¿Quién mató a Christian Poveda?

El fotógrafo y documentalista franco-español Christian Poveda murió el 2 de septiembre de 2009. Le dispararon dos veces en el rostro a muy corta distancia. No le robaron nada, algo casi inconcebible en un país como El Salvador. Cuando lo hallaron estaba solo, tirado a tres metros de su Nissan Pathfinder plateada, junto a la sinuosa y solitaria carretera sin asfaltar que une los municipios de Soyapango y Tonacatepeque, en el área metropolitana de San Salvador. Acababa de salir de una colonia llamada La Campanera.





Tras un impasse de dos horas por un malentendido con su nombre, a las 5:30 de la tarde la Policía Nacional Civil (PNC) tenía ya la certeza de que la persona asesinada era el director de La vida loca. La noticia tardó poco en propagarse, como si fuera una epidemia, y en cuestión de horas supo encontrar al escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya en su minúsculo apartamento del barrio Sangen-Jaya, en Tokio. Se enteró mientras navegaba en internet, con un titular de la Agencia Efe que dejaba poco margen para las ambigüedades: “Asesinan al fotógrafo Christian Poveda, director de un documental sobre pandillas”. Los 14 husos horarios que separan Japón y El Salvador habían convertido el miércoles en jueves, el hoy en ayer, el presente en pasado. Pero no amortiguaron la conmoción.

Los caminos de Christian y de Horacio se habían cruzado años atrás. Fue Christian quien lo buscó para proponerle que escribiera el prólogo de un libro de retratos sobre pandilleros que tenía pensando editar en México. La idea nunca cuajó, pero la comunicación se mantuvo porque en mente había un proyecto más ambicioso. En febrero de 2008 coordinaron un almuerzo en Madrid, en un restaurante de comida gallega del barrio de Malasaña. Horacio quedó sorprendido por el entusiasmo y por el conocimiento exhaustivo del fenómeno de las maras demostrado por su interlocutor. Resultó una reunión amena, de la que Horacio se despidió con una copia de La vida loca en su bolsa, con un sugestivo ofrecimiento para trabajar juntos y con la impresión de que Christian sabía demasiados nombres y apellidos; demasiados. La relación siguió estrechándose gracias a internet, pero nunca más volvieron a verse.

El asesinato ocurrió un año y siete meses después de aquel encuentro. Aturdido como un boxeador castigado, Horacio apartó los ojos de la laptop y los dirigió hacia su cuaderno de apuntes. Agarró un lápiz y anotó lo primero que se le ocurrió: “El asesinato de Christian Poveda me ha conmocionado. Era evidente que lo terminarían matando, pero exhalaba tanta confianza y entusiasmo que todos creíamos en su invulnerabilidad”.

Era evidente que lo terminarían matando.

***

A Christian lo conocí a mediados de 2008 en un restaurante chino de San Salvador llamado Hunan. Lo cité para una entrevista, y llegó puntual, cargado con su inseparable laptop. Para entonces Christian tenía 53 años, pero parecía más joven. Medía un metro ochenta de estatura, se conservaba bien, proporcionado, y llevaba el pelo en su sitio. Lo singularizaban sus lentes, un grueso anillo en el dedo gordo de la mano derecha y el eterno gesto de seriedad en su rostro, como si le costara sonreír.

—Es que a mí las guerras me siguen por todos lados –dijo con su castellano afrancesado.




La palabra guerra aparece con demasiada frecuencia en su biografía. Nació en Argel en 1955, nieto de unos abuelos que huyeron a Argelia de la Guerra Civil Española e hijo de unos padres que huyeron a Francia de la Guerra de Argelia cuando él tenía 6 años. Su afición por la fotografía está relacionada con la Guerra de Vietnam y con los disturbios del Mayo del 68 francés. Apenas pudo escaparse de la casa, agarró una cámara y marchó a fotografiar guerras en Mauritania, Sierra Leona, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, la isla de Granada, Camboya, Irak y Líbano. Con estos antecedentes, no resulta tan extraño que terminara enamorado de la guerra abierta que en Centroamérica libran las pandillas Mara Salvatrucha (o MS-13) y Barrio 18.

La carrera de documentalista la desarrolló de forma paralela a la de fotógrafo. Antes de La vida loca había trabajado en otros 15 documentales con temas tan variados como el toreo, la lucha contra el sida o el ciclismo.

En aquella plática con rollitos de primavera de por medio me mostró fotografías impactantes, un repaso por algunos de los conflictos más sangrientos en el último cuarto de siglo XX. Me impresionaron su memoria y la precisión de los datos con los que enriquecía cada imagen. Así, una foto de unos soldados agazapados a la espera de los suministros de un helicóptero militar guardaba la historia de un operativo antiguerrilla, encabezado por el general Benedicto Lucas, entonces jefe del Estado Mayor guatemalteco, y realizado en febrero de 1982 en un pueblo del departamento de Santa Cruz del Quiché llamado San Juan Costal. Christian estaba consciente de que mil buenas palabras son el complemento perfecto para cualquier imagen.

Aquel día también me dijo que regresó a El Salvador en 2004, dos décadas después de haber cubierto en este país la guerra civil. La elección no fue casual.

—Este país tiene una particularidad: es uno de los más pequeñitos del mundo, pero en lo malo está siempre en el pódium de los tres primeros. En homicidios son los primeros, medalla de oro; en pandillas, ahí van; en consumo de droga, medalla de bronce…

La crítica explícita era una herramienta que usaba con frecuencia, y esto le supuso no pocas discusiones y enemistades. Nueve meses antes de que lo asesinaran dejó plasmada en un foro de internet su teoría acerca de la crítica como instrumento para el crecimiento profesional: “La crítica es imprescindible, y tiene que ser franca y directa, aunque no guste. Pero eso sí, tiene que ser argumentada, honesta y sincera”. Esa manera de ver la profesión hizo que Christian no fuera alguien muy querido entre el gremio de fotógrafos de El Salvador, donde cuesta digerirlas.

—Había muchos que decían que eso de hacer retratos de pandilleros es la cosa más fácil, que ese tal Poveda un par de retratos es todo lo que había hecho –me dijo Edgar Romero, un fotógrafo salvadoreño de 41 años y mirada profunda.
—¿Muchos? –pregunté.
—La prueba está en que su círculo de amistades entre los fotoperiodistas en El Salvador era pequeño a pesar de ser un tipo que vino sin ninguna jactancia y a tratar de enseñar, pero pocos fueron los que lo escucharon.

Edgar Romero era uno de los pocos amigos que Christian tenía en el gremio. Su amistad se empezó a forjar una mañana de noviembre de 2005, en la que coincidieron a los pies de la catedral de San Salvador. Pandilleros del Barrio 18 habían tomado el edificio para protestar por las condiciones en las cárceles. Ese mismo día, en la tarde, Christian se presentó en el Photocafé, el negocio de Edgar Romero, un bar de luces cálidas y música baja que terminó convirtiéndose en su segundo hogar.

—Yo creo que los salvadoreños –escuché a Christian decir otro día– tienen una forma bastante oportunista de funcionar: se preocupan solamente de ellos mismos y nada más, pero no están funcionando de una manera cívica. Cada uno está en su casa y se preocupa de sus cosas. Y claro, cada uno contrata su propia seguridad, y no se piensa como sociedad.

Crítica franca y directa, aunque no guste.

***

Christian concibió La vida loca a finales de 2004, cuando llegó a El Salvador con la idea entre ceja y ceja de documentar el fenómeno de las maras. Confiado en sí mismo y con los conectes adecuados, apuntó alto: se reunió con líderes tanto de la Mara Salvatrucha como del Barrio 18 y logró los permisos para realizar sesiones fotográficas y entrevistas personales a pandilleros en las cárceles y fuera de ellas.

La semilla para la película estaba sembrada, y comenzó a germinar en enero de 2006, cuando abandonó París para instalarse de forma definitiva en Centroamérica. Como gran cocinero que era, se trajo incluso el antiquísimo libro de recetas heredado de su abuela.

Tras la buena experiencia con las fotografías, el objetivo ahora era la película. Se lo planteó de nuevo a los cabecillas de las dos pandillas, pero en esta ocasión solo el Barrio 18 aceptó la propuesta. Se acordó que la filmación sería en el reparto La Campanera, Soyapango, una populosa colonia de clase media-baja ubicada a 20 minutos en vehículo desde el centro de San Salvador. Territorio del Barrio.

