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Eva del Carmen Menjívar, la hermana Evita




Es sábado, casi domingo, pero el parque central de Aguilares es un hervidero. Parece que todos quieren ver de cerca los tres cadáveres que yacen en un pasillo del convento, cerca de la iglesia El Señor de las Misericordias. Los ametrallaron poco antes de las 5 de la tarde, cuando se dirigían en un Volkswagen Safari blanco hacia El Paisnal, un pequeño pueblo a no más de diez minutos en carro desde aquí. Nelson Lemus era un acólito de apenas 16 años al que le gustaba repicar las campanas y del que se dice que sufría ataques de epilepsia; tiene cinco balazos. Don Manuel Solórzano, el mayor de los tres con sus 72 años, era uno de los más activos colaboradores de la parroquia; presenta 10 perforaciones. El tercer cuerpo, de un hombre fornido de 48 años de edad, es el del párroco, y los 18 orificios de bala son la prueba de que se ensañaron con él. Se llamaba Rutilio Grande, el padre Rutilio Grande.

Entre la multitud está la hermana Evita, una carmelita de San José. Ha llegado desde Guazapa pasadas las 8, en bus, junto al padre José Luis Ortega, jesuita, como jesuita también era el padre Grande. Es tanto el gentío que les ha costado acercarse hasta el convento y más aún acceder al pasillo donde están los cuerpos.

A los tres los tienen sobre unas mesas y semi-envueltos nomás con sábanas blancas, para que todos los vecinos de Aguilares, de sus cantones y de los cantones de los pueblos vecinos vean qué les han hecho. Una de las balas atravesó el cráneo del padre Grande y, aunque han transcurrido casi siete horas, todavía sangra. A la hermana Evita le parece demasiado, pide una toalla al padre Salvador Carranza, otro de los jesuitas presentes, y comienza a pasársela por la cabeza. En ese momento el silencio se torna más silencioso. Entran dos obispos. Uno es Monseñor Romero y aparece vestido de riguroso negro. El sacerdote que está acribillado sobre la mesa es su amigo. Se acerca ensimismado, desconcertado, y de inmediato reconoce a la mujer que limpia el rostro con delicadeza, como si limpiara la estatua de un santo.

—Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo, ¿verdad, hermana? –le dice Monseñor Romero.

La noche recién comienza.

*** 

Eva del Carmen Menjívar Brizuela nació 30 de enero de 1939 en La Laguna, un pequeño y enmontañado pueblo del departamento de Chalatenango, cerca de la frontera con Honduras. Su padre, Simeón Menjívar, fue un inquieto agricultor al que su esposa le enseñó a leer y escribir. Su madre, Secundina Brizuela, fue una maestra de escuela profundamente religiosa a la que el matrimonio confinó en su hogar. Eva del Carmen, Evita, tuvo cuatro hermanas y cinco hermanos, toda una prole que le garantizó juegos en la infancia, pero que no impidió que, en la transición a la adolescencia, La Laguna le pareciera un lugar demasiado rural como para labrarse un futuro allí. Solo se podía estudiar hasta tercer grado y, en un hogar en el que el dinero no sobraba, una de las pocas opciones reales para huir era hacerse monja. Con 15 años llegó a la ciudad de Santa Tecla a conocer el colegio Belén, que administraban y sigue administrando las Hermanas Carmelitas de San José.

—Son la única congregación de aquí, salvadoreña, y a mí eso me llamó la atención –dice Evita.

Se consagró joven, apenas 21 años. Su primera década como religiosa la pasó recluida en centros educativos de las carmelitas en El Salvador y en Honduras. Pero en 1972 surgió la oportunidad de realizar trabajo pastoral social en la parroquia de Ciudad Barrios, el pueblo natal de Monseñor Romero. Pasó más de cuatro años entre comunidades eclesiales de base, ayudando a crear algo así como una sucursal del polémico Centro de Promoción Campesina Los Naranjos que los padres pasionistas tenían en Jiquilisco.

Tanto Ciudad Barrios como Jiquilisco pertenecen a la diócesis de Santiago de María, de la que Monseñor Romero fue nombrado obispo a finales de 1974. Por tratarse de una diócesis tan pequeña –apenas una veintena de parroquias–, el contacto con él era fluido. Todos los meses se organizaban reuniones del clero con su obispo en el colegio Santa Gema, situado no muy lejos de la sede episcopal.

En diciembre de 1976 la congregación trasladó a Evita a Guazapa, muy cerca de Aguilares, un sector donde los jesuitas, con el padre Grande a la cabeza, llevaban años de intenso trabajo con las comunidades. A mediados de 1979 hubo profundos cambios en las Hermanas Carmelitas de San José, y tanto la superiora general como el resto de autoridades se replantearon la línea pastoral, que hasta entonces había sido anuente con las ideas progresistas bombeadas desde Medellín. Inconforme con los nuevos lineamientos, Evita renunció.

—¿Por qué dejó la congregación? –le pregunto.
—No fui yo sola. Las que pensábamos igual éramos unas 15, aunque al final solo ocho nos salimos. Nos fuimos porque era muy difícil estar amarradas a las estructuras de una congregación. En un primer momento la congregación tuvo su razón de ser, pero después, cuando conocimos los problemas del país, comenzamos a cuestionarlo. Y la madre superiora nos lo planteó así: o dejábamos la labor pastoral o nos salíamos. Además, nos lo pidieron cuando más dura estaba la represión. Irme de Guazapa habría sido lo más fácil, pero…
—Optó por salirse.
—Sí, aunque no fue tan sencillo. Lo hablamos mucho con Monseñor, nos pidió que lo meditáramos, incluso hicimos un retiro en Apulo. La decisión nos tomó meses, pero él siempre nos apoyó.

En la tarde del sábado 16 de febrero de 1980 Monseñor Romero presidió una misa en Guazapa que sirvió para presentar ante los líderes comunales la atípica decisión tomada por Evita y las otras hermanas. En la homilía preguntó a los presentes qué les parecía que las hermanas no vistieran ya como carmelitas. El hábito no hace al monje, le respondió un catequista.
Estallada la guerra civil, ni el asesinato de Monseñor Romero ni una bomba en la casa en la que vivían en Guazapa evitaron que Evita se involucrara aún más en comunidades eclesiales de base. De entre las hermanas que salieron de la congregación surgió, de hecho, la semilla que en 1990 germinó en un pequeño grupo llamado Biblistas Populares de El Salvador (BIPO), que hoy trata de revivir, mediante lecturas comunitarias, talleres de formación bíblica y modestas publicaciones, ese espíritu organizativo que tanto se diluyó durante la guerra y la posguerra. Voluntariado en estado puro. 
Evita nunca se casó ni tuvo hijos.

*** 

Faltan 11 días para que lo asesinen.

El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Hoy es 1 de marzo de 1977, y entre los alicientes está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros.

—Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie –comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador.

La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban siendo torturados; sin embargo, el nombramiento también fue una decepción para ella.

