacio Nacional–, pero ni la militancia guerrillera ni su lealtad al Frente Sandinista y a Daniel Ortega le han permitido prosperar lo suficiente como para irse del barrio. Yo aquí soy el responsable de infraestructura de la comunidad, me dice al nomás conocernos. Tener un rol en la comunidad, por pequeño que sea, parece ser motivo de orgullo en Nicaragua.

—Tengo que visitar a una señora a la que un árbol le cayó en la casa –me dice–, ¿me acompaña?

El Dimitrov es un barrio ofensivamente pobre, de esos en los que hay familias que ni pueden pagar la caja cuando alguien fallece. En casos así la comunidad provee. Dice José Daniel que con los años se ha perdido mucha de la genuina solidaridad entre vecinos, pero algo queda, y sin pretenderlo ahora se dispone a interpretarlo.

—¿Ve? –dice José Daniel al llegar a la casa de Angélica, en la que vive con su esposo y tres hijos pequeños–. El ventarral de ayer botó el palo de mamón sobre la casita y la desbarató –y en efecto, una casucha desbaratada–. Es una familia humilde, pero ya hemos pedido el material para hacer la casa a la señora.
—¿Y quién da esa ayuda?
—La alcaldía ha regalado las láminas. Llamamos al distrito, vinieron ayer mismo y nos dijeron: mañana traemos el material. Y ¡bang! Aquí está. Y ahora le ayudaremos a colocarlas. A mí me toca andar en estas vainas.

El improvisado paseo prosigue.

El Dimitrov es descomunal: 21 mil almas, según el letrero de la municipalidad ubicado en una de las entradas. Bajo una maraña de cables se amontonan las casas, una tras otra, sin que haya dos iguales. Las hay de dos plantas, bien repelladas, algunas hasta con su pedacito de acera. Las hay también que son un montón de láminas ensambladas de mala manera, o hechas con desechos. Pero todas –todas: las plantosas, las dignas, las míseras, las infrahumanas– tienen en común que cuentan con algún mecanismo de defensa: vidrios rotos que coronan muros, rejas con soldaduras toscas en puertas y ventanas, el recurrente alambre de púas retorcido y oxidado... Las calles anchas son las únicas que conocen el pavimento, pero apenas pasan carros y se echa en falta lo demás: buses, paradas, semáforos, bancas, aceras… Las calles más estrechas de este laberinto, la mayoría, son de tierra, lo que intensifica la sensación de abandono.

—De tres meses para acá está más calmado, casi ni se escuchan balazos. Siempre hay muchachos que siguen robando porque es el billete más fácil… Si viene usted solo por aquí, lo agarran, le ponen la pistola y le quitan las cuestiones. Pero hace un año era peor, ahora se ha calmado…
—¿Y a qué lo atribuye usted? –pregunto.
—Pues a que los pandilleros más dañinos están presos, se les han recuperado todas las armas, y bueno, porque la comunidad ya no aguantaba y comenzó a bombiar. Así se le dice aquí a señalar: fulano en tal parte esconde tal cosa, fulano en tal parte esto otro, fulano esto, fulano lo otro…

La comunidad ya no aguantaba, dice. La comunidad.

*** 

Hay quien no concibe un relato periodístico sin un buen vómito de números.

El resumen numérico del Dimitrov diría algo así: 54% evangélicos, 39% católicos. Diría también que en el 61% de las casas conviven seis o más personas, que en el 70% de los hogares los ingresos mensuales son inferiores a 316 dólares y en el 19% no alcanzan siquiera los 106 dólares. Diría que el techo del 99% de las casas es de zinc, con paredes de concreto (67%) o de madera (14%), diría que el 84% posee las escrituras, que el 24% cocina con leña, que apenas el 18% tiene chorro de agua dentro de la casa, que el 98% de las casas están conectadas a la red eléctrica, sí, pero el 20% son conexiones fraudulentas. Diría también que el 60% de los residentes no ha cumplido los 30 años, y que el 36% –uno de cada tres– son menores de edad. Sobre la violencia, el resumen diría que el 92% de los vecinos creen que el Dimitrov es violento o muy violento, y que cuando se les piden ejemplos de violencia, citan los asaltos, luego las peleas entre pandillas, luego las balaceras; diría también que el 24% opina que la violencia más común es la intrafamiliar, que el 64% pide más y mejor presencia de la Policía Nacional, y que el 52% cree que hay un problema real de venta de drogas, marihuana y crack sobre todo. Tan solo el 0.9% de las casas tienen acceso a internet, diría también. Y todas estas cifras son nomás una fracción de las incluidas en el “Diagnóstico socioeconómico en el barrio Jorge Dimitrov”, realizado por una ONG llamada Cantera, tras visitar y hacer encuestas en 214 viviendas entre el 9 y el 14 de febrero de 2011.