Uno de los motores narrativos es la panadería con la que los mareros tratan de demostrar que son capaces de sostener un proyecto productivo. Esa panadería es parte de esos ofrecimientos para lograr el sí del Barrio. Los hornos y todo el instrumental los tuvo que pagar Christian. Y el alquiler del local. Y la harina. Y la levadura. Y las piñatas. Y los abogados. Y los tratamientos médicos.

Durante el tiempo que funcionó, uno de los gerentes de la panadería fue un pandillero conocido como Moreno. Es quizás con el que más relación creó de entre todos los personajes del documental.

El 29 de agosto de 2006, Christian llegó poco antes de las 9 de la mañana a la colonia Bella Vista, en Soyapango, a unos 10 minutos en carro de La Campanera. Entró en el mesón y cámara en mano se dirigió al cuarto en el que dormía Moreno. Ese martes cumplía 26 años y Christian tenía algo en mente.

—Puta, hijoeputa, mirá cómo te veo –dijo, fiel a su convicción de que los insultos disimulaban su acento francés.
—¡Puta! ¡Come mierda! Dejá dormir, andate a la mierda –respondió la voz desde la cama.
—Ah, qué culero. Vámonos, vámonos.

No insistió. Cerró la puerta. Moreno dio medio vuelta y al poco se durmió. Moreno es José Luis Rosales, pandillero de la 18 desde los 12 años, amigo de Christian y uno de los personajes que más peso tienen en La vida loca. Tiene la piel clara, un bigote tímido en su rostro y por el cuello y el brazo derecho se le asoman tatuajes.

Pasada una hora, Christian regresó y comenzó a golpear de nuevo la puerta. Lo hizo con tanta fuerza que la destrabó. Entró, y le tiró un vaso con agua.

—Levantate, que te vamos a celebrar el cumpleaños.
—Hijoeputa, vos solo casaca sos.

El ofrecimiento iba en serio. Christian había ido a comprar una bolsada de carne, seis libras de arroz, tomates, cebolla y cilantro. También trajo dos garrafones de vodka Troika y cervezas para una tribu entera.

—Y ahorita llamá a los homeboys.
—¿Y qué vas a hacer?
—Celebrar, y lo vamos a poner en la película.

Durante la filmación Christian pagó el alquiler del cuarto en la Bella Vista para evitar el acoso policial en La Campanera, le compró un teléfono celular, lo llevaba a restaurantes de la exclusiva colonia Escalón de la capital.

En octubre de 2007, encarcelaron a Moreno por homicidio agravado y extorsión, pero no dejaron de verse. Un día antes de su asesinato, Christian gestionó ante las autoridades de Centros Penales una visita en la cárcel de Quezaltepeque. Moreno la aceptó por escrito pocas horas antes de que asesinaran a su amigo:

“Quezaltepeque 2 de septiembre de 2009. por este medio ago constar que yo Jose Luis Rosales estoy de acuerdo para seguir con la segunda etapa de el documental de Crístian el periodista. yo estoy dispuesto a trabajar con el F. Jose luis Rosales.”

Un año antes, en aquel restaurante chino, había preguntado a Christian por qué tanto esfuerzo y tiempo en retratar este mundo.

—Porque a mí me interesa el trabajo sobre la marginación social –dijo–. Y las maras son un ejemplo universal para demostrar los efectos que generan la marginación y las malas políticas sociales.
—¿Y qué tipo de relación mantienes con los personajes de tu documental?
—Estoy en contacto permanente con ellos. Ahora que salgamos de esta entrevista me voy a ir a ver a algunos. Tú no puedes estar dos años con gente a diario y no establecer una relación. Ellos son lo que son, yo no me involucro en sus cosas, pero de ciertos personajes de mi película, claro, estoy siempre al tanto de si les pasó algo o si los encarcelan, si siguen vivos… Ese tipo de cosas.

Otros acuerdos cruciales con el Barrio 18 para la filmación de la película eran, en primer lugar, que el documental solo se iba a exhibir en el extranjero; en segundo, que iba a mostrar la vida de los pandilleros que ya no querían andar en la violencia, y en tercero, que una vez la película se hubiera exhibido en cines fuera del país, Christian entregaría una copia de buena calidad para que el Barrio la pudiera vender en la calle como dvd pirata.

Evitar que llegara al mercado negro se convirtió en una obsesión para Christian, al punto que, salvo excepciones como Horacio y otras personas de confianza, no prestaba copias de la película a nadie. “Le tengo tanto miedo a la piratería que me asusta saber que hay algunas copias paseándose”, escribió alarmado a finales de 2008. Pero su celo lo más que logró fue retardar algunos meses lo inevitable. En agosto, unas semanas antes de su asesinato, el dvd de La vida loca se vendía como pan caliente en los puestos del centro de San Salvador.

En los 16 meses de filmación había hecho amistad con varios de sus personajes pero, transcurridos dos años casi, todos estaban muertos o encarcelados o vivían en otras colonias. La Campanera a la que llegó en la tarde del 2 de septiembre no era la misma en la que él podía dejar el carro con las puertas abiertas dos años atrás. Él lo sabía mejor que nadie. ¿Por qué entonces alguien sabedor de que algo había fallado en su acuerdo con el Barrio 18 y que conocía como pocos del funcionamiento interno de las maras se metió en la boca del lobo?

***

La última vez que vi a Christian fue dos meses antes de que lo asesinaran. La Alianza Francesa de San Salvador organizó el 30 de junio un debate titulado “Violencia juvenil, ¿qué soluciones?”, y él era uno de los ponentes. Llegó con su mejor sonrisa y sin recibir ni un dólar a cambio. La charla resultó un evento íntimo, con no más de 30 personas en el público. Recuerdo que al terminar se acercó a pedirme el teléfono para hacer una llamada a su pareja.

En sus intervenciones, Christian explicitó su postura personal sobre las maras: las políticas represivas implementadas por la derecha en El Salvador fueron un fracaso, hay sectores de la sociedad que se lucran de la extrema violencia que carcome al país, los medios de comunicación locales tienen una cuota de responsabilidad importante, y la única solución a corto plazo es que el Gobierno se siente a negociar con los pandilleros y fomente las condiciones para que se dé una tregua entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18.

La vida loca está en sintonía con ese planteamiento que dibuja a los miembros de pandillas más como víctimas que como victimarios. En el documental los represores son la policía y el ejército. Los pandilleros son una joven que intenta encontrar a su madre que la abandonó a los seis días de nacida, son una madre que amamanta a su hijo, son un niño de la calle agradecido con la familia que encontró en el Barrio. Son jóvenes que quieren ganarse la vida amasando pan, pero que son perseguidos. En 90 minutos aparecen pandilleros que se divierten, bromean, bailan, trabajan, se drogan, se convierten al cristianismo o se tatúan, pero no hay ni un solo plano de alguno armado, como si las armas fueran algo ajeno a las maras. Ante esta selección de la realidad que realizó Christian, no es de extrañar que la crítica de cine publicada por el diario francés Libération concluyera con esta frase: “Ha podido dibujar los contornos de los personajes, por lo que ahora es imposible negarles la condición de las víctimas”.

Un aporte fundamental sobre el fenómeno de las maras que hace el documental no está en un primer plano de lectura. La pandilla que retrata va más allá del estereotipo del grupo de jóvenes tatuados con predisposición al delito y a la violencia. Christian logra mostrar la complejidad del fenómeno, y es algo que se ve en los velorios. En el último que se muestra, el de la pandillera tuerta, los tatuados son minoría. Lo que abundan son rostros imberbes, adultos mayores, niños. Todo un entramado social. Con su cámara Christian dejó sin argumentos a los que opinan que las pandillas son un problema estrictamente delincuencial y no social.

Unas semanas antes de que se estrenara en septiembre de 2008 en el Festival Internacional de Cine de Donostia, en el País Vasco, pude preguntarle qué opinaba él sobre su obra, y esta fue su respuesta:

—La película es, como decimos en Francia, à double tranchant, a doble corte. Realmente yo he compartido la vida de estos locos, y hay algunos que los ves vivir… y los ves vivir y los ves vivir. Y es puro documental, no es como un actor que muere y ya sabes que lo vas a ver vivo en otra película. Aquí mueren de verdad. Y eso es algo impresionante y que le da fuerza a la película, pero al mismo tiempo asusta mucho.

Hoy todo son elogios, pero hasta el día del asesinato lo cierto es que La vida loca no estaba funcionando. Pasó sin pena ni gloria por los festivales en los que se proyectó, y su primer contacto con la gran pantalla fue una decepción. El estreno comercial en España fue en diciembre de 2008, pero solo se proyectó en cuatro salas: dos de Madrid y dos de Barcelona.