Monseñor Romero tomó posesión una semana antes, el martes 22 de febrero, y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos. El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada del lunes, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos 6,000, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en todo el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió ayer, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre 40 y 60; algunos reportes elevarán la cifra hasta los 300.

El ponente principal de la reunión del clero es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear 14 grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debería permanecer pasiva ante tanto atropello. Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso con las ideas planteadas.

—Por favor –les pide–, ayúdenme, porque yo solo no puedo.

De regreso a Aguilares el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto un cambio que invita al optimismo.

—Es una señal –le hace saber a Evita y a las demás.

*** 
—Y usted –pregunto a Evita–, ¿cree que Monseñor Romero es santo? —Yo sí creo.
—¿Dónde ve esa santidad?
—La veo en sus grandes valores. El hombre era muy humilde, de mucha oración. Si uno se fija en sus homilías, en cómo las iba ordenando, dan pie a pensar que Monseñor no solo iba a hablar, sino que hacía profundas reflexiones, y no solo hacia fuera. Fue una profunda reflexión decirse a sí mismo en un momento muy importante de su vida: ahora me toca cambiar a mí. Y nos lo dijo algunas veces: esto nos lo han enseñado así, pero tenemos que hacer esto otro.
—¿Le parece que fue alguien comprometido?
—El compromiso que asumió en sus últimos años fue muy sincero, desde la verdad, y él no se quería equivocar. Que alguna vez se equivocara como humano, tal vez, pero siempre escuchaba. En sus homilías no denunciaba por denunciar, pero lo hacía cuando uno le llevaba todos los datos y testimonios, y hasta mandaba gente a investigar cuando tenías dudas.
—¿Usted se convenció de su santidad antes de que él muriera?
—Yo siempre admiré que tuviera ese cambio tan radical, algo que no es tan fácil a sus años y en su puesto. ¡Todo un arzobispo! No es tan fácil cambiar.

***

Noche cerrada, pero Monseñor Romero aún no ha salido hacia Aguilares. Está tratando de digerir la noticia del asesinato cuando le avisan de que el presidente de la República, el coronel Arturo Armando Molina, quiere platicar con él. Se conocen desde hace años, son amigos, y la llamada se enmarca dentro de la lógica. El coronel Molina le da el pésame y le promete una investigación seria y un informe oficial.

Es casi medianoche cuando Monseñor Romero llega a Aguilares. Lo acompaña monseñor Rivera Damas. Entra en el convento, mira los tres cadáveres, mira a la hermana Evita con la toalla ensangrentada en sus manos, y mira al nutrido grupo de jesuitas encabezados por su provincial, el padre César Jerez. Pronto sabrá que las armas utilizadas son pesadas (calibre .45 o .51) y que la ausencia de las autoridades para investigar ha sido tan notoria que los jesuitas han traído a su propio médico forense. La sospecha de que los asesinos son miembros de la Guardia Nacional ya se ha apoderado de Aguilares.

En junio de 1975, cuando una matanza similar ocurrió en el cantón Tres Calles, Monseñor Romero escribió una carta al presidente Molina: “Con esta misma limpia intención pastoral ruego al Señor Presidente su decisiva intervención a fin de que retorne al cantón Tres Calles la paz de los hogares, perdida ante la amenaza y el temor, y se haga justicia a las víctimas del atropello y se restituya, de alguna manera, a las familias, por la pérdida de quienes eran su sostén”.
Dentro de dos días escribirá una carta también al presidente Molina, pero el tono será este otro: “Me dirijo a usted para manifestarle que surgen en torno a este hechos unas serie de comentarios, muchos de ellos desfavorables a su Gobierno. Como aún no he recibido el informe oficial que usted me prometió telefónicamente el sábado por la noche, juzgo de suma urgencia que usted ordene una investigación exhaustiva de los hechos. […] La Iglesia está dispuesta a no participar en ningún acto oficial del Gobierno mientras este no ponga todo su empeño en hacer brillar la justicia sobre este inaudito sacrilegio que ha consternado a toda la Iglesia”. 

Algo está ocurriendo esta noche. El padre Jon Sobrino, también presente en la vela del padre Grande, describirá años después muy gráficamente lo que a su juicio hoy le sucederá a Monseñor Romero. Se le cayó la venda de los ojos, dirá. 

*** 

Si hacemos a un lado los sectores de ultraderecha que promovieron o celebraron su asesinato y a sus ahijados políticos, cuesta en la actualidad encontrar a alguien que critique en público a Monseñor Romero. El paso de los años lo ha convertido en un referente mundial de lucha contra la desigualdad, de compromiso con los más desprotegidos, de respeto a los derechos humanos, de promotor de la verdad como premisa para la reconciliación, de… Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que muchos de los que hoy le aplauden lo criticaron con dureza. En la calentura por convertir El Salvador a cualquier precio en una república socialista, Monseñor Romero también fue cuestionado por muchos compas. Tras el apoyo expreso al golpe de Estado de octubre de 1979, lo llamaron viejo burgués, lo acusaron de olvidarse del pueblo, lo presentaron como un promotor de los intereses gringos. “Hubo un tiempo en que buena parte de la dirigencia de las organizaciones populares estaba convencida de que se había cambiado de bando”, me dijo, bajo condición de anonimato, un entrevistado.

Cuando uno plantea hoy este tema, hay quien prefiere pasar de puntillas, quizá para evitar retratarse como lo que fueron: personas que durante semanas o meses creyeron que Monseñor Romero era un traidor. Por eso, como periodista se agradece tanto la naturalidad con la que Evita admite que la izquierda política cometió con él gruesos errores, errores que algunos ahora tratan de ocultar o redimir con estatuas y palabras de falsa admiración.

—Con eso de la Junta de Gobierno –admite Evita–, hubo organizaciones que le mandaron cartas fuertes. Le decían que cómo era posible que estuviera apoyando eso.

Monseñor Romero lo llamaba fanatismo. Y lo criticó, fiel a sus convicciones, en repetidas ocasiones. “Ilusionados por esa misma tentación del poder –dijo en su homilía del 30 de diciembre de 1979, cuando arreciaban las críticas–, están cometiendo muchos errores también los grupos de izquierda y las organizaciones populares que pierden de vista el objetivo legítimo de sus presiones, que debe ser el bien común del pueblo y no el fanatismo de su grupo o la obediencia de consignas extranjeras”.
Fanatismo hubo, hay y quizá nunca deje de haberlo en El Salvador. 



***



La noche recién comienza.



Entre los presentes persisten dudas sobre cómo actuará Monseñor Romero ante los tres cadáveres, y seguramente él también las tiene. Es la máxima autoridad eclesiástica presente en Aguilares, pero su actitud se limita a escuchar sin proponer. Una pregunta atormenta su cabeza: ¿qué debe hacer la Iglesia después de esto?