Pero el Dimitrov es mucho más que un buen vómito de números, la coraza que demasiadas veces impide escuchar los latidos de un lugar.

*** 

El escritor Sergio Ramírez, uno de los referentes de la literatura nicaragüense, describe periódicamente Managua, y lo hace sobre un mismo texto base escrito hace una década titulado “Managua, Nicaragua is a beautiful town”, al que le suma o le resta metáforas y datos. Lo que no ha cambiado es el tono de desdicha que da a la ciudad; tampoco el referente que usa para ilustrar las barriadas pobres y peligrosas. Managua es, dice Ramírez en la versión de junio de 2010, “un campamento de un millón y medio de habitantes, un cuarto de la población total del país. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la Revolución”.

De los que viven en lugares como el Dimitrov, dice Ramírez, hay que defenderse. 


*** 

Roger Espinales es uno de los agentes de la Policía Nacional destacados en el Dimitrov. Es sicólogo. Entre sus funciones está reunirse a diario con los principales actores de la comunidad, también con pandilleros y sus familias. El barrio tiene fuerte presencia de pandillas, si bien esta palabra en Nicaragua tiene muy poco que ver con el fenómeno de las maras. Muy poco que ver.

En esta parte de Centroamérica la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 suenan tan exóticas como la Camorra napolitana o la Mafia rusa. Los nombres de las pandillas presentes en el barrio parecen la lista de equipos de una liga amateur de fútbol: Los Galanes, Los Parqueños, Los Pegajosos, Los Gárgolas, Los Puenteros, Los del Andén 14, Los Diablitos… El agente Espinales también cree que el Dimitrov es un lugar complicado, pero está optimista por lo que encontró a su llegada. La comunidad, dice, aún se ve relativamente bien organizada, y las pandillas tienen muy poco que ver con los monstruos que operan en los países ubicados al norte de la frontera norte.

—Lo que me sorprende de El Salvador o de Honduras –se sincerará el agente Espinales al final de una de las pláticas– es que una comunidad entera se deje dominar por 30 o 40 pendejitos de una pandilla; se llame como se llame. Es algo insólito.

En su boca, la palabra comunidad suena distinto. Suena a comunicación, a comunión, a comuna… Suena a comunidad.

*** 

Aletta fue el nombre con el que se bautizó en 1982 la primera tormenta tropical en el ccéano Pacífico. Entre el 22 y el 24 de mayo descargó un mar sobre Nicaragua: los muertos se contaron por docenas, los evacuados por miles, y las pérdidas por millones, en un país que apenas comenzaba a empaparse de su nuevo rol en el tablero político internacional. En Managua, una de las zonas más afectadas fueron los asentamientos de la orilla del lago Xolotlán. El agua se tomó barrios como La Tejera, Las Torres o La Quintanilla, y, tras la orden de evacuación gubernamental, cientos de familias salieron en camiones de la Fuerza Armada rumbo a un predio vasto e inhóspito, pero bien ubicado, no muy lejos de la Universidad Centroamericana (UCA).

—Aquí donde estamos ahora –dice José Daniel, el líder comunal– era una arbolizada grande. Había vacas, como que antes era hacienda o algo así, dicen que propiedad de la familia Somoza. Nosotros vinimos y comenzamos a destroncar, cada uno su parte pues, ¿me entiende?