—La película tuvo poca repercusión –me dijo Luis Ángel Bellaba, productor y distribuidor en España–. Fue tan leal con el tema de su película, las maras y con el dolor que representa esa vida, que filmó exactamente eso. Y lo describió tan bien que lo hizo a lo mejor muy duro. La gente hoy no está acostumbrada a ese tipo de películas.

Para el 30 de septiembre de 2009 estaba previsto el estreno en Francia, la tabla de salvación. Además de director, Christian era coproductor y había incluso vendido su casa en Francia para financiar el documental. Estaba también convencido de que la viabilidad de su próximo proyecto dependía de que La vida loca obtuviera unos números aceptables. Christian quería dirigir una película sobre las maras, pero esta vez de ficción. El guión lo iba escribir Horacio.

Quizá por eso recibió con los brazos abiertos la propuesta que le hizo la revista francesa Elle de publicar un extenso reportaje sobre las pandilleras protagonistas justo la semana del estreno del documental en Francia. Una publicidad invaluable.

—Él quería hablar con nosotros –me dijo Moreno.

A Christian el Barrio 18 lo citó en La Campanera. Y se la jugó porque ese encuentro iba a tener una doble función: por un lado, allanar el camino antes de la visita del equipo de Elle; y por otro, explicar al nuevo liderazgo local de la pandilla que él no era el responsable de que el dvd se estuviera vendiendo en las calles.


El miércoles 2 de septiembre Christian madrugó como de costumbre, y se sentó frente a su computadora. Navegó durante al menos dos horas, con constantes ingresos a Facebook, el portal al que dedicaba tanto tiempo en los últimos meses. De la casa salió con una camisa azul oscura para ser entrevistado por la inminente inauguración de una exposición fotográfica en el Photocafé que él había curado. Regresó pasadas las 10. A mediodía volvió a subirse en su Nissan Pathfinder plateada y se dirigió hacia el reparto La Campanera.

La revista Elle abortó su reportaje, pero Christian logró sin pretenderlo lo que se había propuesto: publicidad invaluable para La vida loca. El documental se estrenó el 30 de septiembre en Francia con éxito de crítica y de público, se reestrenó en España un mes después y con los años quizá se convierta en un documental de culto.

***

El Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos estima que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha suman unos 24.000 pandilleros activos repartidos en 46 de los 50 estados de la Unión americana. Están tan preocupados por esa cifra que a finales de 2004 el FBI creó una unidad especial para monitorear y desarticular ambos grupos. La PNC de El Salvador, un país que tiene 0.2% del tamaño de Estados Unidos y su población representa 2%, tiene fichados en sus archivos a 17.000 pandilleros.

—¿Y las pandillas siguen creciendo?
—Sí, en mi opinión, sí.
—¿Estamos peor que nunca?
—Así es. Y el año pasado estábamos peor que nunca, y el anterior. Y en el año 2000 estábamos peor que nunca.

Responde Augusto Cotto, el subdirector de Investigaciones de la PNC. Por su cargo, él es el responsable de la investigación policial del asesinato. Está convencido de que el Barrio 18 le cobró a Christian desavenencias surgidas tras el rodaje, aunque no sabe –o no quiere– especificar cuáles. Cotto incluso señala quién es el pandillero que desde un penal dio la orden de ejecutarlo: Nelson Lazo Rivera, El Molleja. El papel que la policía le atribuye es el de encargado de tribu para las colonias de la zona norte y poniente de Soyapango, donde se ubica La Campanera.

El Molleja y Christian son viejos conocidos. Se vieron por primera vez a finales de 2004, durante el trabajo fotográfico que realizó antes del documental. El Molleja posó para Christian. Tiene una mirada triste y enigmática, y su cuerpo parece lienzo. En su cara hay más carne tatuada que sin tatuar. Destacan un gran “666” en la frente, la palabra “SUR” en su nariz, varios “18” y “13” –las dos pandillas en guerra respetan el 13 porque los identifica como sureños de Los Ángeles– de distintos tamaños y una intimidante inscripción s
obre los ojos: “GAME” en el derecho, “OVER” en el izquierdo.


El joven al que la policía presentó como el autor intelectual del asesinato era como un imán para Christian. En su cuenta de Facebook, en el recuadrito donde debía ir la fotografía del fotoperiodista franco-español, lo que aparecía era el rostro tatuado de El Molleja. Además, y a pesar de no residir en el reparto La Campanera, no desaprovechó la oportunidad de incluirlo en La vida loca. Se le ve en uno de los velorios, junto al ataúd de uno de los pandilleros asesinados. Y más adelante, como uno de los detenidos tras una redada masiva, aparece sentado entre docenas de dieciocheros en la presentación ante los medios de comunicación. Christian regaló a El Molleja dos planos, cinco segundos de gloria.

***

Sonaba el Canon en re mayor de Johann Pachelbel cuando a las 3 de la tarde del 9 de septiembre entré a la iglesia. A esa hora se cumplía una semana exacta desde el asesinato. Christian era un ateo confeso, pero la familia tuvo a bien organizar una misa católica para que amigos y colegas pudieran honrar su memoria y despedirse. Esa era la idea. Madre y hermana, llegadas desde España, estaban sentadas en primera fila, cerca de la urna con las cenizas, una sencilla caja de madera dentro de una pequeña corona de flores.

La iglesia de Santa Elena forma parte del complejo funerario privado en el que incineraron a Christian. Es de reciente construcción, de paredes blancas e impecables, con capacidad para 450 personas sentadas y bien iluminada gracias a la luz que entra por las ventanas y por la ciclópea cristalera que hay detrás del altar. La decoración es parca: una gran cruz de madera, estatuas, un cuadro enorme de San Escrivá de Balaguer, la bandera de El Salvador. Lo que más llamó mi atención fue el aire acondicionado.





Callados los violines, la misa inició con apenas un tercio de las bancas ocupadas y una veintena de fotógrafos y camarógrafos enfocando y revoloteando como avispas alteradas alrededor de la urna. En sus discursos, la hermana de Christian, María José, rogó porque su muerte sirva para cambiar El Salvador; y Aída Santos, una ex jueza que aparece en La vida loca, dijo que la paz en el país no se logrará entre resentimientos y egoísmos. Mientras se pronunciaban estas palabras, el avispero se peleaba por la mejor toma: ocuparon los pasillos, se sentaron junto a la urna con las cenizas, se aproximaron a la madre para fotografiarla… Esa fue la despedida del gremio a pesar de que un día antes se hizo circular una solicitud expresa: “Todos y todas sabemos el respeto con que Christian asumía el trabajo periodístico y, por lo tanto, en un momento tan duro como este, queremos ofrecer ese mismo respeto a su memoria y a su familia”.

En los días siguientes, una fracción de las cenizas voló hacia Alicante, la tierra de la que huyeron sus abuelos en 1939 y a la que regresó su madre. El resto, la porción mayor, por deseo del propio Christian se esparció en tres lugares distintos de El Salvador, el país que quiso tanto y por el que tanto dio.


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Esta crónica se publicó en la edición 107 (diciembre 2009/enero 2010) de la revista Gatopardo.

Jonathan no tiene tatuajes

El cuarto alguna vez fue blanco. Es un cuadrado casi perfecto, tres por tres. La puerta es de metal, negra y maciza, como si se quisiera esconder algo valioso. La ventana, alargada y estrecha, con barrotes. Entra poca luz. El moblaje es mínimo, solo una camilla oscura con apoyabrazos y cinturones que permite suponer que aquí hubo muertos.

Las únicas tres condenas a muerte por inyección letal que se han ejecutado en América Latina se consumaron en esta salita de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala. Un tal Manuel Martínez fue el primero, el 10 de febrero de 1998. Además de autoridades, periodistas y un pastor evangélico, su agonía la vieron a través de un cristal renegrido la esposa –con quien había contraído matrimonio unas horas antes– y los tres hijos de la pareja. Una familia completa reunida en el Módulo de la Muerte para ver morir al padre condenado por un séptuplo homicidio.


Más de una década después, otra familia se reúne en el mismo lugar. La forman un pandillero llamado Neck –el rostro tatuado, 36 años de condena–, la esposa, la hija y Jonathan, el hijo que quiere ser como su papá. Como Pavón permite a las visitas quedarse el fin de semana, raro es el sábado en el que no duermen los cuatro sobre el mismo colchón en un cuarto contiguo al de la camilla.