Pasada la medianoche se decide oficiar una misa. Trasladan los cuerpos del convento a la iglesia, y los colocan frente al altar. A pesar de la hora, son cientos los presentes. Tras la misa, Monseñor Romero propone que todos los sacerdotes y religiosas, Evita incluida, se reúnan en privado, reunión a la que invitan a un pequeño grupo de líderes comunales. ¿Qué debe hacer la Iglesia después de esto? Entre las respuestas que escucha están las que podrían considerarse lógicas, como publicar un comunicado de condena o exigir al Gobierno que esclarezca el caso. Pero también se plantean dos medidas que, de ser aceptadas, supondrán un puñetazo sobre el tablero. Por un lado, se pide a Monseñor Romero que no asista a ningún acto oficial del Gobierno hasta que se esclarezcan los asesinatos. Por otro, se propone que, para evidenciar qué significa perder a un párroco, se cierren todas las iglesias de la arquidiócesis un día y se convoque a una misa única en Catedral metropolitana.



La reunión termina sin decisiones firmes. El sol asoma cuando Monseñor Romero emprende el camino de regreso a San Salvador.



Las ideas propuestas se llevarán el martes a una reunión extraordinaria del clero en el Seminario San José de la Montaña. Monseñor Romero está consciente de que lo planteado redefiniría el rol de la Iglesia en una sociedad tan polarizada como lo es la salvadoreña, y quiere escuchar las opiniones de todas las tendencias que hay en el seno de la Iglesia, no solo las de los jesuitas.



Pero llegado el día, no habrá marcha atrás. El domingo 20 de marzo Catedral metropolitana acogerá, en contra de la voluntad de Emanuele Gerada, el nuncio apostólico, un hecho sin precedentes en la historia de El Salvador: una única misa.



***



La misa está recuperando en este momento todo su valor; porque quizá, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces, como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando. […] Estamos en la primera parte precisamente, la palabra de Dios, llamando a los hombres para que comprendan que en su palabra está únicamente la solución de todos los problemas: políticos, económicos, sociales, que no se van a arreglar con ideologías humanas, con utopías de la tierra, con marxismos sin horizontes, con ateísmos que prescinden de la única fuerza. La única fuerza que puede salvar es Jesús, que nos habla de la verdadera liberación. […] Mi corazón siente alegría profunda al tomar posesión de la arquidiócesis y sentir que mi propia debilidad, mis propias incapacidades, encuentran su complemento, su fuerza, su valentía, en un presbiterio unido. Queridos sacerdotes, permanezcamos unidos en la verdad auténtica del evangelio, que es la manera de decir, como Cristo, el humilde sucesor y representante suyo aquí en la arquidiócesis: el que toca a uno de mis sacerdotes a mí me toca…



(Monseñor Romero, homilía en la misa única, el 20 de marzo de 1977)

Ricardo Urioste Bustamante, el vicario general




Aquella mañana Monseñor Romero y sus dos acompañantes llegaron con tiempo a la plaza de San Pedro y se mezclaron entre la multitud. Era 25 de junio de 1978, su último domingo en Roma antes de que los tres emprendieran viaje de regreso a El Salvador. No se habría perdonado dejar de rezar el Ángelus junto al papa Pablo VI, que cuatro días antes lo había recibido en una cálida audiencia privada. El Papa se asomó al balcón cuando aún faltaban unos minutos para mediodía y sorprendió a todos con unas sentidas palabras sobre Mauro Carassale, un niño de 11 años secuestrado dos meses atrás.

—Querido Mauro –dijo Pablo VI en italiano–, tú eres el símbolo, pequeño cordero, de la bondad inocente, y tu gesto se eleva como ejemplo para todos, invitando al heroísmo del sacrificio de sí en favor del hermano que sufre.

El caso de Mauro, un niño de un pequeño pueblo llamado Olbia, en la isla italiana de Cerdeña, había conmocionado al país entero. Cuando a finales de abril los secuestradores llegaron a la casa, se quisieron llevar al hermano mayor, Enrico, pero Mauro les hizo saber que él estaba enfermo y se ofreció a cambio.

—Nosotros invocamos a la Virgen –agregó el Papa–, la compasiva por sublime excelencia, para que venga desde el cielo en tu socorro y en el nuestro.

Monseñor Romero escuchó con atención las palabras de Pablo VI, las rumió en silencio, y concluyó que el mensaje iba de alguna manera dirigido a él. Fiel a su parquedad, no comentó nada a sus acompañantes: el obispo de Santiago de María, Arturo Rivera Damas; y Ricardo Urioste, el vicario general de la arquidiócesis.

—Era muy perspicaz, se fijaba en todo –responde Urioste cuando le pregunto por esta anécdota tres décadas después.

Cuando estuvo a solas, Monseñor Romero se desahogó ante la grabadora en la que registraba su diario. Narró con detalle lo ocurrido aquella mañana, y finalizó con un paralelismo entre su admirado Pablo VI –quien fallecería seis semanas después– y su labor como arzobispo de San Salvador: “Me llenó de satisfacción esta denuncia del Papa, porque mi modo de predicar coincide con este gesto de comprensión con el sufrimiento humano. Le doy gracias a Dios de encontrar aquí una nueva motivación para seguir adelante en mi trabajo pastoral”.

Y Monseñor Romero siguió adelante.

***

Ricardo Urioste Bustamante nació el 18 de septiembre de 1925 en San Salvador, en una casa situada sobre la avenida Independencia, que entonces era una elegante calle que servía como puerta de entrada a la capital. Hijo de Adrián y de Amada, y hermano menor de sus dos hermanas, la familia Urioste no nadaba en la abundancia, pero tampoco pasaba apuros, ni siquiera cuando en 1928 falleció Adrián, un aplicado contador que trabajaba para la International Railways of Central America, la empresa que operaba el ferrocarril.

Amada era muy religiosa, fue terciaria franciscana, y Urioste desde niño se vio tentado por la idea de convertirse en sacerdote. La posibilidad se presentó casi por casualidad cuando tenía 11 años, en un día de clases cualquiera en el colegio marista donde estudiaba.

—Entró el hermano Manuel –recuerda–, que era el director, y llamó a cuatro: a Salvador López, un muchacho que era muy bueno con el acordeón, a Matialena, a Mario Eloy Guerrero y a mí. Afuera estaba un viejito vestido de sotana que resultó ser monseñor Belloso, el arzobispo. El hermano Manuel le dijo: monseñor, estos son los que quieren ir al seminario. Pero ninguno de nosotros había nunca hablado de eso.

Urioste ingresó en el Seminario San José de la Montaña el año en que se inauguró: 1938. Siete años después, con 20, marchó hacia España a estudiar Teología. Para ser ordenado sacerdote tuvo que pedir dispensa ya que el Derecho Canónico lo impide antes de los 24. La ordenación fue el 18 de julio de 1948, con 22 años y 10 meses. Un día después viajó a Nueva York, ciudad en la que ofició su primera misa. De allí a California, donde residían madre y hermanas, y a las pocas semanas voló de nuevo desde Estados Unidos a Europa para en septiembre iniciar sus estudios en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma.