Se repartieron terrenos de 10 por 20 metros, alineados todos, y cada quien levantó lo que pudo con lo que tenía a mano. Como comunidad en ciernes, las prioridades fueron el agua y la luz. Para el agua, adquirieron entre todos materiales, cavaron zanjas y pronto abrieron chorros colectivos. Para la energía, la embajada de la República Popular de Bulgaria, país con el que se habían abierto relaciones diplomáticas tras el triunfo de la revolución, donó la electrificación.

Sin Aletta y sin revolución no existiría el Dimitrov, al menos no con ese nombre.

—Todavía no nos llamábamos de ninguna manera, y nosotros, agradecidos con el embajador, le dijimos que eligiera el nombre de algún líder de Bulgaria. Jorge Dimitrov, dijo, y Jorge Dimitrov le pusimos, sin saber ni quién era. Ya luego nos trajeron libros y comenzamos a ver la historia de él…

Georgi Dimitrov Mijáilov (1882-1949) destacó desde joven como dirigente sindical y, tras una vida sazonada de juicios, conspiraciones, clandestinidades y exilios, el máximo líder de la URSS, Iósif Stalin, lo recompensó con el cargo de secretario general de la Internacional Comunista. Tras la II Guerra Mundial, Bulgaria quedó al otro lado del telón de acero, abandonó la monarquía, y Dimitrov se convirtió en 1946 en su primer primer ministro. Falleció tres años después, por lo que hubo tiempo para la exaltación de su figura al más puro estilo soviético. Pero en 1990 el socialismo colapsó en Bulgaria, el héroe pasó a ser un proscrito, su cuerpo –embalsamado por cuatro décadas en una urna de cristal– terminó en el cementerio general, y el regio mausoleo que lo albergaba fue demolido.

En la actualidad, fuera de Europa sobrevive una avenida Dimitrov en la capital de Camboya, otra en la ciudad cubana de Holguín, una modesta plaza en México DF, una estatua en una ciudad africana llamada Cotonou, y poco más; el barrio de Managua, claro. Por esos pliegues irónicos que a veces depara la historia, Dimitrov, el apellido del otrora influyente líder comunista, amigo y estrecho colaborador del genocida Stalin, en Nicaragua es hoy sinónimo de violencia e inseguridad.

—¿La gente sabe quién fue Dimitrov? –pregunto a José Daniel.
—No, poca gente lo sabe. De los jóvenes, nadie o casi nadie, pero creo que la mayoría de los que nos vinimos adultos se acordará.

“Mi profesor de sexto grado nos enseñó que era un guerrillero ruso que estuvo apoyando al Frente Sandinista”, me respondió un joven universitario del barrio, uno de los pocos que se atrevió a contestar.

El pasar de los años hizo más que diluir el porqué del nombre. También trajo mejoras –centros educativos, clínica, alumbrado, una rudimentaria cancha de béisbol…–, aunque a un ritmo insuficiente comparado con el bum urbanístico en los alrededores. Cuando uno mira hoy un plano de Managua, el Dimitrov está casi en el medio, un área muy codiciada. Ni siquiera este bolsón de pobreza evitó que en pocas cuadras a la redonda se construyeran el centro comercial Metrocentro, la nueva catedral, el Consejo Supremo Electoral, el hotel Real Intercontinental y hasta las oficinas centrales de la Policía Nacional. Aminta Granera, la primer comisionada, la mujer paradigma del buen hacer en materia de seguridad, tiene su despacho a unos pasos del barrio bravo de la ciudad.

*** 

Lo dice Naciones Unidas: Centroamérica es la región más violenta del mundo. Con esta tarjeta de presentación, cualquier iniciativa tendente a rebajar esos indicadores se antoja como un buen anzuelo para pescar en el río revuelto de la cooperación internacional. Donde hay violencia no tardan en aparecer programas que se ofrecen como preventivos –algunos incluso lo son–, para aflojar las chequeras de los financiadores europeos y norteamericanos. En este sentido, en el Dimitrov no faltan las oenegés y seguirán llegando.