Pero hoy es miércoles y Jonathan no ha venido. A esta hora, cuarto para la 1, debe de estar preparándose para ir a clases. Estudia quinto grado. Acaba de cumplir 13 años y ya le sombrea el bigotillo. Es un muchacho despierto, de mirada fija y locuaz, con una voz que le ha desarrollado más que el cuerpo. Su profesora dice que es muy bueno dibujando.

—Y vos que sos del Barrio –pregunto a Neck–, ¿no te llegaría que Jonathan también lo fuera?
—Preguntáselo a ella –señala con la mirada a su esposa–, a ver qué te dice.
—Es un problema que tenemos, porque a Jonathan le llama mucho la atención ser 18, igual que su papá. Incluso se pinta en las piernas el 1 y el 8.

Jonathan no tiene tatuajes.

*

Su ficha en la Dirección General del Sistema Penitenciario asegura que nació un día 13, en septiembre de 1979. Pero Neck no siempre fue Neck. Durante 13 años se llamó Erick Gerardo Vallecillo Alarcón, sin más, el menor de tres hermanos, hijo de una alcohólica llamada Blanca Inés y de un padre de cuyo nombre no quiere acordarse.

Neck nació sin tatuajes.


Su primera casa –hogar es demasiado cálido– estaba en Guamilito, un céntrico barrio de San Pedro Sula. Después de saber de lo que ha sido capaz, cuesta imaginarse a Neck con camisita celeste y pantaloncitos gris plomo, su uniforme en la escuela José Trinidad Cabañas. Cuesta imaginarlo como un niño que sumó y restó, rió, traveseó, beisboleó, soñó. Todo eso duró demasiado poco. En 1992 su madre murió. Su padre se alcoholizó aún más. Lo corrieron de casa. Y se tiró a la calle. Ya solo podía prosperar.

Erick Gerardo cayó en la colonia Francisco Morazán, la Mora. Allí estaba bien parada la pandilla Barrio 18, y no había cumplido los 14 cuando ya caminaba con ellos. Con los meses, afloró la fidelidad hacia los dos números, lo golpearon durante 18 segundos y lo rebautizaron: Neck.

La nueva vida ofrecía ventajas. Se movía dinero y el dinero movía todo lo demás: la comida, el alcohol, las prostitutas, la marihuana, el techo. Y había hermandad. Una vez cayó preso y un par de homeboys (compañeros de la pandilla) lo rescataron. Lo hicieron cuando lo trasladaban a pie hacia unos tribunales. Llegaron, cuadraron a los agentes y los amarraron con sus mismas esposas. Ni siquiera hubo que asesinarlos.

Problemas con la justicia fueron los que lo obligaron a dejar su hogar en San Pedro Sula. Siempre protegido por los dos números, durante dos años estuvo rebotando entre Honduras, El Salvador y Guatemala, donde en el año 2000 lo condenaron a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Los minutos se hicieron horas; y las horas, días.

El odio a muerte entre el Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS-13) suena eterno, pero comenzó a inicios de los noventa. Ambas son de la zona sur del condado de Los Ángeles (Estados Unidos), ambas rinden tributo a la Mafia Mexicana, y ambas llevan con orgullo el número 13 que las identifica como sureñas. En esa su guerra fratricida, de hecho, ha habido treguas, como las que aún mantienen en las cárceles estadounidenses; entonces se dice que se corre el Sur. Pero Centroamérica es otra historia. El 15 de agosto de 2005 la Mara Salvatrucha extendió su guerra con el Barrio 18 a los únicos lugares de Centroamérica donde aún se mantenía el pacto de no agresión: los centros penales de Guatemala. Se rompió el Sur, y Neck lo vivió en carne propia en una cárcel llamada El Infiernito.

—Ese día solo los locos del Barrio fuimos los paganos, ¿mentendés?

A plena luz del día se le acercaron dos y con un cuchillo hechizo le abrieron el cuello y la cabeza una y otra y otra vez. Neck terminó siendo un número más en el balance oficial de 35 muertos y 80 heridos –casi todos dieciocheros– que resultó de ese primer día de guerra abierta.

Se recuperó a tiempo. El 22 de octubre 19 presos de El Infiernito se escaparon por un túnel de 120 metros que cavaron en 10 meses bajo el piso. Fue la fuga más sonada de la última década, en la que los fugados incluso dejaron escrito en la pared un mensaje para ridiculizar al Gobierno. Neck fue uno de esos 19.

El escándalo propició que se elaborara una baraja de cartas con los rostros y se repartiera entre los policías. A Neck lo recapturaron el 7 de noviembre en los suburbios de Ciudad de Guatemala.

—Ese día, ¿mentendés? Estaba así, impaciente por querer salir, y todavía le pregunté a una bicha: ¿no hay juras? No, me dice. Ah, entonces voy a traer el fusil (un AK-47). Yo llevaba 30 tiros, ¿va? para el AK, ¿mentendés? Porque lo tenía a cargo, ¿mentendés? Yo ahora he cambiado bastante, pero era del pensar de que no me iban a agarrar vivo, ¿mentendés? Porque laneta, si yo iba a morir, me iba a llevar a por lo menos tres o cuatro puercos conmigo, ¿mentendés? Pues sí, yo iba para la casa del homeboy, y como a media cuadra me cuadraron dos juras. Que si la hacen bien, si hubiera entrado en la casa, ahí hubieran encontrado no solo el AK, ¿mentendés? Y yo hubiera tenido una gran bronca encima, hasta con el Barrio, ¿mentendés?

De nada sirvió la baraja. A pesar de que estaba más cerca de los 30 que de los 20, la cédula que el Barrio le facilitó y su aire juvenil lograron que durante tres días uno de los más buscados permaneciera detenido pero anónimo en un centro para menores de edad. Cuando las autoridades al fin se enteraron de que era el Neck, hubo un motín para evitar el traslado. Lo tuvo que sacar el Ejército.

El balance de la fuga fueron 17 días de libertad, una mano huesuda tatuada en el rostro y un XVIII en la frente, 15 años más de condena por evasión y transporte de armas de fuego y una mal disimulada sensación de arrogancia.

Desde entonces está encerrado.

*

Jonathan es muy bueno dibujando. Le fascina, dice Silvia Henríquez Orozco, su profesora de quinto grado en la escuela pública donde estudia. Por lo demás, se le atragantan casi todas las materias, con frecuencia falta a clases, y cuando asiste raro es que no se le haya olvidado algún cuaderno. En julio lo cambiaron de grupo porque fotografió debajo de la falda de una compañera con un teléfono celular.

Los dibujos que hace no son paisajes ni flores ni familias felices ni santaclaus. Le gusta dibujar calaveras, letras y números góticos y una mano huesuda y con largas uñas que tiene el dedo índice extendido y los otros cuatro retorcidos para formar un ocho.

En la escuela Jonathan no saben que el padrastro es pandillero, que su condena concluye en el año 2036 y que esa mano huesuda que tanto dibuja es un íntimo tributo a Neck y a todo lo que representa.

*

Brigitte De la Hoz nació en 1981 hija de un policía y de Delmi Castro. Su padre es hoy apenas un recuerdo; murió cuando tenía 3 años. Su madre es poco más que una voz distante y unos dólares remesados; cuando enviudó, huyó hacia Estados Unidos. Sin padre ni madre, Brigitte y su hermana menor se criaron con una tía abuela a la que comenzaron a llamar Mamá Corina.

Su niñez la pasó en La Chácara, una colonia marginal donde el Barrio 18 tenía y tiene presencia, pero su sentimiento hacia los dos números se quedó nomás en la simpatía. Sin padres y con un carácter como el suyo, Brigitte se propuso tomar desde muy joven las riendas de su vida, y la consecuencia fue su maternidad precoz: con 15 años ya había parido a Jonathan; con 16, a Susana. Pero ni siquiera esto suavizó su temperamento, sus malas palabras, su propensión a la violencia. Mamá Corina, que es un pedazo de pan, cree que solo ella la aguanta.

—Solo yo la aguanto porque ¡ja! la Brigitte tiene un carácter...

La persona con la que se casó en 2007 también la aguanta, a su manera. Pero antes está 2006, un año convulso. Lo inició encarcelada. Había estado presa ya, otras cuatro veces, entradas siempre de menos de siete días. Esta vez fueron casi cuatro meses.

—¿Y por qué, si puedo preguntar?
—Porque le volé un pedazo de cabeza a una chava y le corté todo el cuello con un espejo.
—¿Y ella murió?
—No, gracias a Dios que no.