Estando en Roma, un día de 1950 recibió una carta con matasellos de El Salvador. La firmaba el padre Óscar Arnulfo Romero, director del semanario Chaparrastique. El 1 de noviembre de ese año el papa Pío XII haría público el dogma de la Asunción de la Virgen María, y cuando el padre Romero se enteró de que en Roma había un sacerdote salvadoreño, se le ocurrió pedirle un artículo. Urioste lo escribió y se lo envió.

—Aún recuerdo que terminaba diciendo: “El obelisco de granito de la plaza de San Pedro parecía cantar con nosotros ¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera!”.

La relación ahí quedó. Urioste ni siquiera recibió algún tipo de comunicación de agradecimiento o para confirmar que el artículo había llegado a San Miguel. De hecho, nunca ha sabido si se publicó o no.

Urioste regresó a El Salvador cuando concluyó sus estudios a finales de 1951. El arzobispo, monseñor Chávez y González, lo acogió con los brazos abiertos y de inmediato lo puso a trabajar con él. En 1957 le asignó su primera parroquia: la de San Francisco, en el centro de San Salvador, donde permanecería hasta que en octubre de 1977 Monseñor Romero lo llamó para convertirlo en vicario general.

Pero antes de eso, en 1968, acaeció el primer encuentro personal con el padre Romero. Ocurrió en San Miguel, y más que encuentro fue encontronazo. Urioste llegó a la Perla de Oriente invitado por el obispo, Lorenzo Graziano, a dar una charla a los sacerdotes. Al final de la conferencia buscó al padre Romero, cuyo nombre ya sonaba en todo el país por su laboriosidad y dedicación, pero también por su tradicionalismo y por sus conflictos de personalidad con otros sacerdotes. Lo halló recostado en una hamaca, y se acercó para comentarle uno de los discursos sobre la doctrina social de la Iglesia del papa Pablo VI. Con las palabras justas, ni una más, y no sin cierto grado de altanería, el padre Romero se incorporó para hacerle varias correcciones. Cuando regresó a San Salvador, Urioste releyó sus revistas y confrontó su interpretación original con la que había hecho el padre Romero, y terminó dándole la razón.

—Fue el hombre –reflexiona Urioste– que más conoció el magisterio de la Iglesia en este país, y nadie después ha podido conocerlo tan bien.

Entre 1967 y 1974 Monseñor Romero vivió en San Salvador, pero los contactos entre ambos fueron mínimos, por no decir nulos. “Él vivía como aislado, no se mezclaba mucho con el clero”, recuerda Urioste ese período.

***

“¿Quieres café o no?”, me pregunta Urioste. Es esta una mañana de agosto de 2010, y estamos sentados en el jardín de su casa, en la colonia Roma de San Salvador, alrededor de una vieja mesa forjada. La espesura que nos rodea la preside un vigoroso palo de aguacate. Por el tronco, salpicado de musgo, ayer descendieron dos ardillas, miraron con descaro a los intrusos y se subieron. “Son muy trabajadoras, hasta los cocos de esas palmeras han aprendido a abrir”, comentó Urioste al percatarse de mi asombro.

Además del recipiente con café y de las tazas, sobre la mesa forjada hay un cenicero con cabuyas –a sus 84 años conserva el vicio del cigarro– y un montón de revistas y libros apilados. Dos llaman mi atención: uno es Don Quijote de la Mancha; el otro, una edición en inglés de El precio de la gracia, de Dietrich Bonhoeffer, un teólogo alemán que también fue asesinado por la intransigencia; en su caso, encarnada por el nazismo. Bonhoeffer y Monseñor Romero tienen en común algo más que la admiración de Urioste. A los dos les erigieron una estatua en la Galería de los Mártires del Siglo XX que decora unos de los pórticos de la abadía de Westminster, en Inglaterra. Están el uno junto al otro, como si alguien hubiera querido que se contaran sus intimidades para toda la eternidad.

—Y usted –pregunto a Urioste–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?
—Yo no tengo la más mínima duda, pero ni la más mínima. Incluso tengo la certeza de que está en el cielo desde el primer momento, con Dios, y creo también que, ante tantas acusaciones que se hicieron y aún se hacen en su contra, me imagino que el Señor le estará diciendo: no te aflijás, Oscarito, tú aquí estás conmigo. No hagás caso de lo que dicen allá abajo.

***

Urioste está convencido de que Dios inspiró a Monseñor Romero en todas y cada una de las decisiones tomadas. Esa es la razón, dice, por la que se comprometió a seguirlo.

—Muchos lo admiran por su defensa de los derechos humanos, y yo también. Por su defensa de la vida, por su cercanía con los pobres, por su amor por ellos, y todo eso es muy correcto, pero yo –y enfatiza el yo– lo admiraba más por su búsqueda de Dios y su afán de comunicarse con él, porque de ahí arrancaba todo lo demás. 

Admiración que suena muy sincera, a pesar de que en esta larga entrevista por momentos me dará la impresión de que la relación entre ambos nunca abandonó el ámbito de lo estrictamente profesional.

—¿Alguna vez llegó a considerarlo su amigo? –pregunto.
—Pues depende de cómo entendamos la palabra amigo. Si se trata de decir amigo en el sentido de: mire, Monseñor, ¿no quiere que vayamos a comer hoy? O vamos hoy al cine, Monseñor, ¿le parece? Pues no. Yo creo que en ese sentido él solo tenía un único amigo: Salvador Barraza.

***

Como le ocurrió a la gran mayoría de los religiosos y religiosas de la arquidiócesis, Urioste no se alegró cuando la Santa Sede designó a Monseñor Romero. Y el descontento no era porque en la capital se desconociera quién era este migueleño. Entre 1970 y 1974 se había desempeñado como obispo auxiliar en San Salvador, en una atípica y mal avenida terna de mando integrada por monseñor Chávez y González como arzobispo y por monseñor Rivera Damas también como auxiliar. Ambos simpatizaban con las ideas progresistas surgidas del Concilio Vaticano II y de la conferencia de obispos latinoamericanos de 1968 en Medellín, Colombia.

—Recuerdo –me dice– algo que monseñor Rivera Damas me confió antes de morir: poco tiempo antes de que en Roma decidieran quién sería el arzobispo, a él le dijeron que necesitaban a alguien menos crítico con el Gobierno, y por eso escogieron a Romero. Yo siempre digo que cuando la Iglesia se deja llevar por motivaciones humanas, el Espíritu Santo hace otra cosa, ¿verdad?

Urioste lo admite: hay un antes y un después en su relación con Monseñor Romero. En los primeros días de febrero de 1977, cuando ya se rumoraba quién sería el sucesor de monseñor Chávez y González, no ocultaba su disconformidad. Pocas semanas después, a finales de marzo, fue el único que lo acompañó en el primer viaje a Roma. Algo ocurrió en ese intervalo de tiempo. Al teólogo jesuita Jon Sobrino le gusta usar la palabra conversión para definir la transformación, y señala como detonante el asesinato del padre Rutilio Grande. Urioste prefiere hablar de un proceso; para ilustrarlo, recurre al evangelio de San Marcos.