El Centro de Comunicación y Educación Popular Cantera es una ONG nicaragüense que trabaja en el barrio desde hace nueve años. En un ambiente oenegero centroamericano en el que en materia preventiva prima lo efectista, de dudosa eficacia y de corta duración –semanas, meses lo más–, el solo hecho de haber permanecido casi una década en un mismo lugar pone a Cantera en un plano diferente. Su base es una especie de centro comunal llamado Olla de la Soya, ubicado en el mismísimo corazón del barrio. La coordinadora del Programa de Juventud de Cantera es una socióloga llamada Linda Núñez. Se ve más joven, pero tiene 40 años, y con el Dimitrov mantiene un vínculo emotivo desde sus años como estudiante de la UCA, cuando participó aquí en campañas de alfabetización.

—¿Sientes el barrio ahora más sano? –pregunto.
—Si lo comparo con hace 15 años, yo sí tengo un mal sabor con este barrio… Cuando llegaba como voluntaria, salíamos caminando a las 8 de la noche y nunca pasaba nada; ahorita no me atrevería. Sí, lo encuentro más violento.

El grueso de los voluntarios y del personal de Cantera es del barrio, la política de puertas abiertas en la Olla de la Soya redunda en un constante ir y venir de niños y jóvenes, avivado por el amplio abanico de opciones que se ofrece: danza, clases de inglés, fútbol, béisbol, teatro, taekwondo, fotografía… Todo gratis. El buque insignia es un programa que permite a una treintena de jóvenes aprender un oficio –gratis también–, formación que se complementa con una capacitación en valores, bautizada con el sugerente nombre de Habilidades para la vida.

Pero Linda, franca, admite que incluso en Nicaragua –que se va a los penales con Costa Rica por el título de país centroamericano más civilizado– el problema de violencia sobrepasa los intentos por contrarrestarla. Confiesa además una preocupante falta de coordinación entre las distintas oenegés e instituciones que compiten por los euros. Y por muy efectivo que sea un esfuerzo en concreto, la matemática es como un huacal de agua helada: a los programas de Cantera asisten unos 90 jóvenes, cuando se estima en 4 mil las personas entre los 15 y los 25 años de edad que hay en el Dimitrov.

—Linda, ¿se puede ser optimista con estos números?
—La realidad invita a las dos cosas: a la depresión y al optimismo. Es cierto que a veces sentís que no estás cambiando nada, porque atendés a 10 entre mil, y te preguntás: ¿hasta dónde? Pero luego comenzás a ver la multiplicación de estos jóvenes y te decís: sí, algo se puede hacer. Nunca vas a llegar a los mil, pero atender a 20 o 30 ya es algo. El problema es cuántos años llevamos de deterioro y cuánto estamos invirtiendo en programas de prevención.

*** 

“Para que se den cuenta, el Dimitrov está apestado de drogadictos, delincuentes de todo calibre que viven ahí, pero que operan alrededor del sector, en lugares específicos como las paradas de buses de la rotonda de Santo Domingo, detrás de la catedral de Managua y en el lugar conocido como el puente de Lata, situado unas cincuenta varas arriba de la entrada principal de Plaza del Sol”.

(Extracto del reportaje “Ruta de escape y refugio de la delincuencia”, publicado en El Nuevo Diario el 16 de mayo de 2002)

*** 

—… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven.

Cerca de la rodilla, cubierta por una cicatriz poco estridente, tiene una protuberancia: una bala calibre .22 que le acertaron el año pasado, que lo mantuvo dos semanas en el Hospital Lenin Fonseca, pero que decidieron no extraérsela. El joven se llama Miguel Ángel Orozco Padilla, nació en el Dimitrov, vive con su madre, su hermana y su sobrino en una modesta casa del andén 14, y cumple 17 años en marzo de 2012. Delgado, mirada viva, nariz ancha, rostro maltratado por el acné… Es un adolescente y se expresa como tal, pero para la Policía Nacional es un “joven en alto riesgo social”.

Cuando mañana comente su caso con el agente Espinales, me convencerá de que se puede al dedillo su historia y lo ubicará en la órbita de Los Galanes. El joven Orozco Padilla niega ser pandillero, dice que el balazo fue un error, que no iba para él, que hasta disculpas le pidieron los que dispararon, pero aun así ya está quemado, dice, y no puede acercarse al sector de Los Gárgolas.