En marzo recobró la libertad. Pero al poco ella y Jonathan y Evelyn Susana y Mamá Corina tuvieron que dejar La Chácara. El cuñado de Brigitte asesinó a una persona y creyeron que irse era lo mejor. Se trasladaron a Chinautla, en la zona norte de la capital. Recién instalados supo del asesinato de la que era su pareja hasta entonces. El año no suspiró sin un nuevo ingreso en la cárcel, esta vez como visitante.

*

Neck y Brigitte se conocieron en el Preventivo para Hombres de la Zona 18 a finales de 2006. Ella llegó vestida de luto: falda negra, suéter negro. Acababa de morir su pareja. Su estancia en la cárcel obedecía nomás al deseo de acompañar a su hermana menor, que visitaba al padre de sus hijos. Neck y Brigitte cruzaron miradas.

Brigitte lo contará así:
—Llegamos al penal a ver a mi cuñado. Y cuando vi que él pasó… a mí sí me gustó desde que lo vi, y donde se dio la vuelta y le vi el tatuaje de la cara. ¡Ihhh…! Pero si es 18, sí ¿va? Y cabal, vi que era 18. Y en la misma me dijo mi hermana: mirá quién está ahí, el chavo de los tatuajes en la cara. ¿Y lo conocés?, le dije ¿Y no es el que salió en la tele, el que se hizo pasar por menor?, me dijo.

Neck lo contará así:
—El cuñado de ella la anduvo ofreciendo, que ya estaba soltera, ¿mentendés? Que iba a venir una cuñada a verlo, y al que más miedo tenían en el sector era a mí. Y llegó y dijo hey, que va a venir mi cuñada, va a venir mi cuñada.

Brigitte se convirtió en la haina de Neck. Así llaman en la pandilla a la pareja de un pandillero cuando ella no es miembro activo.

Pero cuando está delante de otras personas le dice esposa. Entendido. Porque ella es su esposa.

Neck y Brigitte se casaron en el mismo penal en que se habían conocido cuatro meses atrás. Sucedió el 14 de febrero de 2007. Los casó un pastor evangélico, en un día de visita.

—Ni cuarto nos dieron –dirá él.
—Ajá –asentirá ella.

*

Ingresar en Pavón resultó menos complicado que lo que creía. Apenas un cacheo superficial, sin escáneres ni perros ni aparatos de esos que se alteran cuando sienten el metal cerca. Podría haber entrado con un par de gramos de cocaína en el bolsillo y nadie se habría dado cuenta.

Hoy es un miércoles nublado de julio, día de visita. A este lado de la puerta principal hay pegados a las vallas un centenar de internos que esperan a una madre, a una esposa, a unos hijos. Detrás, a cien metros, están las oficinas administrativas, un edificio estirado y de una sola altura con una torre alta y acristalada a la mitad. Parece un aeropuerto de provincias.


Gustavo Cifuentes –pequeño, compacto, piel clara, pelo negro– saluda a diestra y siniestra. Gustavo es una de esas personas cuya biografía no cabría en un libro. Con 38 años encima, es un pandillero calmado del Barrio 18 al que todos conocen como Mish, su viejo nombre de guerra. Le entregó tanto al Barrio que pudo salirse de la pandilla sin bronca. Es generoso, extrovertido y le gusta bromear cuando está contento. Ahora trabaja para la Asociación para la Prevención del Delito (APREDE) y para el Ministerio de Cultura y Deportes. Desde esas dos trincheras lucha por un imposible: mejorar las condiciones de los conocidos que tiene dentro de los penales y evitar que los de afuera que están a un paso de convertirse en delincuentes lo den.

Sin Mish habría sido imposible conocer –conocer– a Neck.

Entre el gentío junto a la puerta de entrada reconozco la mano huesuda en el rostro debajo de una cachucha. Me acerco. Tiene cara de marido preocupado.

—Ahora no, carnal, que no quieren dejar entrar a… –su voz se aleja con él, que intenta buscar un mejor lugar para saber qué está pasando.

Afuera del penal, en la fila de entrada para las visitas, arranca un tumulto. Desde adentro comienzan los sueltalaijoeputa, los dejenlapasar. Parece como si se organizara un linchamiento. El detonante resulta ser Brigitte, que ahora grita con lágrimas en los ojos, sin saber contra quién descargar su furia.

Hace unos minutos, cuando bajaba del taxi que la trajo, vio que se llevaban detenida a su hermana menor porque en el registro le habían hallado unas botellas de alcohol. Iracunda, se abalanzó como una leona sobre la agente que la escoltaba y le lanzó un manotazo en el rostro. Tuvieron que detenerla entre tres custodios. Por ese arrebato luego no querían dejarla entrar.

Pero la visita se respeta en Pavón, es sagrada, y desde adentro se ve lo que ocurre en la fila de ingreso; por eso arrancó el tumulto, que solo se calma cuando permiten el ingreso de Brigitte y de todo lo que trae: comida, una mesa playera y unas sillas verdes de plástico.

Cuando más tarde la veo, sigue preocupada por lo de su hermana. Es la primera vez que nos saludamos y que puedo mirarla con detenimiento. No es muy alta y tiene el pelo y los ojos de un negro intenso. Carga unas libras de más, pero las mueve con sensualidad, como una buena bailarina de samba; tiene 28 años y la redondez aún le sienta bien. Ahora viste jeans y unas botas altas con tres dedos de tacón. Va escotada, una o dos tallas menos en el brasier, para que se vea bien su nombre tatuado en su pecho. Para Neck, Brigitte es la mujer más bonita del mundo.

Ha venido sola, sin Jonathan.

*

Juan Francisco Escobar está sentado en una silla fuera del cuarto en el que duerme. Es un tipo enorme, con barba, el pelo amarrado y largo. Antes de dedicarse al narcotráfico había sido paracaidista, de las fuerzas especiales. Escobar juega con un mapache, su mascota. Lo enrabia, lo agarra con su manota por el cuello y lo agita como si fuera un trapo. Se llama Tuco. Dice que los mapaches son buena compañía, que ayudan a sobrellevar, que los consigue en un plis-plas cuando tiene un comprador.

—Si querés uno, te lo vendo por 100 quetzales (unos 12 dólares). Los estoy dando por 150 o 200, pero a ti te haría precio. Dame 100 ahora y te lo tengo para cuando vengás.

Estamos dentro de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón.

La revista Gatopardo publicó un artículo sobre Pavón en marzo de 2007. El llamado de portada era “La prisión donde mandaban los presos”. Así, en pasado. La nota narraba cómo a finales de 2006 más de 3,000 policías y soldados con tanquetas, ametralladoras y helicópteros ejecutaron el Operativo Pavo Real. El Gobierno vendió la idea de que todo regresaría a su cauce, de que Pavón volvería a ser un penal en el que las autoridades autorizan y los presos obedecen. Fue todo un golpe de efecto. Su promotor, el director del Sistema Penitenciario, Alejandro Giammattei, oficializó pocas semanas después su candidatura a la Presidencia. Como consecuencia de la avalancha mediática orquestada que acompañó al operativo, Pavón conserva aún hoy una imagen de que el Gobierno tiene el sartén por el mango. Nada más lejos de la realidad.

Comparada con otras cárceles, Pavón es generosa con sus internos: sus cifras no indican hacinamiento, disponen de una radio interna, de talleres y tierras de cultivo, y se permiten visitas tres días por semana, con posibilidad incluso de que los familiares se queden los sábados. Los presos caminan a sus anchas y hay decenas de tiendas de comida, billares, milpas, un auditorio y una cancha de fútbol. También hay una regla no escrita que compromete a asesinos, narcotraficantes y violadores con una máxima: la visita se respeta. El resultado de ese orden, impuesto por los propios internos, es un aparente clima de tranquilidad.

—Hay muchas mujeres que cuando vienen de visita se ponen las joyas al entrar y se las quitan al salir –dice satisfecho Noel de Jesús Beteta, uno de sus internos más famosos.


Pero de esa sensación a que el Estado tenga absoluto control hay un abismo. En los tres días que pude ingresar, además de que me intentaran vender un mapache, presencié consumo de marihuana y crack, me invitaron a tomar chicha, y comprobé que disponer de un teléfono celular es tan sencillo como tener un cepillo de dientes.

*

Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Pienso en que Jonathan debe de dibujar realmente bien, como dice su maestra, si es capaz de replicar esta mano huesuda en sus cuadernos.

Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.