—Monseñor fue alguien que siempre, desde joven, fue viendo qué es lo que Dios pedía de él, y poco a poco Dios lo fue llevando por los caminos que lo llevó. Yo siempre comparo esto con lo que ocurre con Jesús y el ciego de nacimiento al que cura en Betsaida. El Señor le toca los ojos –y Urioste gesticula como si fuera él quien está sanando–, y le pregunta que si ve, y el ciego le dice: veo a los hombres como árboles que caminan; o sea, que no estaba viendo bien. Entonces, el Señor le vuelve a tocar los ojos y le pregunta de nuevo que si ve. Y el ciego le dice: ahora veo perfectamente. Algo así ocurre en la vida de Monseñor. Él fue siempre muy cercano a los pobres y con una gran sensibilidad, pero los veía como personas a las que había que tratar paternalmente. Pero el Señor le va tocando los ojos para que vaya viendo por qué son pobres, por qué están en esa condición, cómo hay que escucharlos y verlos.
—¿Y cuándo le tocó los ojos al punto de cambiarle de forma tan radical?
—Yo creo que se los va tocando desde San Miguel, y sobre todo cuando es obispo de Santiago de María. Considero que esos años en Santiago de María le sirvieron muchísimo para ir viendo de otra manera a los pobres, a tal grado que cuando regresa a San Salvador nosotros ignorábamos la apertura que había tenido.

***

Enviado por la Santa Sede, el cardenal brasileño Aloísio Lorscheider aterrizó el último día del año 1979 en el aeropuerto de Ilopango en calidad de visitador apostólico. Monseñor Romero y Urioste fueron a recibirlo. Lorscheider llegaba con la misión expresa de investigar quién era el causante de la tensa relación que se vivía al interior de la Iglesia. Para ello se marcó una apretada agenda de entrevistas con distintos personajes, tanto defensores como detractores de Monseñor Romero. “Eran muchos los que no lo soportaban, entre ellos también hombres de Iglesia”, escribiría años después Lorscheider.

El 1 de enero se celebró en el Hospital Divina Providencia un encuentro entre Monseñor Romero, Lorscheider y uno de los integrantes de la primera Junta Revolucionaria de Gobierno.

—Yo estaba también en la reunión –dice Urioste–. Empezaron a hablar, hablar y hablar, y de repente, Monseñor se excusó y salió.

Ese encuentro era realmente importante. Monseñor Romero había tenido en mayo su primera audiencia con Juan Pablo II, en la que el nuevo Papa no se mostró con él tan comprensivo como su predecesor. En cuanto a la presencia del funcionario, basta decir que la reunión fue apenas dos días antes de la renuncia masiva que puso fin a la primera Junta de Gobierno, en la que Monseñor Romero había depositado sus esperanzas para evitar la guerra civil.

—Pasaban los minutos, y Monseñor no volvía. Ellos dos se pusieron a platicar, pero yo dije: bueno, estos señores no han venido a verme a mí, voy a buscarlo.

Urioste se dirigió a la casa pero no lo halló. Después fue a la sala de las visitas, y tampoco. Probó en el jardín y hasta en el cafetín, pero nada. Ya se regresaba a la sala en la que se encontraban los invitados cuando se le ocurrió entrar en la capilla.

—Y ahí estaba él, solo, hincado en la tercera banca del lado izquierdo. Yo me acerqué y le dije: Monseñor, los señores le están esperando. Sí, ya voy, me dijo. Pienso que fue a consultar con Dios qué contestarles.

No fue un caso anecdótico o aislado. Urioste está convencido de que nunca tomó una decisión importante sin consultarla antes con Dios.

***

Finalmente, un llamamiento a la oligarquía. Les repito lo que dije la otra vez: no me consideren juez ni enemigo. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias, y, en nombre de esas voces, yo levanto mi voz para decir: no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Hay que compartir para ser felices. El cardenal Lorscheider me dijo una comparación muy pintoresca: hay que saber quitarse los anillos para que no le quiten los dedos. Creo que es una expresión bien inteligente. El que no quiere soltar los anillos se expone a que le corten la mano, y al que no quiere dar por amor y por justicia social se expone a que se lo arrebaten por la violencia.

(Monseñor Romero, homilía del 6 de enero de 1980)

***

El 24 de marzo de 1980 Urioste lo pasó recluido en su casa de la colonia Roma. Se sentía mal. Unas úlceras en sus piernas que lo han acompañado media vida le exigían reposo con frecuencia, y aquel fue un lunes de dolores. Si no había podido salir de casa durante el día, mucho menos estaba entre sus planes hacerlo de noche. Pero una llamada de teléfono de la secretaria del arzobispado en torno a las 6:35 lo cambió todo. Habían atentado contra Monseñor Romero. Escuchó noticia, colgó el teléfono y al poco lo volvió a descolgar para llamar al nuncio apostólico, Emanuele Gerada, que ese día se encontraba en Guatemala.

—Le dije lo que había ocurrido y punto.

Decir que la relación entre Monseñor Romero y el nuncio Gerada era tensa es decir poco. Se tensó desde el inicio del arzobispado, cuando el recién nombrado arzobispo celebró la misa única para condenar el asesinato del padre Grande, y el distanciamiento no hizo sino acrecentarse con el paso de los años. Monseñor Romero, un hombre respetuoso como pocos de la jerarquía eclesiástica, llegó a escribir sobre el nuncio Gerada lo siguiente: “La figura del nuncio representa al Papa, pero no siempre lo representa nítidamente”.

Tras la llamada, Urioste se dirigió en carro al Hospitalito. Alcanzó a ver la sangre en el suelo, pero el cadáver ya se lo habían llevado a la Policlínica Salvadoreña. No había mucha gente. Unos periodistas se le acercaron y le pidieron unas palabras. Accedió, pero apenas sabía nada de lo ocurrido. Después marchó hacia la Policlínica, donde al fin pudo ver el cuerpo inerte, y ahí mismo se tomó la decisión de embalsamarlo.

Urioste pasó a ser el vicario capitular, algo así como el administrador apostólico, y a él le tocó organizar la misa-funeral del 30 de marzo.

—¿Le afectó su muerte? –pregunto.
—Si me preguntas que si lloré cuando lo vi muerto, la respuesta es no, no lloré. Lo sentí mucho, me impactó enormemente, estaba tristísimo, pero en cierto sentido, como yo estaba seguro de que su sucesor iba a ser monseñor Rivera, eso me alentó mucho.
—¿Cómo estaba tan seguro si la decisión dependía de Roma?
—No quiero entrar en detalles de las gestiones que hice como vicario capitular, pero en ese momento pensé que el país necesitaba con urgencia un obispo con todos los poderes. Entonces, fui con el nuncio y le dije: mire, monseñor, yo estoy dispuesto a dejar de ser el vicario capitular y sugiero a monseñor Rivera como obispo encargado mientras la Santa Sede nombra a alguien. Y accedió, escribió a Roma para proponerlo, y se aprobó.

