El amigo de Monseñor Romero



Aquel sábado Monseñor Romero estuvo reunido en el Hospital Divina Providencia con dos de sus más estrechos colaboradores, el padre Rafael Moreno y el padre Francisco Estrada, jesuitas los dos. Primero había atendido a dos coroneles de la Fuerza Armada en una conversación cordial pero en la que no faltaron reproches, para luego quedarse solos los tres, ordenando ideas para la homilía del día siguiente. Estaba claro que no sería una más, que el país entero estaría más pendiente que lo acostumbrado de sus palabras. Era 20 de octubre de 1979, y la homilía que afinaban iba a ser la primera después del golpe de Estado.

A las 11 de la noche los sacerdotes se retiraron. Cuando ya se habían ido, Monseñor Romero se percató de que el padre Rafael Moreno se había llevado por error los papeles en los que había anotado las ideas que se disponía a dar desarrollar. El toque de queda iniciaba a las 12, y necesitaba que alguien fuera hasta la residencia de los jesuitas, en Santa Tecla, para recuperarle sus anotaciones. Era un favor de esos que solo se piden a personas de entera confianza, y llamó a Salvador Barraza.

No lo tuvo que repetir dos veces. Salvador se vistió, manejó su carro hasta Santa Tecla, recogió los papeles, desde allí se dirigió hasta el Hospitalito, se los entregó a su amigo, y se regresó a la casa, cerca de la Terminal de Occidente, sin que ocurriera inconveniente alguno. Salvador volvió a la cama, y Monseñor Romero siguió trabajando en soledad hasta las 4 de la madrugada.

***

Salvador vive hoy en la colonia Buenos Aires del barrio San Jacinto de San Salvador. El dinero que entra en la casa es poco, muy poco, y casi todo lo aporta su esposa Marta. Él trabaja como vendedor de mobiliario escolar, pero gana a comisión, y la venta está mala, nula en los últimos meses.

—Don Salvador, ¿y usted no tiene su pensión?
—No. Yo trabajé mucho, pero por mi cuenta, y uno de joven no piensa que algún día le faltará el trabajo.


Su casa es larga y estrecha. La sala es lo primero cuando se entra desde la calle. Está pintada de azul celeste, pero la humedad se ha encargado de ennegrecer algunas partes. No tiene techo falso, y el mobiliario es escaso: una mesa y sillas, dos sofás cubiertos con sábanas desteñidas, y un pequeño mueble de madera sobre el que descansa un televisor. Lo que singulariza esta sala es el montón de fotografías familiares que cuelgan de las paredes, algunas tomadas en los tiempos de la prosperidad, hace 30 o 40 años. Hay una fotografía ligeramente apartada del resto que es la que Salvador más estima.

—Ahí estamos en México –me dice.


La fotografía es en blanco y negro, y en ella aparecen sentados, en un plano corto, él y Monseñor Romero. La tomaron durante una de las funciones del Gran Circo Unión, en la capital mexicana, mientras los dos miraban un número de funambulistas. Sonríen. Monseñor Romero viste de civil y nada permite suponer que sea un arzobispo. Sin la explicación, lo que cuelga en la pared azul celeste ennegrecida es una imagen de dos amigos, sin más.

***

Salvador Barraza Ascencio nació el 31 de diciembre de 1936 en un mesón del barrio Candelaria, en el centro de San Salvador. La infancia ocupa hoy muy pocos de sus recuerdos. Ni siquiera se acuerda si eran siete u ocho los hermanos que resultaron del matrimonio entre Manuel y Virginia, sus padres. Fueron, eso sí lo tiene presente, años de dificultades que lo obligaron desde muy joven a trabajar para complementar los ingresos familiares. Empezó como ayudante en una gasolinera.

La primera vez que dice haber visto a Monseñor Romero fue en una misa vespertina en la catedral de San Miguel, ciudad a la que viajaba con frecuencia a petición de los padres redentoristas, para los que trabajaba. En una ocasión, recién llegado desde San Salvador, Monseñor Romero le ordenó que se durmiera un rato porque en unas horas saldría de regreso a la capital.