*

Los internos lo conocen como el Módulo de Aislados o simplemente el Módulo. Se trata de la estructura que el Gobierno de Guatemala construyó en 1997 para aplicar la inyección letal. Además del cuarto cuadrado tres por tres con la única camilla para inyecciones letales de América Latina, se construyeron una serie de salas adicionales: una amplia y acristalada para presenciar la ejecución; otra para que el reo pasara sus últimas horas; otra más como confesionario; otra chiquita para el verdugo… Y como si se avergonzaran, lo edificaron alejado de todo, en una esquina de Pavón, y lo rodearon con un muro gris de siete metros de altura. Entre 1998 y 2000 ejecutaron a tres: Manuel, Luis Amílcar y Tomás. La estructura luego cayó en desuso hasta inicios de 2008, cuando se rehabilitó para volver a recibir a condenados a muerte. Se pintó y se reacondicionó, pero la aplicación de la pena máxima volvió a congelarse. Entonces, alguien tuvo la idea de convertirlo en el lugar de confinamiento para presos problemáticos.

Para ingresar al Módulo hay que llamar a los custodios que están en la entrada del penal, a más de cien metros. Llegan, abren la puerta, se entra, ellos se van y cierran la puerta con llave. Mish es bien recibido aquí porque casi todos son del Barrio 18, como él, y por cosas como esta: cuando ayer vinimos por primera vez, trajimos cuatro gallinas vivas. Despescuezaron de inmediato a dos para el almuerzo.

De los diez que están estos días de julio solo cuatro pueden salir y moverse por el resto de Pavón. Neck es uno de los privilegiados. Por eso y también por las visitas constantes. Rara es la semana en la que Brigitte no llega al penal tres días. Los hijos, Jonathan y Evelyn Susana, llegan los fines de semana.

—¿Y qué haces con tu familia cuando te visita?
—Salimos –dice Neck– y vamos arriba, al campo, jugamos un cacho, hacemos algo de comer… Y nos venimos a dormir ya un poquito tarde, para que no se aburran tanto aquí adentro, ¿mentendés?

Una familia se esfuerza por tener vida al interior de este edificio que el Estado guatemalteco construyó para matar.

*

Huele a carne frita, suena a carne friéndose. Brigitte cocina en el pasillo. Lo hace sobre una resistencia eléctrica incrustada en medio bloque de concreto. Neck continúa hablando, sentado y con los brazos cruzados, en este cuarto del Módulo que hace las veces de vestíbulo. Ya me ha convencido con creces de que los delitos por los que está condenado son una fracción mínima de todo lo que ha hecho en su vida.

—Por decírtelo así, no te pueden comprobar nada, ¿mentendés? ¿Cómo te lo van a comprobar si no te han encontrado en el hecho?

Brigitte llega con un pequeño plato blanco en su mano, y sobre el plato, una moronga humeante. Por la cara que pone Neck debe de ser uno de sus platos favoritos. Brigitte se sienta a la par de su esposo, le sujeta la mano que no usará para comer, y se la comienza a acariciar. Pregunto si han pensado en tener algún hijo. “En esas vueltas ando”, dice Neck, la boca llena. Si de elegir se trata, prefiere que sea varón, como Jonathan.

De la nada aparece Mish. Se apoya en el vano y se dirige a Neck.

—Llecuneva hocunoras encerracunado, ¿no puecuneden sacunacar a Cocunoco un racunato?
—No, no… No. Ahí que se quede, carnal. El vato ahí que se quede, mucha plancha ya.

Mish no insiste. Da media vuelta y desaparece rumbo hacia las celdas. Ante mi gesto de desconcierto, Neck explica que con esas palabrejas le ha pedido que dejen libre un rato a Coco, uno de los internos del Módulo al que los demás han encerrado bajo llave. Los pandilleros operan aquí adentro igual que afuera, con rígidas normas de disciplina interna.

Brigitte, sin ser pandillera activa, también ha entendido todo lo que dijo Mish.


La jerigonza se la volveré a escuchar en distintas situaciones durante los próximos días. Se trata de un sistema de comunicación entre pandilleros, compartido por dieciocheros y por salvatruchos, que garantiza intimidad en presencia de oídos extraños. Más preocupante que conocer o no lo que dicen, pienso, es el hecho de nunca antes haber tenido referencia alguna sobre este sistema, ni en libros o investigaciones supuestamente especializadas. Me pregunto cuánto se han molestado las sociedades centroamericanas en conocer el fenómeno de las maras.

Parecunece que pocunoco.

*

Las noches que Brigitte pasa separada de su esposo transcurren en Tierra Nueva I, una colonia en el área metropolitana de Ciudad de Guatemala. Pertenece al municipio de Chinautla, pero está más volcada hacia Mixco. Ahí vive desde hace tres años junto a sus hijos y a Mamá Corina.

La colonia no tiene mayores secretos. Es una carretera principal asfaltada y decenas de calles polvosas que salen de forma perpendicular y que lo llevan a uno a la escuela, al estadio de fútbol, al mercadito. A ambos lados de cada una de esas arterias, una casa tras otra, de bloque y tejado de lámina la mayoría, sin parques, sin árboles. La escuela de parvularia tiene en su muro un gran mural que dice En el alma del niño sembramos las doradas semillas del bien. Pero a pesar de esta siembra, Tierra Nueva I, como casi todo Mixco, es tierra de pandillas. Y Jonathan tiene 13 años.

—¿Y está fuerte el Barrio en Tierra Nueva? –pregunté a Brigitte.
—Sí, pero gracias a Dios mis hijos no salen a la calle. De la escuela para la casa; y cuando no, en la casa de su tía pasan.

Mamá Corina tiene 81 años, el pelo blanco como la espuma y lucidez de sobra. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero intentó criar a Brigitte y su hermana, y ahora hace lo propio con Jonathan y su hermana. Mamá Corina desde hace años mira a su alrededor, y en su propia casa se siente como la última de una estirpe.

—Antes no era así. Mi papá jamás –y remarca el jamás– trató mal a mi mamá. Cuando murió, mi mamá mi dijo que fue un hombre que nunca le dijo ni babosa.

Ahora se queja de que Brigitte es muy enojada, de que levanta seguido la mano a sus hijos, de que Jonathan pega a su hermana, de que la hermana pega a Jonathan…

Los cuatro viven hacinados en un mesón. Alquilan por 500 quetzales ($60) al mes una pieza sin ventanas de apenas 5 por 4 metros. El baño es compartido con los vecinos. Algunas celdas del Módulo son más grandes que el cuarto en el que viven.

*

—No confío en nadie. He visto a muchos compadres asesinar a sus mismos compadres, ¿mentendés? Por una mujer, por varas, por vicio… Incluso adentro del Barrio ya no confío en nadie, ¿mentendés? Porque hasta tu homeboy… Si vos vas para arriba, ¿mentendés? Existe aquello de… ¡la maldita envidia! ¿Mentendés?

Es lo que me respondió Neck hace un rato, justo antes de sentarnos a almorzar. Le había preguntado si no tiene algún homeboy al que considera un buen amigo.

Su familia es desde hace meses el único pilar emocional para sobrellevar el encierro, aunque quizá no sea él quien más se esté beneficiando de la relación. Brigitte ha conseguido una figura paterna para sus hijos, sobre todo para Jonathan. Neck se ha convertido en un referente al que escucha y al que llama papá cuando no tendría por qué hacerlo. Hay sintonía.

Brigitte lo cuenta mientras recoge platos después del almuerzo. Se calla cuando aparece en el Módulo el director del penal, David Barillas, que asumió el cargo hace un par de meses. Tiene 37 años, pero parece mayor, quizá por su evidente sobrepeso. Es moreno y viste informal: camisa de botones, pantalón, tenis. Lo acompaña un joven agente uniformado y de gesto serio del Sistema Penitenciario.

Mish aprovecha para proponer una idea: que la dirección permita a los internos del Módulo montar una pequeña granja de conejos. Neck y Brigitte tienen su propia propuesta: instalar un puesto de venta de comida arriba, junto al resto de puestos. Brigitte cocina realmente rico, de eso se gana la vida. El director Barillas escucha con aparente atención, asiente y les invita a que envíen las propuestas por escrito, una manera elegante de evadir el tema.

En unas semanas tendré la oportunidad de preguntar al ministro de Cultura y Deportes, Jerónimo Lancerio, si cree en la rehabilitación. Responderá como un político: “Si bien es cierto que el porcentaje de personas que logran una reinserción social completa es bajo, todos los reclusos tienen el derecho a la oportunidad de rehabilitarse para retomar su puesto en la sociedad productiva y así mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias”. Retomar su puesto en la sociedad, dice.