—Fue por un primo mío… Vos sabés… Él sí es pandillero, y de espaldas somos igualitos... Por eso me pegaron el cuetazo… Mire, toque aquí, la bala no salió –me dice el joven–. Yo venía de espaldas y escuché: allávaChus, allávaChus… Chus es mi primo el pandillero, y me gritaron: Padilla, detenete, porque así lo llaman a él, y yo me vuelvo y disparan. Y oigo: pero si no es Chus… Pero ya habían tirado.
—¿Y conocés a los que dispararon?
—Sí. Uno ya murió. El Yogi. Lo apuñalaron este año.

Hay disputas, disparos, machetazos, fallecidos incluso, pero en Nicaragua las pandillas tienen muy poco que ver con las maras, afortunadamente. La Policía Nacional las tiene bien cuadriculadas: son muy locales y raro es que superen el centenar de miembros, sin violentos rituales de iniciación, casi todos viven con sus familias, los grafitos y tatuajes de pertenencia son limitados, la actividad criminal es reducida, el uso de armas de fuego es eventual, los encarcelados no tiran línea a los que están en la libre, y –quizá la diferencia más importante– la pandilla se puede dejar cuando se quiere, sin represalias.

Seleccionado por la comunidad y becado por una oenegé, el joven Orozco Padilla estudia enderezado y pintura en el Instituto Nacional Tecnológico. Quizá algún día le arregle su auto.

*** 

Miércoles, faltan 10 para las 3 de la tarde.

El taller Habilidades para la vida se realiza a diario en el aula más nueva de la Olla de la Soya. Es un lugar espacioso en el que se agradecen los ventiladores taladrados al techo, lleno de fotos motivadoras. Asisten unos 30 jóvenes, y hoy lo conducen Sean y Megan, dos cooperantes estadounidenses.

La reunión se interrumpe cuando en la puerta asoman un grupo de turistas gringos, su traductor y Martha Núñez, la coordinadora de Cantera en la Olla de la Soya. Llegaron hace unos minutos en microbús, son una veintena, y dicen ser estudiantes de medicina y de liderazgo en el Augsburg College de Mineápolis. Llevan turisteando desde el domingo por Managua, en una modalidad que bien podría etiquetarse como Conoce-el-infierno-para-luego-no-quejarte-tanto. Han visitado el centro histórico, el mercado Huembes, un hospital público, una oenegé feminista… y ahora están cámara en mano en el mismísimo corazón del Dimitrov.

Tras unas palabras explicativas de Sean en inglés, se abre un turno de preguntas, pero los gringos no se animan. Tic-tac… segundos… tic-tac… incómodos… tic-tac… hasta que una pregunta rompe el silencio.

—¿Qué están aprendiendo hoy? –presta su voz el traductor a una de las turistas.
—Sobre la autoestima –responde un joven.

El traductor traduce. Murmullos…

—Más o menos ¿qué edades tienen en el grupo?
—De 15 a 29… –consensuan los jóvenes.

Más murmullos en ambos mundos…

—Any more questions? –se dirige el traductor a los suyos.
—…
—Are you good dancers? –eleva la voz una gringa, pura sonrisa.
—Ahhhh, ella quiere saber si hay buenos bailarines en esta sala…

Murmullos y risas. Luego, la despedida. Los turistas suben al microbús y abandonan, seguramente para siempre, el barrio bravo de Managua.

*** 

Este autobús de la 102, una ruta que bordea buena parte del Dimitrov, es un destartalado Blue Bird bautizado con nombre de mujer, un clon del que podría verse en cualquier capital centroamericana. Sábado, mediodía, y la unidad es un horno insuficiente –una docena vamos parados–, pero nadie se atreve a pedir a la señora que quite la gran bolsa que ocupa un asiento, mucho menos que se calle.

—¡A su madre, a su propia madre! –grita ella, desdentada y en pie, el pelo alborotado y canoso, gruesa como tambo de gas.

Habla de una noticia que días atrás ocupó algunos segundos en los noticiarios: un hombre de 31 años detenido por secuestrar y violar en repetidas ocasiones a su madre. Pero antes la señora ha voceado un sinfín de formas de incesto presentes en la sociedad nicaragüense: padres con hijas, tíos con sobrinas, abuelos con nietas…

El viaje se hará más pesado, más crudo, como su retrato de Nicaragua.