A inicios de los setenta, y animado por su esposa, Salvador pasó a ser su propio patrón. Nació Zapatitos Nenes, un negocio de venta de zapatos para niños que no tardó en convertirse en una saludable fuente de ingresos. Fueron los tiempos de la prosperidad, los tiempos que le permitieron, por ejemplo, viajar a Europa por puro placer.

—El negocio iba bien, tenía clientela hasta en Guatemala y Honduras –dice ahora con nostalgia–, pero luego se puso duro. Con el terremoto del 86 y con la guerra muchos negocios desaparecieron, y eso también le pasó al mío.

Ese trabajo le dejaba mucho tiempo libre, circunstancia que contribuyó a solidificar su amistad con Monseñor Romero: casi siempre estaba disponible para él. Se los veía juntos desde antes incluso de la consagración como obispo, y cuando salían en carro rara era la vez que no manejaba Salvador.

—Pero yo no era su motorista –aclara, consciente de que muchas veces lo han presentado equivocadamente así–. Como arzobispo él tenía su motorista asignado, pero para las cosas de confianza me buscaba a mí, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse, porque tenía mucha tensión. Íbamos seguido al mar, siempre andábamos hamacas en el baúl.

Se hicieron compadres, literalmente. Monseñor Romero es el padrino de María Virginia, la mayor de los cinco hijos que Salvador procreó con sus dos esposas: Eugenia, la ex, con la que tuvo tres; y Marta, la actual, con la que tiene dos.

Tras la quiebra de Zapatitos Nenes le tocó hacer casi de todo, pero siempre en el área de las ventas. Vendió camisas, vendió pastas Robertoni, vendió su carro... Pero nada volvió a ser igual. De los tiempos de la prosperidad queda tan solo la amistad con Monseñor Romero que, a su manera, aún cultiva desde el anonimato. Cada domingo, a pie o en un bus de la ruta 22, se desplaza hasta Catedral Metropolitana para escuchar la misa de las 9 junto al mausoleo donde yacen los restos de su amigo.

—Y usted –pregunto a Salvador–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?
—Claro. Y no es solo que lo crea, sino que lo viví a la par de él. Tan solo ver esa convicción con la que entraba en las iglesias... Con Monseñor llegué a tener una confianza de hermanos, de buenos hermanos.
—¿Notó diferencia en él antes y después de ser arzobispo?
—Lo mismo. Yo igual lo llevaba a mi casa, igual jugaba con mis hijos, igual se acostaba en la haragana...
—Algunos hablan como si se tratara de dos personas distintas.
—No, nada que ver. Lo que sí es que tenía un carácter fuerte, pero eso antes y después. Como migueleño, pues. Carácter fuerte, pero también la otra cosa: la dulzura, la forma respetuosa de tratar, era bien mielita.

***

El nuncio apostólico para Guatemala y El Salvador en 1970 era el italiano Girolamo Prigione. Poco antes del atardecer del 21 de abril, monseñor Prigione habló con Monseñor Romero y le comunicó la decisión de la Santa Sede de nombrarlo obispo y el cargo asignado: obispo auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador. Le pidió que lo meditara y que le respondiera en no más de 24 horas. Aceptó.

La consagración se celebró dos meses después, el 21 de junio. El propio Prigione fungió como consagrante principal, y los co-consagrantes fueron monseñor Chávez y González y monseñor Rivera Damas, arzobispo de San Salvador y obispo auxiliar respectivamente. El cardenal Mario Casariego viajó desde Guatemala para el evento, además de los obispos salvadoreños y de otros llegados de distintos países de la región. Como maestro de ceremonias eligió a su amigo, el padre Rutilio Grande. La celebración se realizó en el gimnasio del Liceo Salvadoreño y fue realmente multitudinaria. Entre los cientos de invitados estaba Salvador, pero apenas pudieron hablar.

—Llegó una buena cantidad de gente. Incluso el Tapón estaba allí.

El Tapón al que se refiere es el entonces presidente de la República, el general Fidel Sánchez Hernández, que se sumó al largo listado de diputados, ministros y generales que asistieron. El grueso de las familias acomodadas de San Miguel, Ciudad Barrios y Santiago de María viajó en tropel a la capital. Hubo música, banquete, vino, discursos... Para el clero que estaba más en sintonía con las directrices consensuadas por los obispos latinoamericanos en la ciudad de Medellín dos años antes, la fastuosa fiesta fue la confirmación de que era un títere de la oligarquía. Un grupo de sacerdotes incluso firmó un comunicado para criticarle con dureza.