Arturo Rivera Damas, obispo de Santiago de María, el único entre los seis que integraban la Conferencia Episcopal que no se había opuesto a Monseñor Romero, tomó las riendas de la arquidiócesis a las pocas semanas, con la venia del nuncio Gerada. En febrero de 1983, pocos días antes de la visita del papa Juan Pablo II, fue nombrado arzobispo de San Salvador, con lo que se cerró el plan diseñado por Urioste.

***

—¿Sabes de qué me arrepiento? –me pregunta–. Pues me arrepiento de no haber llevado nunca un diario, de no haber sido tan diligente como Monseñor.
—Nunca es tarde, padre.

Me responde con una mirada y una risotada sorda, y saca su agenda, una del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, para ver qué otro día podemos continuar la entrevista. Pero antes le pido que por favor me aclare algo importante.

—¿Cuándo siente que Monseñor Romero lo cambia a usted?
—En vida yo le admiraba su proceder, su altura espiritual, su disponibilidad, su trabajo, su entrega. Me llamaban la atención su actitud ante Dios, su respeto…
—¿Pero cuándo fue consciente de que estaba ante una persona excepcional?
—A partir de las primeras semanas de arzobispo empecé a notar algo en su vida personal, en su predicación. Para mí era algo nuevo escuchar a alguien como Monseñor, porque normalmente, cuando uno oye a un sacerdote que empieza a contar cosas, uno piensa: va a seguir por tal otra, luego por tal otra y va a terminar de tal modo. Pero con Monseñor no era así, siempre era algo nuevo.

***

—¿Que si lo manipularon? Sí, ¡claro que Monseñor fue manipulado! Lo manipuló Dios, que hizo con él lo que le dio la gana. Yo de eso estoy convencido, pero convencidísimo, como dogma de fe.

Su vicario general fue uno de los más firmes soportes dentro de la curia arzobispal durante el agitado trienio al frente de la arquidiócesis. No era amistad lo que los unía, pero sí una relación basada en el respeto y en la confianza. Urioste cree tener identificado el momento que simboliza su cambio de talante hacia Monseñor Romero. Fue durante el viaje a la Santa Sede que emprendieron los dos solos a finales de marzo de 1977 para explicar la polémica decisión de la misa única. Recién llegados a Roma, se hospedaron, y al poco Monseñor Romero golpeó la puerta de su habitación para invitarlo a dar un paseo. Ni el cansancio acumulado le impidió negarse. Llegaron a la basílica de San Pedro y, frente al altar de la confesión, el arzobispo se arrodilló, y Urioste hizo lo mismo.

—A los cinco minutos, más o menos, me levanté. Lo miré, y lo vi en una tan profunda oración, con sus ojos cerrados, empapado de Dios, que en ese momento me dije: a este hombre hay que seguirlo, porque él está siguiendo a Dios.

Después del asesinato, la relación curiosamente se estrechó aún más. Repasó sus homilías, leyó su diario y sus apuntes espirituales, y Urioste se convenció de lo que ya estaba convencido. En el año 2000, siguiendo el ejemplo de una asociación similar que unos conocidos habían formado en Estados Unidos, promovió el nacimiento de la Fundación Monseñor Romero, que preside desde entonces. Los objetivos que se propusieron eran recordar su obra, dar a conocer su pensamiento y conmemorar los aniversarios del asesinato y del natalicio.

—Pero, monseñor Urioste, ¿esa labor no debería de haberla hecho la Iglesia católica como institución?
—Pues pienso que sí, pero de hecho no se hacía ni se hace. En algún momento incluso tuvimos alguna fricción con el arzobispo Sáenz Lacalle. Así que nos tocó a nosotros llevarlo adelante.

El amigo de Monseñor Romero



Aquel sábado Monseñor Romero estuvo reunido en el Hospital Divina Providencia con dos de sus más estrechos colaboradores, el padre Rafael Moreno y el padre Francisco Estrada, jesuitas los dos. Primero había atendido a dos coroneles de la Fuerza Armada en una conversación cordial pero en la que no faltaron reproches, para luego quedarse solos los tres, ordenando ideas para la homilía del día siguiente. Estaba claro que no sería una más, que el país entero estaría más pendiente que lo acostumbrado de sus palabras. Era 20 de octubre de 1979, y la homilía que afinaban iba a ser la primera después del golpe de Estado.

A las 11 de la noche los sacerdotes se retiraron. Cuando ya se habían ido, Monseñor Romero se percató de que el padre Rafael Moreno se había llevado por error los papeles en los que había anotado las ideas que se disponía a dar desarrollar. El toque de queda iniciaba a las 12, y necesitaba que alguien fuera hasta la residencia de los jesuitas, en Santa Tecla, para recuperarle sus anotaciones. Era un favor de esos que solo se piden a personas de entera confianza, y llamó a Salvador Barraza.

No lo tuvo que repetir dos veces. Salvador se vistió, manejó su carro hasta Santa Tecla, recogió los papeles, desde allí se dirigió hasta el Hospitalito, se los entregó a su amigo, y se regresó a la casa, cerca de la Terminal de Occidente, sin que ocurriera inconveniente alguno. Salvador volvió a la cama, y Monseñor Romero siguió trabajando en soledad hasta las 4 de la madrugada.

***

Salvador vive hoy en la colonia Buenos Aires del barrio San Jacinto de San Salvador. El dinero que entra en la casa es poco, muy poco, y casi todo lo aporta su esposa Marta. Él trabaja como vendedor de mobiliario escolar, pero gana a comisión, y la venta está mala, nula en los últimos meses.

—Don Salvador, ¿y usted no tiene su pensión?
—No. Yo trabajé mucho, pero por mi cuenta, y uno de joven no piensa que algún día le faltará el trabajo.


Su casa es larga y estrecha. La sala es lo primero cuando se entra desde la calle. Está pintada de azul celeste, pero la humedad se ha encargado de ennegrecer algunas partes. No tiene techo falso, y el mobiliario es escaso: una mesa y sillas, dos sofás cubiertos con sábanas desteñidas, y un pequeño mueble de madera sobre el que descansa un televisor. Lo que singulariza esta sala es el montón de fotografías familiares que cuelgan de las paredes, algunas tomadas en los tiempos de la prosperidad, hace 30 o 40 años. Hay una fotografía ligeramente apartada del resto que es la que Salvador más estima.

—Ahí estamos en México –me dice.


La fotografía es en blanco y negro, y en ella aparecen sentados, en un plano corto, él y Monseñor Romero. La tomaron durante una de las funciones del Gran Circo Unión, en la capital mexicana, mientras los dos miraban un número de funambulistas. Sonríen. Monseñor Romero viste de civil y nada permite suponer que sea un arzobispo. Sin la explicación, lo que cuelga en la pared azul celeste ennegrecida es una imagen de dos amigos, sin más.