Salimos del Módulo con el director Barillas poco antes de las 2 de la tarde. El matrimonio se queda adentro. A ella espero verla mañana en Tierra Nueva I, pero sé que pasará tiempo hasta que vuelva a ver a Neck.

*

Han transcurrido más de seis semanas desde mi última visita al Módulo. Aquí adentro ha habido cambios. La milpa que rodea el edificio está pidiendo ser doblada y junto a la entrada hay una mata de güisquil que florea. Ya no son 10 sino 13, y el aumento ha obligado a ocupar como dormitorio el cuarto cuadrado tres por tres de las inyecciones. A la camilla le han arrancado la parte acolchada para ablandar el suelo sobre el que uno de los nuevos duerme.

En el penal el director ya no es David Barillas.

También encuentro distinto a Neck. La mano huesuda sigue en su sitio, cautivadora siempre, pero él luce demacrado, el pelo más largo y desordenado, los ojos hinchados como solo los hinchan las lágrimas o el crack. Parece incluso más bajo, más poca cosa.

Me pide que le describa cómo es Tierra Nueva I. Él no conoce las calles por las que a diario caminan su esposa y sus hijos. Hablamos sobre Jonathan, sobre la visita a su escuela, sobre los dibujos que escandalizan a su profesora. Resuenan las palabras que Brigitte dijo en la visita anterior: él le hace ver a Jonathan todas las consecuencias que trae ser pandillero.

—¿Y qué tipo de consejos le das? –pregunto.
—Que no ande con gente que anda tatuada, que no ande con gente que sabe que roba…

Neck baja la mirada, se empequeñece, consciente quizá de que su siguiente frase debería ser: “Que no ande con gente como yo”.

—A él le digo que como persona se tiene que desarrollar, ¿mentendés? Tiene que aprender a hablar y a expresarse.
—¿Y qué te gustaría que fuera de mayor?

Neck calla un par de segundos, tres, cuatro. Baja la mirada de nuevo. Al fin responde que le gustaría que Jonathan se convirtiera algún día en médico o en arquitecto. Pero su respuesta me suena improvisada y hueca, como si nunca antes nadie le hubiera preguntado algo parecido, como si nunca antes hubiera pensado que existe un futuro.


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* Los nombres de algunos personajes y lugares de este relato se han modificado por razones de seguridad.

Cementerio Verapaz

Sobrevivió una gallina. De la casa de don Catarino, una de las pocas de ladrillo, apenas quedan los muros. Él estaba trabajando, pero a su esposa y a sus tres hijas las arrastró la correntada que la madrugada del domingo bajó del volcán Chichontepec, justo en el centro de El Salvador. Nadie aquí se explica cómo sobrevivió la gallina.

—Las tres niñas se murieron. Solo han hallado a una, la más grande, y es la que están velando. Las otras dos, a saber dónde estarán. La madre allá abajo la hallaron, golpeada, y la llevaron al hospital de San Vicente. Y dicen que allá murió.

Habla Mercedes Portillo, de 55 años y vecina de Don Catarino. Viste una vieja camiseta gris, falda verde y chancletas de piscina, todo prestado por su hija Teresa. Mercedes es enérgica y lleva la voz cantante en este corrillo de personas que hoy, mediodía del lunes, toman café y comen frijoles licuados y pollo con arroz que trajo una familia altruista llegada desde otro pueblo. La conversación, obvio, gira en torno a la tragedia ocurrida dos noches atrás en Verapaz.


Situado a poco más de una hora al oriente de San Salvador, Verapaz es uno de esos pueblos que rarísima vez aparecen en los periódicos locales. Su caso urbano son –eran– apenas nueve cuadras de largo por seis de anchura, un lugar en el que todos se conocen y donde la palabra ruralidad aún tiene razón de ser. Los hombres llevan con orgullo el sombrero de ala y el corvo colgado del brazo.

Este pueblo ignoto se convirtió de la noche a la mañana en el símbolo de la última tragedia que afecta a El Salvador, un pequeño país que en la última década ha sufrido dos terremotos, una erupción volcánica y las lluvias torrenciales provocadas por el huracán Stan en 2005 y ahora por Ida.

Las cifras oficiales aún bailan, pero el último reporte habla de 144 fallecidos en todo el país, decenas de desaparecidos, unos 15.000 damnificados, 229 casas destruidas y más de 1.800 afectadas. Y cosechas perdidas, y puentes destruidos y carreteras inutilizadas. Verapaz aporta una cuota importante de tanta desgracia.

Mercedes es de las afortunadas entre los residentes de la lotificación El Triunfo. De su casa no queda nada, pero ella, su hija Karla y su compañero de vida, José Isabel Romero, pudieron huir con lo puesto, y ahora están en la vivienda de otra de sus hijas. Perdieron todo: los documentos, la refrigeradora, la cocina, las dos camas y el televisor. Pero lo que más siente ella es que el deslave se llevara también la cosecha de maíz, la de frijoles y el pipián que José Isabel había sembrado. Se perdió el sustento para todo el año.

—Mire, sí vamos a aguantar hambre aquí –dice resignada–. ¿Y ahora? Que ni trabajos hay, y ya uno de viejo que ni puede trabajar.

Alrededor, el panorama es desolador. El volcán está a unos 10 kilómetros, verde intenso bajo el sol radiante, y se ve con claridad el pedazo marrón que se desprendió y provocó un alud de fango, rocas y árboles que devastó esta zona. La lava, como llaman por aquí a estos fenómenos, arrasó con la docena de casas que conformaban la lotificación El Triunfo antes de arremeter e inundar el resto del municipio.

Parece hacerse una idea de lo que ocurrió aquí, basta reflexionar sobre un dato. El pluviómetro oficial ubicado en el volcán registró en seis horas –desde las 10 de la noche del sábado hasta las 4 de la madrugada del domingo– 293 litros por metros cuadrado. Esa es toda la lluvia que cae sobre Madrid en un año entero.

Lo que queda es un solar de lodo resecándose y los tres árboles gigantes que aguantaron la embestida. De las viviendas, apenas el muro de la de don Catarino y la gallina.

Transcurridas apenas 34 horas desde el deslave, las calles del resto del pueblo están llenas de lodo, de rocas y de troncos y raíces, pero también están llenas de curiosos, rateros, socorristas, militares y policías y funcionarios. Ha llegado hasta el presidente de la República, Mauricio Funes.

Mercedes quiso saludarlo cuando estuvo hace unos minutos en la colonia San Antonio, la inmediatamente inferior, pero ni siquiera pudo verlo de cerca. “Los soldados lo empujan a uno, como si le fuera a hacer algo malo”, se queja.


En la parte baja de Verapaz, en el cruce de la 1.ª calle oriente con la 2.ª avenida norte, hay un tapón de escombros descomunal. Lo que más se ve son troncos y raíces, pero también hay pedazos de pared arrancados, rocas, un camión estrujado con un foco aún encendido y enseres varios: un televisor, un par de refrigeradoras, un paraguas abierto.

Encima de todo eso hay un grupo de socorristas de la Ong Comandos de Salvamento con motosierras. Intuyen que debajo puede estar alguna de las 47 personas que siguen desaparecidas. Y junto a ellos, como si fuera parque de atracciones, pasan como pueden turistas que quieren ver los estragos o grabarlos con su celular. No importa que a ambos lados de la calle la Policía haya cruzado dos bandas amarillas con la inscripción “No cruzar”. La curiosidad y el morbo pueden más que el sentido común.

Aquí arriba, en El Triunfo, sube menos gente. De hecho ayer domingo solo recibieron la visita de los rateros que vienen a ver qué encuentran para hurtarlo.

Ahora se acerca al corrillo otro vecino, Mauricio Ramos, un anciano de 74 años que también logró escapar del alud con lo puesto. Está delgado, algo encorvado y su rostro expresa cansancio, pero tiene el orgullo del campo en la mirada. Colgado en su hombro izquierdo, el corvo enfundado.

Pide por favor si le puedo prestar el teléfono para hacer una llamada a uno de sus hijos, que vive cerca de la capital. Han pasado 35 horas y aún no se ha podido comunicar con ellos.

—¿Qué pasó, hijo?
—…
—Por aquí estamos todos fregados, nos llevó todo la lava.
—…
—Aquí, donde vivíamos, pero en la mera lava estoy ahorita.