—… ahora cualquiera te engaña. Si vas al mercado y compras 25 libras de fruta, el del puesto por lo menos te robará 2 o 3. ¿Y los abogados? Si vas donde el abogado pa´ que te saque un reo, te saca hasta lo que no tenés de dinero, vendés tu casa y todo, pero el reo no te lo sacó… –grita la señora, grita pero no pide ni pedirá monedas–. Y así sucesivamente, queridos hermanos. Yo les sigo sacando pañales al sol… ¿Adónde queda ya que no se encuentre un ladrón? La gente dice: esos ministros son ladrones, esos gobernantes… ¡Pero ladrones somos todos, hermanos! ¡Lance la piedra el que se sienta libre de culpa! Lo dijo Cristo, no yo. Miren lo varones, los papás. Reciben un sueldo, y cuando lo reciben se van adonde las mujeres...

La voz de la conciencia en Nicaragua viaja en los autobuses públicos.

*** 

Al fondo de la Olla de la Soya hay unos rudimentarios servicios sanitarios. Sobre la pared externa, como si fueran las tablas de Moisés, están pintados blanco sobre azul los nombres del primer grupo de 24 jóvenes graduados en el proyecto Jóvenes Constructores. Casi al final de la primera columna, entre Marianela y Meylin, se lee Nilson Dávila L.

Es miércoles, 4 de la tarde.

Nilson no esconde su satisfacción por ver su nombre escrito. Es el menor de nueve hermanos y tiene 22 años vividos todos y cada uno en el Dimitrov. Habita en el sector de Los Gárgolas, pero ha sabido mantenerse al margen. Nada de bróderes pero tampoco discriminación, dice. Nilson aún duerme en la casa en la que se crio –de la escuela Primero de Junio tres cuadras al lago–; la comparte con su mamá y dos hermanos, incluida Kenia Dávila L., otros de los nombres sobre la pared.

Además del aprendizaje de un oficio y de la capacitación en valores, Jóvenes Constructores incluía un componente adicional de entrega de un capital semilla para poner en marcha una microempresa.

—Nuestra idea pionera era una tortillería exprés –dice Nilson–, pero se fue modificando. El maíz subió de precio, y a mi hermana se le ocurrió lo de la pulpería. No se pudo la tortillería por los altos costos de producción, y ahora nos quedamos trabajando con frijoles y leña… Vendemos frijoles cocidos en diferentes porciones.
—Los venden preparados…
—Sí, pero sin nada del otro mundo: solo sal y ajo.

Nilson se presenta como un microempresario. Pero la venta de frijoles y leña apenas está arrancando, y para poder cubrir los gastos familiares vende enciclopedias Océano en Granada, adonde viaja un par de veces por semana. También estudia en el turno nocturno primer año de ingeniería electrónica en la Universidad de Nicaragua. Y también es voluntario de Cantera porque quiere que los niños crezcan con un mayor apego por el ambiente. Me gusta contribuir, dice.

Las historias que permiten reconciliarse siquiera momentáneamente con el género humano germinan en lugares como el Dimitrov.

—Nilson, si pudieras, ¿te irías del barrio?
—Sí, yo creo que sí me iría… Cada uno de nosotros busca mejorar en la vida, y salir es una mejoría. El ser humano es producto de su entorno. Está, además, el estigma que supone vivir aquí. Mis amigos de la universidad no se atreven a venir.

Casi todos responden lo mismo. Escapar algún día es algo interiorizado incluso entre los más comprometidos de la comunidad.

*** 

Reunida el 21 de agosto de 2003 en la isla de Roatán, Honduras, la Comisión de Jefes y Jefas de Policía de Centroamérica y el Caribe acordó que era urgente un plan regional contra la violencia juvenil en general, y las maras en particular. Hubo unanimidad a la hora de identificar la enfermedad, pero no el remedio. Unas semanas después de aquella cita, el gobierno de El Salvador presentó su Plan Mano Dura; Nicaragua optó por crear dentro de la Policía Nacional una Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) con un enfoque eminentemente preventivo.