***

Salvador Barraza Ascencio nació el 31 de diciembre de 1936 en un mesón del barrio Candelaria, en el centro de San Salvador. La infancia ocupa hoy muy pocos de sus recuerdos. Ni siquiera se acuerda si eran siete u ocho los hermanos que resultaron del matrimonio entre Manuel y Virginia, sus padres. Fueron, eso sí lo tiene presente, años de dificultades que lo obligaron desde muy joven a trabajar para complementar los ingresos familiares. Empezó como ayudante en una gasolinera.

La primera vez que dice haber visto a Monseñor Romero fue en una misa vespertina en la catedral de San Miguel, ciudad a la que viajaba con frecuencia a petición de los padres redentoristas, para los que trabajaba. En una ocasión, recién llegado desde San Salvador, Monseñor Romero le ordenó que se durmiera un rato porque en unas horas saldría de regreso a la capital.

A inicios de los setenta, y animado por su esposa, Salvador pasó a ser su propio patrón. Nació Zapatitos Nenes, un negocio de venta de zapatos para niños que no tardó en convertirse en una saludable fuente de ingresos. Fueron los tiempos de la prosperidad, los tiempos que le permitieron, por ejemplo, viajar a Europa por puro placer.

—El negocio iba bien, tenía clientela hasta en Guatemala y Honduras –dice ahora con nostalgia–, pero luego se puso duro. Con el terremoto del 86 y con la guerra muchos negocios desaparecieron, y eso también le pasó al mío.

Ese trabajo le dejaba mucho tiempo libre, circunstancia que contribuyó a solidificar su amistad con Monseñor Romero: casi siempre estaba disponible para él. Se los veía juntos desde antes incluso de la consagración como obispo, y cuando salían en carro rara era la vez que no manejaba Salvador.

—Pero yo no era su motorista –aclara, consciente de que muchas veces lo han presentado equivocadamente así–. Como arzobispo él tenía su motorista asignado, pero para las cosas de confianza me buscaba a mí, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse, porque tenía mucha tensión. Íbamos seguido al mar, siempre andábamos hamacas en el baúl.

Se hicieron compadres, literalmente. Monseñor Romero es el padrino de María Virginia, la mayor de los cinco hijos que Salvador procreó con sus dos esposas: Eugenia, la ex, con la que tuvo tres; y Marta, la actual, con la que tiene dos.

Tras la quiebra de Zapatitos Nenes le tocó hacer casi de todo, pero siempre en el área de las ventas. Vendió camisas, vendió pastas Robertoni, vendió su carro... Pero nada volvió a ser igual. De los tiempos de la prosperidad queda tan solo la amistad con Monseñor Romero que, a su manera, aún cultiva desde el anonimato. Cada domingo, a pie o en un bus de la ruta 22, se desplaza hasta Catedral Metropolitana para escuchar la misa de las 9 junto al mausoleo donde yacen los restos de su amigo.

—Y usted –pregunto a Salvador–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?
—Claro. Y no es solo que lo crea, sino que lo viví a la par de él. Tan solo ver esa convicción con la que entraba en las iglesias... Con Monseñor llegué a tener una confianza de hermanos, de buenos hermanos.
—¿Notó diferencia en él antes y después de ser arzobispo?
—Lo mismo. Yo igual lo llevaba a mi casa, igual jugaba con mis hijos, igual se acostaba en la haragana...
—Algunos hablan como si se tratara de dos personas distintas.
—No, nada que ver. Lo que sí es que tenía un carácter fuerte, pero eso antes y después. Como migueleño, pues. Carácter fuerte, pero también la otra cosa: la dulzura, la forma respetuosa de tratar, era bien mielita.

***

El nuncio apostólico para Guatemala y El Salvador en 1970 era el italiano Girolamo Prigione. Poco antes del atardecer del 21 de abril, monseñor Prigione habló con Monseñor Romero y le comunicó la decisión de la Santa Sede de nombrarlo obispo y el cargo asignado: obispo auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador. Le pidió que lo meditara y que le respondiera en no más de 24 horas. Aceptó.

La consagración se celebró dos meses después, el 21 de junio. El propio Prigione fungió como consagrante principal, y los co-consagrantes fueron monseñor Chávez y González y monseñor Rivera Damas, arzobispo de San Salvador y obispo auxiliar respectivamente. El cardenal Mario Casariego viajó desde Guatemala para el evento, además de los obispos salvadoreños y de otros llegados de distintos países de la región. Como maestro de ceremonias eligió a su amigo, el padre Rutilio Grande. La celebración se realizó en el gimnasio del Liceo Salvadoreño y fue realmente multitudinaria. Entre los cientos de invitados estaba Salvador, pero apenas pudieron hablar.

—Llegó una buena cantidad de gente. Incluso el Tapón estaba allí.

El Tapón al que se refiere es el entonces presidente de la República, el general Fidel Sánchez Hernández, que se sumó al largo listado de diputados, ministros y generales que asistieron. El grueso de las familias acomodadas de San Miguel, Ciudad Barrios y Santiago de María viajó en tropel a la capital. Hubo música, banquete, vino, discursos... Para el clero que estaba más en sintonía con las directrices consensuadas por los obispos latinoamericanos en la ciudad de Medellín dos años antes, la fastuosa fiesta fue la confirmación de que era un títere de la oligarquía. Un grupo de sacerdotes incluso firmó un comunicado para criticarle con dureza.

***

Monseñor Romero tenía un carácter fuerte, explosivo a veces. Cuando se molestaba, algo que ocurría con relativa frecuencia, su locuacidad se convertía en un ariete contra el causante de su enojo, sin importar si este era un ser querido y sin medir la contundencia de sus palabras. A alguien que había hecho de la palabra su herramienta de trabajo nada le costaba ser hiriente. Y lo lograba. Luego, más calmado, le tocaba pedir disculpas. Se me fue la albarda de lado, le gustaba decir.

Ese carácter suyo le dio problemas durante las más de dos décadas que trabajó en la diócesis de San Miguel, sobre todo con los demás curas. En 1967 lo trasladaron a San Salvador para trabajar en la Conferencia Episcopal y, salvo el caso paradigmático del padre Grande, tampoco logró entablar grandes amistades con sacerdotes en la capital. Los siete años hasta su partida hacia Santiago de María se recuerdan como años de escasa interactividad en los espacios comunes del seminario, donde residía, e incluso años de recelos y fuertes confrontaciones públicas con otros religiosos, en especial con el numeroso grupo de jesuitas aglutinados en torno a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA).