***

Monseñor Romero tenía un carácter fuerte, explosivo a veces. Cuando se molestaba, algo que ocurría con relativa frecuencia, su locuacidad se convertía en un ariete contra el causante de su enojo, sin importar si este era un ser querido y sin medir la contundencia de sus palabras. A alguien que había hecho de la palabra su herramienta de trabajo nada le costaba ser hiriente. Y lo lograba. Luego, más calmado, le tocaba pedir disculpas. Se me fue la albarda de lado, le gustaba decir.

Ese carácter suyo le dio problemas durante las más de dos décadas que trabajó en la diócesis de San Miguel, sobre todo con los demás curas. En 1967 lo trasladaron a San Salvador para trabajar en la Conferencia Episcopal y, salvo el caso paradigmático del padre Grande, tampoco logró entablar grandes amistades con sacerdotes en la capital. Los siete años hasta su partida hacia Santiago de María se recuerdan como años de escasa interactividad en los espacios comunes del seminario, donde residía, e incluso años de recelos y fuertes confrontaciones públicas con otros religiosos, en especial con el numeroso grupo de jesuitas aglutinados en torno a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA).

Salvador no se libró de los arrebatos. Una vez que tenían que mañanear para viajar a Guatemala, Monseñor Romero se presentó temprano en la casa de su amigo para comprobar que aún no se había despertado. Salvador saltó de la cama cuando su esposa le dijo que lo esperaban en la puerta, se vistió en un santiamén y sin desayunar siquiera se subió en el carro y lo puso en marcha. Sobre la carretera Panamericana, a la altura del municipio de El Congo, obligó a Salvador a detener el carro en una gasolinera y le ordenó que se bañara.

—Lo bueno es que con Monseñor era como cuando los cipotes se pelean, que rápido se les olvida. Él no ocupaba su cabeza en esos pleitos.

No solo en esa ocasión Salvador lo comparará con un niño. Dirá: se reía puro niño. Dirá: nunca he visto otra persona que mantenga la sencillez de un niño. Dirá: nunca dejó lo de niño. Dirá: tenía muchas cosas de niño. Dirá: su corazón era como el de un niño.

Un niño, eso sí, con un carácter fuerte, explosivo a veces.

***

Pasan las 11 y media de la mañana de un viernes de septiembre, y Salvador y yo esperamos en el portón de la escuela a Martita, su hija pequeña. Su esposa Marta trabaja, y a él le toca traerla en la mañana y recogerla a mediodía. Juntos caminan dos veces al día los más de 10 minutos que separan el centro escolar de la casa. Platicando sobre Monseñor Romero la espera de hoy se hace más corta. Llovizna. La puerta metálica se abre a cada rato y por él salen niños y niñas uniformados. En una de estas, queda entreabierta y al fondo, sobre una pared, aparece la inconfundible efigie.

—Mire –comento a Salvador–, ahí tienen a Monseñor Romero pintado.
—Ah, ¿sí? –mira curioso–, pues es la primera vez que me fijo... Pero a él no le gustaba eso.
—¿Que lo dibujaran?
—No, la fama. No le gustaba la fama, ni siquiera que le tomaran fotos.



***

Jamás me he creído líder de ningún pueblo, porque no hay más que un líder: Cristo Jesús. Jesús es la fuente de la esperanza, en Jesús se apoya lo que predico, en Jesús está la verdad de lo que estoy diciendo. Sí, yo sería un loco, queridos hermanos, queridos radioyentes, querer ser yo, frágil, mortal, que voy a acabar como todos ustedes, muerto, quererme hacer yo el sostén de todo un pueblo y de toda una esperanza.

(Monseñor Romero, homilía del 28 de agosto de 1977)

***

Era madrugada, pero Monseñor Romero seguía despierto en su casa del Hospitalito cuando escuchó en el techo unos ruidos a los que en un principio no dio mayor importancia. La cosa cambió cuando, amplificado por el silencio de la madrugada, un golpe seco estremeció toda la casa, y esta vez sí que se asustó como se asustaría alguien que está amenazado de muerte.