El agente Espinales cumplía una década de uniformado cuando en 2005 se integró en la Dajuv. Desde entonces ha sido asignado a distintos barrios de Managua, siempre entre pandillas y pandilleros. Al Dimitrov llegó hace tres meses, pero verlo cruzar el barrio de acá para allá sobre su ruidosa motocicleta es ya estampa habitual.

—Como ya te dije, soy sicólogo. A los jóvenes de pandillas nos toca darles terapias, individuales y grupales, y también nos acercamos a las familias, conversamos, entramos en los hogares para ganarnos la confianza…

Incluidos los viáticos, el agente Espinales gana 7,000 córdobas al mes, unos 315 dólares. Yo lo miro bien, dice.

Este jueves lo he citado para hablar con más tranquilidad sobre las pandillas del Dimitrov…

—Acá –dice–, lo que nos preocupa es el semillero, ¿ya? Si en la familia hay un patrón de violencia, los niños lo heredan… Ahí tenemos que estar trabajando siempre.

La plática saltará pronto, por interés del agente Espinales, al terreno de las maras. Él ha asistido a encuentros regionales entre policías de Honduras, Guatemala o El Salvador, pero el fenómeno le interesa sobremanera, quizá porque le suena tan pero tan lejano…

—Y aquí, en el Dimitrov, ¿los pandilleros no cobran renta a los negocios, o a los taxistas? –pregunto.

El agente Espinales sonríe de tal manera que me hace sentir como si hubiera preguntado una estupidez.

—No, acá no tenemos de eso. No se dejaría la comunidad. También porque nosotros inyectamos en nuestra juventud que esa cultura no es la nuestra, que es algo extranjero.

En El Salvador, el país que le apostó a la Mano Dura, los homicidios por cada 100 mil habitantes subieron de 36 a 65 entre los años 2003 y 2010. En Nicaragua, con la mitad de policías y con una inversión pública en seguridad que en 2010 fue cuatro veces inferior, la tasa en el mismo período apenas pasó de 11 a 13.

*** 

Viernes, 9:30 de una mañana gris tropical.

Alrededor de una botella de vidrio de Coca-Cola –destapada, vacía– hay 14 personas en pie, un círculo deforme. Todos tienen las manos en la espalda. Una persona está uniformada y armada: el subinspector Pedro Díaz, la máxima autoridad policial en el Dimitrov. El resto son un joven ex pandillero llamado Fidencio, representantes de oenegés como el Ceprev, la Fundecom y la propia Cantera, está José Daniel, está una guapa vocal de las Juventudes Sandinistas, alguna psicóloga, dosquetres vecinos y vecinas, un periodista metido… hasta 14. Todos tienen una pita de lana amarrada a la cintura, y los otros 14 extremos convergen en un lapicero Bic suspendido en el aire sobre la botella, pura tembladera. Desde lo alto se ve como un gigantesco e irregular asterisco.

El reto es meter el Bic dentro de la botella sin usar las manos siquiera para halar las pitas.

Pegate un poquito. Halala, halala. Acercate, vos. Ganas de meterlo con la mano dan. Acercate. Ahora vos, ahora vos… El lapicero entra al fin, y se generaliza la satisfacción. La facilitadora pide luego evaluar la experiencia. La importancia de trabajar en equipo, dice una. Es bueno que haya un líder pero siempre necesitará apoyo, dice otro. Unidos podemos salir adelante, abona alguien.

—Si no trabajamos en equipo, no lograremos nada –concluye el subinspector Díaz, uno de los más entusiastas para mover el lapicero a golpe de cintura.

Han sido varios los encuentros de este tipo y alguno falta todavía. El de hoy terminará en comilona de baho, un plato típico de Nicaragua. La idea es crear una comisión intersectorial –intersectorial– de desarrollo y progreso del barrio Jorge Dimitrov, así la bautizarían, pero se quiere que arranque con bases sólidas, que el grupo inicial –jóvenes, Policía, oenegés, vecinos…– se conozca y se respete. A largo plazo, la idea es bastante más compleja que introducir un Bic entre 14 en una botella vacía de Coca-Cola. Se busca que esto sea el germen para reducir la violencia en el Dimitrov, una idea suena demasiado ambiciosa, ingenua, utópica.

Quizá en verdad lo sea.
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