Bahía de Jiquilisco. Tan cerca y tan lejos

Todo era diferente hace unas horas. El agua ha sustituido al asfalto; hay lanchas y cayucos donde antes había autobuses y carros; manglar en vez de cemento; verde en lugar de gris; quietud y no zozobra. El hace unas horas eran las agresivas calles de San Salvador. Y el ahora es un lugar llamado bahía de Jiquilisco, reducto de exuberante naturaleza situado a poco más de 100 kilómetros de la capital de El Salvador. Tan cerca y tan lejos.

Es una bahía paradisíaca pero no muchos lo saben.

—¿Y el turismo lo ven como oportunidad o como amenaza?

—Para nosotros sería una oportunidad todo y cuando el turista venga a observar nuestros recursos, no a dañar. La apuesta aquí es el turismo sostenible, el ecoturismo –dice Cristabel Flores, directora de Codepa, una ONG que trabaja en y por la bahía desde hace 11 años.

Turismo sostenible, dice.

***

Bautizado por la Nobel chilena Gabriela Mistral como el Pulgarcito de América, El Salvador es el más chiquito país latinoamericano y también el más densamente poblado (una densidad seis veces superior a la de Panamá). Con estas variables no resulta tan sencillo hallar lugares donde el hombre no haya dejado su impronta. Situada en la zona oriental, en un departamento llamado Usulután, la bahía de Jiquilisco representa la mayor extensión de manglares de todo El Salvador. Estos son sus números: 635 km² repartidos entre seis municipios, temperatura promedio mensual superior todo el año a los 20 °C, decenas de especies de reptiles y mamíferos, cientos de especies de aves. Esteros y canales laberínticos, playas blancas e infinitas, islas desiertas e islas habitadas.



En su currículum destacan dos nombramientos. Desde 2005 forma parte del listado de humedales de importancia internacional Ramsar. Y en 2007 la UNESCO le otorgó el título de Reserva de la Biósfera. Pese a estas credenciales, y a que está a menos de dos horas de la capital, la bahía apenas está presente en la cada vez más competitiva oferta turística salvadoreña.

Walter Rojas, de la gerencia de áreas naturales protegidas del Ministerio de Medio Ambiente, prefiere destacar el importante papel ambiental que cumple la bahía, y le apuesta también a un turismo limitado: “Uno de los sueños es fomentar el ecoturismo, ese turismo que comparte con las comunidades, que ayuda a los pobladores y les genera fuentes de ingreso”.

***

Amanece en la bahía. El sol no ha salido, pero ya clarea. En la comunidad La Pirraya comienza el vaivén de lanchas que singulariza a los asentamientos pesqueros. Para las más grandes y atrevidas es hora de regresar. Llegan una tras otra, cargadas con el fruto de una larga noche en mar abierto. Para las más pequeñas, al contrario, el amanecer es el arranque de la jornada, el momento ideal para adentrarse en la bahía y probar suerte. Pero todas, grandes y pequeñas, tienen en común la dependencia del mar y los vistosos colores.

El mar ahora está calmado y plateado. En la orilla los primeros en llegar desembarcan grandes peces. Hay bagres, jureles y pargos, pero en poca cantidad. La pesca, dicen todos por acá, está cada vez peor. Sentado sobre la arena, José Ovidio Perdomo, don Ovidio, observa, quizá añorando los largos años en los que él también fue pescador. Alguien muestra orgulloso un robalo de casi medio metro.

—¿Y aún puede ser más grandes?

—Sí –responde–. Hay veces que hasta de 60 libras. Por ahí tienen tendido uno de 25.




Don Ovidio nació junto al mar y todo indica que morirá junto al mar, en La Pirraya. Tiene 58 años, es bajito, los ojos claros y la piel requemada. Ahora trabaja como guardarrecursos, pero antes le tocó de pescador, camaronero, tortuguero y curilero. Es la voz de la experiencia.

—Don Ovidio, ¿y donde se compran estas lanchas?

—Aquí mismo se la pueden fabricar.

Rosendo Castillo –56 años, grueso y cachucha en la cabeza, como casi todos en la bahía– fabrica lanchas de fibra de vidrio, las más solicitadas. Su taller, por llamarlo de alguna manera, está sobre la línea de playa. Es una humilde construcción de palma y madera con techo de lámina que apenas sirve para proteger de la lluvia y el sol las lanchas en ciernes. Él y sus cuatro ayudantes están construyendo ahora una con nevera, para poder pasar varios días en altamar. Es de las que más trabajo requieren. Tardarán nueve días y cobrarán 3,500 dólares por el trabajo.

—A La Pirraya –dice Rosendo, orgulloso– el primero que vino es un cuñado mío que por allí vive. Después me vine yo.

La Pirraya, de hecho, es una comunidad joven y a la que solo se puede llegar en lancha. Hasta hace unas décadas acá no había casas. Pero en los primeros años de la guerra civil que afectó a El Salvador en la década de los 80, decenas de familias desplazadas terminaron aquí. Hoy la conforman más de 200 familias que en su gran mayoría dependen del mar.

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En La Pirraya no hay discotecas ni restaurantes de cinco tenedores ni polideportivos ni museos ni parques de atracciones. Lo que sobra es sol, playas, pescado y tranquilidad. Es un lugar ideal para eso que algunos llaman turismo antropológico. Eso sí, el billar que atiende Esperanza Rivas, el único en toda la comunidad, permite degustar al final del día, sobre la arena y por un dólar, la cerveza más fría y agradecida que uno pueda imaginar.

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El taller de Rosendo está a mitad de camino entre el singular muelle de madera y el vivero de tortugas. Desde hace años funciona en este sector de la bahía una red de guardarrecursos que entre mayo y diciembre están pendientes de los desoves de diferentes especies de tortuga marina: carey, golfina, prieta y baule. Don Ovidio fue por años el encargado del vivero, labor en la que hoy le ha sustituido un joven de 17 años –también de La Pirraya– llamado Moisés García.

—¿Y cuánto tarda en nacer la tortuga carey?

—El manual que nos han dado –responde don Ovidio– dice que entre 55 y 60 días después de la puesta, pero, asegún la temperatura que tenemos actualito aquí, yo sé que nacen siempre a los 55 días. Eso yo lo tengo aquí –y se señala con satisfacción la sien.

Para dentro de cuatro días esperan que una nidada eclosione.

Debido a la merma en las poblaciones, El Salvador decidió el año pasado prohibir todo tipo de comercialización de los huevos de tortugas. Este vivero ofrece a los pobladores tres dólares por cada docena que llevan, y el 100% de las tortugas que nacen son liberadas al mar. Además del beneficio medioambiental, la precisión de don Ovidio para conocer las fechas de eclosión de los huevos han convertido las liberaciones de tortugas en un prometedor reclamo turístico.



Algo similar está ocurriendo con los paseos en lancha o en kayak por el manglar. En coordinación con el Ministerio de Medio Ambiente, las distintas cooperativas y asociaciones comunitarias que conforman Codepa comienzan a ver el filón. Ya se está ofreciendo a los pocos turistas que llegan, por ejemplo, que sean ellos mismos los que recolecten entre el lodo las conchas para luego elaborar cócteles.

Adentrarse en el manglar es toda una experiencia. Con un buen guía y marea alta, uno puede llegar en lancha a canales de agua por los que apenas pasa la embarcación. Sea la hora que sea, ingresar en este laberinto de raíces supone un contacto directo con uno de los ecosistemas más productivos del planeta. La vida se respira. La temperatura baja de forma súbita y el sol se desvanece, al punto que las cámaras fotográficas comienzan a exigir el flash para garantizar imágenes iluminadas.

—Entre más caminemos para adentro, más cerrado –advierte Miguel Rodríguez, el lanchero.

Es hora de retirarse.

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El manglar circunda Puerto Parada, el cantón al que se dirige la lancha y que funciona como una de las dos puertas de acceso y salida a toda la bahía. La otra es Puerto El Triunfo, otro municipio en el que tener una lancha es más codiciado que tener un carro.



Al llegar a Puerto Parada, un grupo de jóvenes ha formado cadenas humanas que se tiran de forma vertiginosa pero sincronizada los cocos llegados a bordo de una barcaza. Hay bromas y buen humor. Los cocos, la única actividad agrícola en todo el sector oriental de la bahía, terminarán casi todos en San Salvador. Al fin de cuentas, la capital y su asfalto y sus carros y su cemento y su gris y su zozobra están a menos de dos horas. Tan cerca y tan lejos de la bahía.

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