A Monseñor Romero no le gustaba hablar más de lo necesario sobre las amenazas que recibía. Ni siquiera con su amigo Salvador. Ni siquiera cuando estaba solo frente a su grabadora. Pero fueron muchas y variadas, y cada cual más explícita. “Usted, monseñor, está a la cabeza del grupo de clérigos que en cualquier momento recibirán unos 30 proyectiles en la cara y en el pecho”, decía una nota firmada por un grupo paramilitar llamado FALANGE en mayo de 1979. “Esta unión patriótica lo condena a muerte, igual que hemos matado a tanto cura comunista”, decía otra carta, apadrinada esta por la Unión Guerrera Blanca, también escuadroneros.

Para septiembre de 1979 la certeza de que su vida corría peligro era tal que incluso el Gobierno del general Humberto Romero, con quien Monseñor Romero nunca tuvo contacto alguno para explicitar su rechazo a la represión de los cuerpos de seguridad estatales, le ofreció guardaespaldas y hasta un carro blindado. No los aceptó: “Sería un antitestimonio pastoral andar yo muy seguro mientras mi pueblo está tan inseguro”.

—Vaya, hoy sí que ya estuvo –debió pensar tras escuchar los ruidos en su techo.

Asustado pero firme, salió de la casa para averiguar qué ocurría. Respiró aliviado cuando vio unas ardillas que habían dejado caer unos aguacates del palo que hay junto a la casita. Agarró del suelo un par de los aguacates y se refugió. A la mañana siguiente, antes del desayuno, contó lo ocurrido a las hermanas carmelitas.

—Mire, madre Lucita, fíjese que casi no pude dormir en toda la noche, pero aquí le traigo el cuerpo del delito –y le entregó los aguacates y una sonrisa.

Apenas tuvo a Salvador delante también le contó su encuentro con las ardillas, y los dos rieron como niños traviesos. Todavía hoy, cuando lo recuerda, Salvador ríe como quien cuenta una travesura.

***
—¿Me permite una fotografía? –pregunto a Salvador antes de encaminarnos juntos hacia Catedral Metropolitana.
—Claro, pero me va a dejar cambiar de camisa. Tengo una que es de Monseñor, ¿me la pongo?
—La que usted quiera.
—Es que como hemos hablado tanto de Monseñor Romero... Ya regreso.

Salvador desaparece y reaparece al instante enfundado en una camisola que alguna vez fue blanca y que tiene el cuello roído. En el pecho, el rostro impreso en blanco y negro, con una única franja horizontal roja a la altura del ombligo sobre la que hay una inscripción: 24 de marzo de 1980-2001. Es una camisola sin secretos, similar a las que a diario se venden en las entradas de la catedral, pero esta se pagó en colones.

—Hoy sí, tómeme la foto –dice Salvador, el orgullo en la mirada.

***

La última misa completa a la que asistió Monseñor Romero no fue, obvio, aquella en la capilla del Hospitalito que no finalizó porque un disparo le perforó el tórax. Tampoco fue la misa en la basílica del Sagrado Corazón del día anterior, esa en la que pronunció la histórica homilía en la que, en nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño, suplicó, rogó y ordenó el cese de la represión. No. Monseñor Romero celebró su última misa entre campesinos, en una humilde iglesia consagrada a la Virgen de Lourdes en el cantón Calle Real, ubicado en el área rural del municipio de Delgado, a mitad de camino entre San Salvador y Apopa.

Fue Salvador quien lo llevó hasta Calle Real, y en esa ocasión los acompañó Eugenia, la esposa. Ellos tres más los tres hijos de la pareja habían almorzado antes en la casa, habían visto juntos televisión y hasta había sobrado algo de tiempo para que el invitado durmiera un rato la siesta. Al cantón llegaron cuando faltaban unos minutos para las 4, justo para el inicio de la misa en la que confirmaron a un buen número de jóvenes. Al finalizar, hubo pláticas con los campesinos, entrega de víveres para el Hospitalito y se tomó alguna que otra fotografía con los recién confirmados.

Entre unas cosas y otras les atardeció en el cantón Calle Real. Se despidieron de los pobladores, se subieron al carro, Salvador lo puso en marcha y los tres regresaron a la casa familiar. Allí cenaron sin saber que sería la última cena.

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Este perfil fue publicado el 20 de marzo de 2011 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.

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