Salvador no se libró de los arrebatos. Una vez que tenían que mañanear para viajar a Guatemala, Monseñor Romero se presentó temprano en la casa de su amigo para comprobar que aún no se había despertado. Salvador saltó de la cama cuando su esposa le dijo que lo esperaban en la puerta, se vistió en un santiamén y sin desayunar siquiera se subió en el carro y lo puso en marcha. Sobre la carretera Panamericana, a la altura del municipio de El Congo, obligó a Salvador a detener el carro en una gasolinera y le ordenó que se bañara.

—Lo bueno es que con Monseñor era como cuando los cipotes se pelean, que rápido se les olvida. Él no ocupaba su cabeza en esos pleitos.

No solo en esa ocasión Salvador lo comparará con un niño. Dirá: se reía puro niño. Dirá: nunca he visto otra persona que mantenga la sencillez de un niño. Dirá: nunca dejó lo de niño. Dirá: tenía muchas cosas de niño. Dirá: su corazón era como el de un niño.

Un niño, eso sí, con un carácter fuerte, explosivo a veces.

***

Pasan las 11 y media de la mañana de un viernes de septiembre, y Salvador y yo esperamos en el portón de la escuela a Martita, su hija pequeña. Su esposa Marta trabaja, y a él le toca traerla en la mañana y recogerla a mediodía. Juntos caminan dos veces al día los más de 10 minutos que separan el centro escolar de la casa. Platicando sobre Monseñor Romero la espera de hoy se hace más corta. Llovizna. La puerta metálica se abre a cada rato y por él salen niños y niñas uniformados. En una de estas, queda entreabierta y al fondo, sobre una pared, aparece la inconfundible efigie.

—Mire –comento a Salvador–, ahí tienen a Monseñor Romero pintado.
—Ah, ¿sí? –mira curioso–, pues es la primera vez que me fijo... Pero a él no le gustaba eso.
—¿Que lo dibujaran?
—No, la fama. No le gustaba la fama, ni siquiera que le tomaran fotos.



***

Jamás me he creído líder de ningún pueblo, porque no hay más que un líder: Cristo Jesús. Jesús es la fuente de la esperanza, en Jesús se apoya lo que predico, en Jesús está la verdad de lo que estoy diciendo. Sí, yo sería un loco, queridos hermanos, queridos radioyentes, querer ser yo, frágil, mortal, que voy a acabar como todos ustedes, muerto, quererme hacer yo el sostén de todo un pueblo y de toda una esperanza.

(Monseñor Romero, homilía del 28 de agosto de 1977)

***

Era madrugada, pero Monseñor Romero seguía despierto en su casa del Hospitalito cuando escuchó en el techo unos ruidos a los que en un principio no dio mayor importancia. La cosa cambió cuando, amplificado por el silencio de la madrugada, un golpe seco estremeció toda la casa, y esta vez sí que se asustó como se asustaría alguien que está amenazado de muerte.

A Monseñor Romero no le gustaba hablar más de lo necesario sobre las amenazas que recibía. Ni siquiera con su amigo Salvador. Ni siquiera cuando estaba solo frente a su grabadora. Pero fueron muchas y variadas, y cada cual más explícita. “Usted, monseñor, está a la cabeza del grupo de clérigos que en cualquier momento recibirán unos 30 proyectiles en la cara y en el pecho”, decía una nota firmada por un grupo paramilitar llamado FALANGE en mayo de 1979. “Esta unión patriótica lo condena a muerte, igual que hemos matado a tanto cura comunista”, decía otra carta, apadrinada esta por la Unión Guerrera Blanca, también escuadroneros.

Para septiembre de 1979 la certeza de que su vida corría peligro era tal que incluso el Gobierno del general Humberto Romero, con quien Monseñor Romero nunca tuvo contacto alguno para explicitar su rechazo a la represión de los cuerpos de seguridad estatales, le ofreció guardaespaldas y hasta un carro blindado. No los aceptó: “Sería un antitestimonio pastoral andar yo muy seguro mientras mi pueblo está tan inseguro”.

—Vaya, hoy sí que ya estuvo –debió pensar tras escuchar los ruidos en su techo.

Asustado pero firme, salió de la casa para averiguar qué ocurría. Respiró aliviado cuando vio unas ardillas que habían dejado caer unos aguacates del palo que hay junto a la casita. Agarró del suelo un par de los aguacates y se refugió. A la mañana siguiente, antes del desayuno, contó lo ocurrido a las hermanas carmelitas.

—Mire, madre Lucita, fíjese que casi no pude dormir en toda la noche, pero aquí le traigo el cuerpo del delito –y le entregó los aguacates y una sonrisa.

Apenas tuvo a Salvador delante también le contó su encuentro con las ardillas, y los dos rieron como niños traviesos. Todavía hoy, cuando lo recuerda, Salvador ríe como quien cuenta una travesura.

***
—¿Me permite una fotografía? –pregunto a Salvador antes de encaminarnos juntos hacia Catedral Metropolitana.
—Claro, pero me va a dejar cambiar de camisa. Tengo una que es de Monseñor, ¿me la pongo?
—La que usted quiera.
—Es que como hemos hablado tanto de Monseñor Romero... Ya regreso.

Salvador desaparece y reaparece al instante enfundado en una camisola que alguna vez fue blanca y que tiene el cuello roído. En el pecho, el rostro impreso en blanco y negro, con una única franja horizontal roja a la altura del ombligo sobre la que hay una inscripción: 24 de marzo de 1980-2001. Es una camisola sin secretos, similar a las que a diario se venden en las entradas de la catedral, pero esta se pagó en colones.

—Hoy sí, tómeme la foto –dice Salvador, el orgullo en la mirada.

***

La última misa completa a la que asistió Monseñor Romero no fue, obvio, aquella en la capilla del Hospitalito que no finalizó porque un disparo le perforó el tórax. Tampoco fue la misa en la basílica del Sagrado Corazón del día anterior, esa en la que pronunció la histórica homilía en la que, en nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño, suplicó, rogó y ordenó el cese de la represión. No. Monseñor Romero celebró su última misa entre campesinos, en una humilde iglesia consagrada a la Virgen de Lourdes en el cantón Calle Real, ubicado en el área rural del municipio de Delgado, a mitad de camino entre San Salvador y Apopa.

Fue Salvador quien lo llevó hasta Calle Real, y en esa ocasión los acompañó Eugenia, la esposa. Ellos tres más los tres hijos de la pareja habían almorzado antes en la casa, habían visto juntos televisión y hasta había sobrado algo de tiempo para que el invitado durmiera un rato la siesta. Al cantón llegaron cuando faltaban unos minutos para las 4, justo para el inicio de la misa en la que confirmaron a un buen número de jóvenes. Al finalizar, hubo pláticas con los campesinos, entrega de víveres para el Hospitalito y se tomó alguna que otra fotografía con los recién confirmados.

Entre unas cosas y otras les atardeció en el cantón Calle Real. Se despidieron de los pobladores, se subieron al carro, Salvador lo puso en marcha y los tres regresaron a la casa familiar. Allí cenaron sin saber que sería la última cena.

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Este perfil fue publicado el 20 de marzo de 2011 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.
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